02 junio 2009

SOLO PARA SIBARITAS

*Y al igual que en el anterior Sibaritas la llegada por correo de la otra obra magna de Zúñiga, su Historia del cuplé (tampoco reeditada, el original está fechado en Barcelona en 1954, para la editorial Barna), me da pie a rescatar otro de sus magníficos textos. El perteneciente al capítulo dedicado a la gran Josephine Baker. Plagado de anécdotas personales, además de acercarse al mito desde el apasionamiento típico de esos años, el autor retrata a la artista de una manera magistral y deliciosa. Placentera siempre es la lectura de este escritor y periodista, figura inspiradora, fundamental para Fantasía Mongo (aunque sé que a él este blog le hubiera aterrorizado). Aqui va mi segundo tributo en forma de golosina para el lector más sibarita.

En la foto de la derecha vemos a Zúñiga junto a Salvador Dalí, en la noche barcelonesa. Ambos se encuentran ante un típico "minutero".
Ilustración extraida del libro "Barcelona y la noche", escrito por el mismo autor un lejano 1948. Este sí ha sido reeditado en 2001. Por Parsifal Ed.

JOSEPHINE BAKER (1906-1975) por Angel Zúñiga

Lo que más le agradezco a Josephine Baker es que, con ella, vuelvan las noches más amables de la vieja Europa. Cierro los ojos y me parece verla en el Principal Palace, en los alegres veintes. Las Ramblas quemaban sus iluminaciones pacíficas; eran los bellos años de la monarquia, cuando en nuestra juventud empezábamos a soñar.
¡Qué noche aquella! Salieron a las viejas tablas de las variedades los payasos Pompoff y Teddy; Custodia Romero, llamada "la Venus de Bronce"; por último, Josephine Baker, a despejarnos su incógnita.
¡Qué voz la suya! ¡Y cuántas desilusiones en un público mal informado! Sólo se tenían noticias de ella como bailarina, sacerdotisa del jazz, varada en las playas europeas con su cinturón de bananas y las convulsiones epilépticas del charlestón. Nadie sabía que Josephine Baker era una cantante deliciosa. Los blues, los fox, aun los lejanos shimmys, salían de su boca como una caricia.

"Pretty, Little Baby..."

Su voz era un arrullo armonioso. Y aún en las inevitables contorsiones con que tenía que calmar al público, ávido de la danza nueva, en peligro ya de periclitar, lo que nos gustaba era su voz, su voz siempre, como un susurro lejano de los más acariciantes spirituals.
Esa voz azul tiembla en el aire estremecido de los recuerdos. Su canto me devuelve lo que parecía perdido: la época feliz de la entreguerra, aquellos años que desaparecieron por el trágico cotillón de la contienda. Josephine Baker tiene el mágico poder de hacer viva, palpitante, su evocación. Apenas aparece en la pista y ya diríamos que nada ha sucedido: todo parece seguir igual como estaba y es como si nuestros pies fueran a bailar el charlestón, que ella introdujo en la Europa feliz y confiada. Charlestón original, de Cecil Mack y Jimmy Johnson; charlestones a cientos, que disparan los saxofones por la vieja Europa.

Yes, Sir, She's my Baby
Yes, Sir.
She's my Baby, Yes, Sir,
She's my Baby, Now...

Isabel Llorach me decía que la artista le recuerda el milagro de la plaza de San Marcos. En efecto, es el encuentro de dos mundos que también se dan misteriosa cita en esta mujer magnífica. Es lo poderosamente antíguo, lo primitivo, lo suntuoso, el lujo recargado y sofocante, el secreto celosamente guardado de una raza vieja junto a la elegancia suprema, el triunfo de la línea y la medida, el ingenio inventor de mitos, la máxima actitud archicivilizada. Es Egipto, pero también es Grecia y, sobre todo, es Paris. Es Aspasia, pero extrañamente mezclada, por no se sabe qué alquimia prodigiosa, con sangre de Cleopatra. Es un verso de Baudelaire cifrado en el jeroglífico de un viejo papiro.
Ese poder de levantar de sus mausoleos de mármol fantasmas tan distintos lo ejerce ampliamente Josephine Baker. Desde su invasión en los "felices veinte" con la revista negra de Louis Douglas, se pudo comprobar que llegaba a nuestros escenarios para desplegar una extraordinaria fascinación, pasada por el obscuro tamiz de Harlem. El conjunto de Douglas iría a perder en seguida este triunfo de su baraja. Sus "Chocolat Kiddies" llegarán al desaparecido Olympia, sin Josephine en sus filas, pero todavía con el entusiasmo contagioso de sus negros, en la asombrosa exaltación de la música de jazz.
Josephine se había quedado en París. La histeria de su cuerpo, que amenazaba con descoyuntarse en el frenesí del charlestón, conquistó a la ciudad. Y, como siempre sucede, la ciudad terminó por conquistarla. En efecto, Josephine Baker es una creación auténtica de un París abierto a los aires del mundo y que, en definitiva, hace fama y, agradecido, las conserva. Pronto inventó la de esta Venus negra para ver, en seguida, que mucho mejor que sus nerviosos estremecimientos era su primorosa voz, con acentos nostálgicos y tristezas indefinibles para interpretar los blues o fox de aquel momento.

