30 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

4. De 1936 a 1938



Mother Pluto (1936)




Ahí como le ven, el mejor amigo de Mickey estaba en 1936 hecho toda una madraza. Un can tan formal, tan masculino, tan poco sospechoso de frivolidad... un can tan can resulta que le sale el instinto maternal desde lo más íntimo de su ser y provoca una mini rebelión en la granja. Ya no digo que le aparezca lo femenino de todo quisque, sino lo MATERNAL. Y si no lo creen, si no se fían del título del corto, échenle un vistazo. En el fondo, es un pedazo de pan. Lo raro es que se encapriche de esa manera de unos polluelos. Claro que estos nunca querrán mamarle nada. Con escarbar la tierra para que salgan unos cuantos gusanitos ya está el asunto arreglado.



Three little wolves (1936)




La prole del lobo feroz crece. Se dice que son sus hijos pero nunca hemos visto a la loba. Es de suponer que son recogidos. Y no tiremos del hilo de la condición de transformer del padre (mitad Fagin, mitad M) porque podríamos llegar al quid de la cuestión pedófila. Estos tres lobeznos han sacado unas maneras de lo más explosivas. Parecen los futuros sobrinitos de Donald llevándole por la calle de la amargura. Y cuando sale el lobo feroz, los tres cerditos reaparecen. Y el lobo se traviste de niña que ha perdido a sus ovejas. Los dos cerditos confiados las descubren pero no se dan cuenta de que son los lobeznos con pellizas de cordero. Caen como tontos y en la guarida los condimentan al gusto. Al horno deben de estar exquisitos. El momento más regocijante de estas historias lupo-porcinas se concentra siempre en la parte en la que el cerdito trabajador pone en marcha su maquinaria de tortura contra su peludo enemigo. Según avanzan estas historietas, las venganzas se hacen más sofisticadas. Asi ya nadie puede temer al lobo feroz.


Toby tortoise returns (1936)




Muy flojita la reintreé de la tortuga Toby y su inseparable rival, la liebre. Los tenemos en un combate de boxeo. El reparto es de superlujo, pues aparecen la pájara imitación de Mae West, uno de los tres cerditos y las conejitas del internado. Sin embargo, todas ellas no pintan casi nada. Son espectadores de relumbrón. Es la época de los mega star cast a lo Metro Goldwyn Mayer, ideales para obnuvilar a las medianías pero que normalmente como productos van muy huecos de contenido. El combate entre la tortuga y la liebre es divertido sin más. Hay un par de gags buenos pero preferimos cien veces la fábula que los vio nacer.


The old mill (1937)




Una pequeña maravilla. Mi parte favorita es la de la tormenta en el molino. Al parecer estuvo filmado con una técnica especial, una innovadora cámara de multiplanos que luego emplearía a fondo en su primer largometraje. Es alucinante la velocidad con la que discurren estos, en contraste con los serenos movimientos del arranque. Es como si Orson Welles estuviese detrás, de alguna manera, escondido y dándonos lecciones de camara stylo.
Se profundiza mucho en la psicología animal. La entereza con la que afrontan los habitantes del molino ese terrible fenómeno de la naturaleza que destroza el habitáculo. Sin embargo, al amanecer, los seres vivos siguen con toda normalidad sus quehaceres diarios. Me recuerda en parte a un corto de Vittorio de Seta, el de L'isola di fuoco. Fue, con todos los merecimientos, oscarizado.


Woodland café (1937)




Visitemos este café para insectos. Es un delirio de primera categoría. Como el dibujado animado de uno de tantos locales chic de la screwball comedy. Vemos ya a las vampiresitas estilo Harlow. Y nos reímos bien a gusto con los montones de guantes que le arroja el elegante ciempiés a la pobre camarera. Lo más soberbio vuelve a estar en el escenario, porque es allí donde Disney derrocha su sentido de la musicalidad. Y se deja atrapar por la trepidación del swing, del jazz hot. Y siguiendo las evoluciones nuestros pies se muestran imparables ante tanto negro que Disney llama cucaracha. Se intuyen los ritmos latinos, la rumba a golpe de trasero insolente. La rutina de la araña y su presa la mosquita con cara de Bette Davis provoca, con razón, una ovación general. Lo que pudiera ser a simple vista un show macabro, deviene hermoso pas de deux a vida o muerte. Pena que no bailasen sobre el hilo de la tela un tangazo a lo Del Rio- Ricardo Cortez.


