16 junio 2009

SOLO PARA SIBARITAS

LARRY "Buster" CRABBE (1907-1983)

En la historia del beefcake este señor ocupa un lugar privilegiado. Fue, después de Charlton Heston, el actor que más se destapó injustificadamente en sus películas y como aquel, un prodigio de conservación rebasada la dificil prueba de fuego de los cincuenta. Hasta ahí las comparaciones, porque Larry Crabbe con quien deberíamos enfrentar mejor es con Johnny Weissmuller. Ambos nacieron para el cine en el mismo momento. Venían de las competiciones olímpicas (laureados nadadores), lucharon por interpretar a Tarzan (y tanto uno como otro lo hicieron, sólo que Weissmuller quedó como el paradigma y el eterno mientras que Crabbe fue sólo el apócrifo y el fugaz) y se erigieron como el epítome de la belleza masculina en el colmo de la desnudez. Las fotos de Weissmuller y Crabbe a principios de los años treinta, antes de la implantación del Código de censura, indican que su rivalidad pasaba por el reconocimiento de unos cánones clásicos y un naturismo siempre filtrado por el concepto de salud y deporte de una Universidad norteamericana.
Cuando Weissmuller interpretó al hombre mono, Crabbe atacó desde la Paramount con su Kaspa. Vistos ambos, ganaría en masculinidad, en hombría, el primero. Sin embargo, Crabbe, a pesar de su cara de niño, ya lo superaba en sensualidad. Su taparrabos de piel de leopardo fue el más corto lucido por atleta alguno en la historia del cine norteamericano. El mismo lo reconoció. Lo que ya no reconoció luego fue que en él todo era grande: sus ojos, su boca, su torso... Paremos de contar por no ser faltones. Y es que el atuendo mínimo de Kaspa el hombre león y el inmediato Tarzan, the fearless (1933) eran portados de tal forma que la mitad de sus nalgas divinas estaban constantemente aireadas (como aquel Jack del futuro Tom of Finland) y, en ocasiones milagrosas, ensuciadas con la tierra de la selva (los que gustan de estas cosas sabrán a lo que estoy invocando). Ni siquiera la Marlene de El ángel azul llegó a tanto con aquellas falditas cabaretiles tan subidas por la zona del pompis.

Los fanáticos del rollo fantástico apenas resaltan de Buster Crabbe su faceta selvática. Prefieren verlo eternamente viajero por los espacios siderales. No importa. El nombre de Buster Crabbe está en todas las enciclopedias serias del cine, con tanga, gorro de ducha o sombrero de ala ancha. Porque fue el actor más característico de la producción serie B, de los seriales hablados. O sea, de un cierto tipo de cine evasivo, imposible de obviar si queremos llegar a las verdaderas entrañas del cine en los USA entendido como industria del espectáculo.
Ya desde sus primeras apariciones en la gran pantalla, este mozarrón fue considerado como un producto cien por cien nacional. Aunque correteara por la selva, saltase de liana en liana, se fundiera en una batalla encarnizada con alguna fiera terrible, sabíamos que Crabbe era antes que un salvaje africano un atleta universitario californiano perdido en un mundo de ficciones. Y en una década tan propicia para la exaltación de las razas, Crabbe fue (como de alguna manera también Weissmuller al final de los años veinte) el representante máximo del superhombre wasp. Si los alemanes pergeñaron Olimpiada como un vehículo absolutista para la exaltación de lo ario, Hollywood probó lo mismo desde sus magníficas posibilidades humanas a través de un filme como Search for Beauty (1934), auténtica desverguenza destinada a promocionar a los deportistas que iban a participar en las inminentes Olimpiadas de Berlin. Comparar ambos filmes es como comparar ambas culturas. Es como el día y la noche. El kitsch está ahí, pero de distintas formas. El desfile final, con aires de coreografia enclenque de un burdo imitador de Berkeley es como para morirse de la verguenza. Pero superados todos los complejos, todos los prejuicios, es altamente disfrutable desde un peculiar sentido del homoerotismo y de la belleza corporal tout court. Crabbe en 1934 no era aspirante de nada. Había asentado sus reales en la Paramount y en ese filme, hoy digitalizado y editado en primoroso DVD, era un maestro de juveniles. Coqueteaba con Ida Lupino, todavía promesa buscando su destino, y gozaba de un maravilloso momento beefcake en la piscina y, sobre todo, en los vestuarios y duchas (donde se vieron los últimos desnudos dorsales masculinos de la historia del cine clásico hollywoodiense). El no enseñó el culo pues debio considerar que ya lo había enseñado bastante en aquellos Tarzanes suyos que no se atrevieron a decir su nombre. En compensación no paró de mostrar su cuerpo espléndido en infinitas sesiones fotográficas y, por supuesto, en sus cientos de películas de los años treinta, cuarenta y cincuenta.