"Hello, hello, hello bluebird..."

cantaba como un pájaro azul; o bien

"What Can I Say After I Say I'm Sorry..."

Ese ave maravillosa, que es Josephine Baker iba a ser el otro as que faltaba de una incompleta baraja de music hall, que contaba con el hilo dorado de voz de Raquel Meller, para vender las mejores violetas; el labio caído y el canotier ladeado de Chevalier; las piernas incitantes y la voz canalla de Mistinguett para envenenar sus javas con la droga de su acento.
Por todo eso, cuando el charlestón pasó, Josephine Baker supo subsistir al desprestigio de una moda efímera. Fue entonces cuando se vió la calidad alegre, infantil y madura de su arte; fue en ese momento cuando su voz se adueñó de todas las voluntades y, como Circe, desplegó ante nuestra mirada sus múltiples encantamientos. Esa voz y esas canciones que no entendieron los barceloneses en su primera visita a nuestra ciudad, porque el jazz o el jazz band, como entonces se decía, era dominio todavía virgen para muchos, y el cine, o el cinematógrafo, como aún algunos gustan de decir, no lo había hecho inmensamente popular. Pero con aquel "Cloe-Cloe", con su "Little Pretty Baby", que Josephine Baker cantaba en el Palace se llevó esta admiración mía, por su arte, pulido y purificado a través de tantas peripecias humanas.
Luego fue París. Fue el encanto inolvidable de oirle estrenar en el Casino su "J'ai deux amours", de Scotto, que sería el himno oficial de su carrera.

J'ai deux amours
mon Pays et Paris;
par eux toujours,
mon coeur est ravi.
Ma Sabanne est belle
mais a quoi bon le nier
ce qui m'ensourcéle
c'est Paris, Paris tout entier...
Le voir un jour
c'est mon réve joli.
J'ai deux amours
mon Pays et Paris.

Josephine Baker representa un mundo feliz y en él desplegaba sus encantos con cálida voz, vibrante y, al mismo tiempo, dolorosa. Cifra del mensaje de una Europa con luces ardientes en las calles y abierta generosidad en los corazones.
Volvió a Barcelona en el año 1941, en plena tormenta bélica, al viejo caserón del Palace, donde estuvo la vez primera. Era la época de la "Conga" y las interpretaba con el disloque exacto de sus hombros y caderas, que en seguida olvidaba para dedicarse al juego sentimental de "Sur deux notes" o "J'attendrai".
Recuerdo las cenas juntos, en los pequeños restaurantes que ella amaba; los paseos por el Paralelo, por las Ramblas, cuya alegría encontraba tan parisiense. ¡Y cómo detestaba a los alemanes que ocupaban su París! Ella era de esa ciudad, por propia adopción; sentía el dolor de haberla abandonado, para ir a engrosar la filas de la Resistencia.
Personalmente, Josephine Baker, resultaba un encanto, y esa expresión se perfiló más y más al volver a Barcelona en el año 48. La guerra había terminado y París nos enviaba de nuevo su embajada.
"Anoche hablé con la luna", cantaba en La Rosaleda en una "première" tormentosa; la lluvia caía a raudales sbre la pista, hasta ribetear de barro el airoso vuelo de su falda Balenciaga.
En París, aquellos días de euforia en que el equipo de España de fútbol derrotó a Francia en Colombes, la volví a ver en el "Follies Bérgere", en una revista titulada "Féeries et Follies", en plena exaltación de su figura y de su voz. A la salida fuimos a cenar a un restaurante alrededor de l'Etoile con su marido Jo Bouillon, María Canela y el joyero barcelonés Francisco Carreras, reunidos todos, por el pretexto del fútbol, en París y en el camarín de Josephine Baker.
Paris y Josephine Baker: "J'ai deux amours", sonando siempre como un heraldo de su presencia. Y es que volver a ver a Josephine Baker es como volver siempre a Paris. Y revivir en su encanto las noches amables de la vieja Europa. Su magnífica lección de femenino entusiasmo resulta un curso radiante del mejor optimismo. No hay que preocuparse demasiado si no se obtiene el pasaporte, si se retrasan los visados o si no se halla la posibilidad de que nadie nos arregle la salida. Oigamos la voz de Josephine Baker; veámosla cuando vuelva por nuestros escenarios. Su arte, su presencia, esa atmósfera sensual y grata que la rodea como un nimbo de frívolos altares hará recorrer en unos momentos esos países de ensueño que nos tentaba la Agencia Cook de la anteguerra. Y mecidos en sus canciones despertaremos de nuevo a las gratas noches de París, de ese París que Josephine Baker representa para que todavía aspiremos el perfume inolvidable de sus acacias.
Y, con ser todo París, París no lo es todo. En su mundo de cruces, existe un nudo de las más extraordinarias comunicaciones. Para quienes la elegancia, el refinamiento, el chic alcanzan todos los prestigios, porque son cualidades imposibles sin que salgan de la raiz del corazón, esas actitudes las encontrarán, puestas en punto a la hora sentimental por Josephine Baker, en el instante en el que el mundo se olvida demasiado de las categorías para jugar con la pólvora de los impulsos, de lo pintoresco. Sin saber que lo pintoresco puede ser domado, como lo hizo Josephine Baker, por una serie de normas, de cánones, de que la frivolidad recitase su parte de medida y de talento.
Desde la noche de París en que cenamos juntos en un restaurante cualquiera, hasta hoy, en que la veo surgir esplendorosa en el oleaje de espumas que las playas de la moda arrojaron a las orillas de Dior, Josephine Baker siempre resulta igual a si misma: el colmo de las gracias puestas al servicio de cuanto el music hall haya creado en el punto más alto, no de cultura, sino de civilización.
El espectáculo viviente que es Josephine Baker se mueve, una vez más, en esta Barcelona, tendida sobre el mar para encender, desde el anochecer, sus luces de verbena. En la noche iluminada de San Juan, Josephine nos ha traído el hechizo de sus canciones. Ya nadie sabe cantar, con sentimiento, sin perder la línea, la actitud escultórica, el amaneramiento aristocrático.
La canción realista ha causado demasiados estragos para que la actuación de Josephine Baker, siempre dispuesta a hablarnos de la Europa perdida por tantas algaradas populares, no ofrezca una brillante intensidad artística. En la caricia aterciopelada de sus voces, en el mimo femenino de sus actitudes estatuarias, en cada uno de sus gestos estudiados en la Sorbona más brillante y más superficial, Josephine realiza el milagro de levantar el misterio de la Atlántida, sólo entrevista en pasados sueños.
"Madrid", de Lara, que París, poniéndose moños provincianos -sólo París puede hacer estas cosas impunemente-, ha transformado en "París, París, París"; como los rusos podrán cantarlo diciendo, en el estribillo, "Moscú, Moscú, Moscú", y hacer, si les conviene, propaganda quinquenal; y los chinos, "Pekín, Pekín, Pekín", para hablarnos de lo mal que se vive con tanta guerra.
¡Pero qué bien suena en los labios de Josephine la canción renovada, la letrilla que habla de ese corazón del mundo hecho piedras y avenidas!