El posado con futuras starlettes como la mentada Ida Lupino o Betty Grabble favorecieron el asentamiento de un espíritu optimista americano. La nación aún no pensaba en la guerra, sólo en superar la crisis económica. Pero con jóvenes asi cualquier conflicto bélico sería felizmente superado, el triunfo estaba en sus manos. La realidad, a la vuelta de la esquina. Crabbe, además, al aparecer en 1936 bajo los rasgos de Flash Gordon amplió el espectro de poder. Era ya el conquistador del universo. Se tiñó el pelo de rubio platino y se vistió a la moda medieval con insertos de futurismo y sensibilidad decó. Estuvo impactante, fabuloso. Se rodaron tres partes del comic clásico en el período de un lustro. Y aunque serial, fue una superproducción. Antes de clausurarlas en 1940, también probó con Buck Rogers (el hermano pobre de Flash, pero el verdadero pionero de las space operas). Y, paradójicamente, a mi me gusta más en ésta. Lucía mucho mejor.
Acabada su experiencia con la ciencia ficción siguió en los pulps, ahora con Zane Grey como base y coartada. El mundo del Oeste no era nada nuevo para el actor. De hecho, el ya aparecía en un primitivo western de Henry Hathaway titulado The thundering herd (1933), pero aquella era una película pensada para lanzar definitivamente a Randolph Scott como ídolo (el cual no triunfó en las verdes praderas hasta que fue muy mayor. Y de la mano de Anthony Mann y Boetticher), aqui con un bigotillo que no le iba nada pero que, de alguna manera, anticipaba al Errol Flynn del west. Si cuesta trabajo localizar a Crabbe en esa estampida de búfalos de comienzos del sonoro, en cambio no dejaría de llenar secuencias enteras en infinidad de subproductos de los años cuarenta a cuenta de dos personajes emblemáticos de las novelitas de "a duro": Billy the Kid y Billy Carson, los dos héroes positivos. Junto a él, estaba un cómico bien pintoresco, Al "Fuzzy" St. John, probablemente el actor de físico más difícil de la historia del cine. Parecía un habitante de Dogpatch, como salido de alguna tira cómica del Thimble Theatre. Si ustedes recuerdan, por las revistas de sociedad antiguas, aquellos concursos de la elección del fulano más feo del planeta, pues Fuzzy sería aquel viejín que siempre salía haciendo una mueca y que siempre ganaba. Su triunfo en los cines de lo rural yanqui se entiende, físico aparte, por su peculiar acento, su insistencia en meterse en peleas de cantina donde deberían caber sólo los héroes y los villanos, y su harapienta presencia, que procuraba subsanar de cara al final de las aventuras con una espantosa manera de atildamiento. Por lo que respecta a Larry, era el contrapunto ortodoxo, el héroe bien parecido, macizo y elegante. Tal vez un poco narciso pero con una sonrisa en el instante justo como para no impedir hacerse siempre amigo del crio espectador. Verlo en algunas poses de cowboy es adelantarnos al Marlon Brando de El rostro impenetrable (uno de los vaqueros más petulantes y, a ratos, geniales de la historia del western).

Entre tanta baratura típica de los anodinos (pero entrañables) estudios PRC, volvió a la jungla de plexiglás en títulos como Jungle man (1941) y Nabonga Gorilla (1944). Aunque, no nos llevemos a engaño: Crabbe ya no quería taparrabos. El era explorador o cientíífico asentado en la selva. De todas formas, su exhibicionismo aparecía bajo cualquier pretexto y entonces regalaba el mítico torax a la humanidad gaya con inexplicable insistencia. No es raro encontrarnos al actor durante escenas enteras con los dedos jugueteando en los botones de la camisa. Bien pudiera ser un recurso del que no sabe qué hacer muy bien con las manos, pero yo creo que lo que estaba era deseando arrancarse los botones de cuajo para que entrasemos en la intimidad de sus personajes. Algunas veces era tan ridículo el método por el que llegaba a mostrarse semidesnudo que nos despierta irremediablemente una sonrisa de complicidad. Camisas desgarradas en zonas clave, bajadas de pantalón para salvar a una chica de perecer ahogada en el río...
Nabonga Gorilla
además presenta el tremendo aliciente de tener a Julie London como Tarzana topolino. Una Julie London muy jovencita, parecía una Betty Grabble en versión baby vamp. Linda, si, pero muy mala actriz, haciendo mohines típicos de perrita graciosa con la cabeza. Su personaje, cuando cría, había quedado abandonado en la selva y era adoptado por un gorila. Lo de siempre pero en chica (y mucho mejor que la jóven de Jungle man, una occidental muy guapa pero bobalicona, que como se aburría en la selva se disfrazaba de Dorothy Lamour y se dedicaba a adoptar a cachorros de león perdidos, con el consiguiente desequilibrio ecológico y posterior venganza del padre de la criatura). La London vivía de moza bajo el signo de los placeres del bestialismo con el tal Nabonga, un curioso simio dotado de un peinado de corte militar que indicaría que en sus horas libres luchaba del lado del ejército norteamericano (eran los años de la guerra).
En cuanto a Swamp fire (1946), fue otra pobretona experiencia en la jungla pero con el gran valor comercial y mitológico de enfrentar en un "pecho a pecho" a Crabbe con su viejo rival erótico Weissmuller. Además, en aquella ficción, se llevaban muy mal, batiéndose con los puños en más de una ocasión. Finalmente, el espectador más juicioso dictaminó que Weissmuller cada vez era más nulo como actor (menos hombre y más mono, para ser exactos), que ya no era la sombra de lo que fue fisicamente y que Crabbe en cambio se mantenía perenne, apoteósico con aquel bigotillo años cuarenta. En definitiva, que uno estaba ya para el arrastre y el otro conservaba madera de galán actor. Para algo le habían servido tantos rodajes.
Hubo que esperar hasta 1952 para verle de nuevo en taparrabos (aunque sin exotismos. Era un arreo de tela de mercadillo) en King of the Congo. Seguía fenomenal. En plena época de la televisión se apuntó a un nuevo serial (Captain Gallant of the foreign legion) donde aparecía con su hijo Cullen y, lentamente, fue retirándose del cine para concentrarse en la actividad deportiva. La vuelta a los orígenes pero desde unas vertientes propias de su edad: que eran las del maestro. Tuvo importantes negocios relacionados con el entrenamiento. Recorrió Estados Unidos con el espectáculo Acquade. Y a partir de los años sesenta, con la fiebre de la nostalgia, fue permanentemente honrado como el gran Flash Gordon hecho carne (mucha) y hueso (en su sitio).

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