Canciones italianas, como "Merci, beaucoup" o "Monasterio de Santa Chiara"; el bolero voluptuoso, en "Pecadora", cantado en un español que no hay forma humana de entender; la samba "Chiquita", que me enseñó Manuel García Viñolas; o ese número africano, "Sidi", en que se nos devuelve a la graciosa artista de sus revistas del Casino, donde jugaba a vestirse de muchacho, con el cabello engominado, enlustrado como charol, después de lucir el descaro agresivo de su cinturón de bananas.
Josephine Baker es esa Europa que se resiste a decirnos adiós, porque han llegado a su hotel nuevos e incómodos huéspedes. Artista como ninguna, encuentra entre nosotros el encanto de una ciudad que ya la envenenó con el perfume amable, insensible, de sus Ramblas. Tal vez la noche primera en la que actuó en nuestra ciudad se le quedaron grabadas las vacunas de lo nuestro en su piel de bronce y en cada poro el alfilerazo mediterráneo y cosmopolita de una ciudad: nuestra ciudad.
Cuando alguien en el coche, mientras nos dirigimos a Pedralbes, se fija en un punto ciudadano que no deberíamos mostrar a los turistas, Josephine Baker le echa en cara ese deseo de sólo pulsar las cosas feas, mientras en el trayecto ella sólo ve las cosas bonitas que tiene la ciudad para llenar de gozo sus admiraciones y sus sonrisas.
Por ello, en ése su corazón, su dulce corazón, al decir la canción de moda, que dará la alegria al mundo entero, en su efímero pasar, caben tantas distinciones. Por ello también se hizo fácil el salto entre la bailarina de charlestón que había surgido de los coros anónimos de Harlem, hasta la majestuosidad artificial e imponente de unas actuaciones llenas de ardor y, al mismo tiempo, razonadas. Ese salto se comprende por la exaltación de los mejores sentimientos aristocráticos que han hecho de su arte bastante más que la copia de la realidad, como ahora se estila; han logrado crear un mundo de fantasía donde se reúnen los refinamientos de todas las quimeras normativas.
Alrededor de ella, en mi casa, nos reunimos, una tarde, gentes barcelonesas. Josephine, en mi calle de los Angeles, estaba en su propio ambiente. En los grupos, la conversación tenía el tono de las personas que poseen la elegancia de hablar con suprema distinción. La Condesa de Godó, con el rubio champán de su serena belleza; el Conde de Pries estudiaba, tal vez, el maquillaje de Adela Carbone, quien había llegado, de prisa y corriendo, tal como salía a escena. La presencia de Elena Salvador, de Lily Murati, de Guillermo Marín, de Pastora Peña, del torero Bienvenida, de Alady, como son en persona, no le restaban admiraciones a Mercedes La Rosa, mientras Mercedes Juncadella tenía ese aire de lejanía que la hace parecer como si no fuera ella misma quien está ante nosotros, sino una embajada femenina de imposibles quimeras.
Luego, la pista. Diagonal arriba, se llena con la presencia de Josephine. Gran vedette, a la mejor manera, como la pide y la exige el music hall de más pura tradición, sabe cantar, lucir unas sedas, unas plumas, un abanico, unas pieles, que arrastra con estudiada y pródiga dejadez por los suelos; cada gesto es un arma decisiva para el apoteósis de lujo que ella necesita.
Personalidades asi ya no surgen. Necesitan épocas propicias, una atmósfera capaz de crear flores raras, como las orquídeas. Si es cierto lo que Josephine me cuenta, que ésta es su última temporada de actuación, pues quiere retirarse en pleno triunfo -espero yo que sea uno de esos viajes de ida y vuelta de las gentes de teatro- entonces será cuestión de pedirles que la vean antes de que desaparezca del mundo encantado que gira alrededor de las candilejas. Pero no creo en esa actitud. Ya lo dije antes, Josephine es, ante todo, una vedette y, acto seguido, la he visto ponerse nerviosa ante la posibilidad de un contrato con Joaquin Gasa, para actuar en el Cómico. Entonces, ante la probabilidad de actuar se olvida de todo. Es, una vez más, una artista teatral para la que sólo cuenta ella y nada más que ella. Cuando ha venido a casa a buscarme para ir al teatro, la preocupación no la dejaba pensar en otra cosa. Tanto, que incluso pasaba de la raya y Francesca Bertini aguantó, con su buena educación, los nervios de vedette de Josephine.
Y es que el teatro para ella lo es todo. Por eso, porque su centro es el teatro, les digo que no la pierdan. Olviden sus falsos informes, su retraso, que la hacen creer, todavía, que Jospehine Baker es la pequeña salvaje que introdujo la furia del charlestón en la vieja Europa.
América, esta vez, ha perdido la partida. Porque Josephine es nuestra, muy nuestra. Es una Europa que quizá desaparezca para siempre el día que huya del escenario, de la pista, de los focos, de los rasos complicados y los más pomposos maquillajes. Tal vez nadie haya representado, como Josephine, la fastuosidad en que Oriente y Occidente celebran sus noches nupciales. Ninguna otra puede darnos ejemplo de una cultura hecha oropel, de unas flores artificiales de trapos que huelen a perfumista de la rue de la Paix y a las que envidian las mismas rosas de las Tullerías.
Josephine Baker nos da todavía cuanto ella soñó, vagamente, en la adolescencia. Yo desearía echarle a los pies, alfombra bordada de admiraciones, el reconocimiento a cuanto ella significa de reserva europea, guardada en las cavas en que todavía puede beberse champán francés de antes de la guerra, detonante y lleno de burbujas, como una canción de Cremieux, ejecutada por una loca batería de jazz band.

Angel Zúñiga, 1954

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