Farmyard Symphony (1938)




Después de estos dos cortos anteriores, esta sinfonía granjera nos sabe a poco. Disney estaba muy ocupado en1938 y nos da una de cal y otra de arena. Es imposible mantenerse siempre a un mismo nivel de genialidad. Lo cual no es óbice para que esta fantasía country merezca un aprobado. Y nos regale buenos momentos de amor interracial (si se me permite el término).


Wynken, blynken and nod (1938)




Parte de un cuento de Eugene Field, que posteriormente sería musicado por Carly Simon. Quien no lo conozca no sabrá que se trata del sueño de un crío en el que se transforma en otros tres que, metiditos en un zueco, van a pescar de noche. Lo más bonito de todo es el paisaje, cual bóveda celeste. Uno piensa que los niños muertos van asi hacia el limbo. También se muestra imponente, sobrecogedora en la memoria la enorme nube que les hace caer de la frágil embarcación. A veces pensamos en Peter Pan. Otras, en que tres de los infinitos niños acuáticos (todos varoncines sin molesta culebrilla) al fin han conseguido un pijamita (una prenda que a ellos les sirve para dormir y a los morbosos de los pequeños nos despiertan). Y Disney también nos halaga en ese sentido, permitiéndose lindos buttcracks. Es mucho el baby meneo al que los ha sometido como para que sus carnosos culitos no se intuyan y se desorienten.


The practical pig (1938)




Y, en cambio, nunca nos ha mostrado un buen buttcrack de workman del cerdito serio. Sus hermanos nos empachan con sus jamones al aire. Son unos descocados. Lo más gracioso es que aqui se les da por ir al río. Entonces se embuten en bañadores. Y están muy sexys. Pero ya está el lobo al acecho con sus tres chaperillos. Alucinantes sus acentos alemanes. Disney nos alerta del mal germano en la nociva, siempre negativa presencia de estos personajillos (por esa regla de tres ¿los lobeznos serían unos hitlerjünges especializados en el horno crematorio?). Como viene siendo costumbre, la última parte es la del salvamento. El cerdito serio ha construido una terrible máquina de la verdad, que nunca le da los parabienes al espantajo peludo. Pero tampoco se salvan los hermanines coquetos de un castigo disciplinar, de la reprimenda del otro. La sesión de spanking nos embelesa. El rojo spanking de Disney ya pasa a ser nuestro color ideal de entre todas las gamas exhibidas en sinfonías tontas.


Ugly duckling (1938)




Remake de El patito feo (1931), ahora cambiándole al protagonista el plumaje negro por el blanco (¿ario?). En modo alguno nos creemos que el patito sea feo. Disney lo que trata de que percibamos, dejándolo caer de manera muy sutil, es el tema de los hijos bastardos, del sentimiento cornudo, del divorcio de los padres. Es ejemplar la escena en la que estos riñen ante la diferencia cromática del último polluelo (el resto son amarillos). Aquello no tiene explicación y, si la tuviera, sería para poner en evidencia la lealtad de la matriarca. Lo que viene luego es bonito, pero ya previsible. Lo verdaderamente importante se concentra al principio. Eso sí, al final el patito se marcha con otros de su misma blancura (que no bastardos), hijines de la mamá cisne que gustosa lo adopta. Es un final feliz, un canto a las clases altas (o a las que aparentan serlo) : siempre es preferible tener como madre a un majestuoso cisne que a una vulgar pata emputecida.



Y colorín colorado...

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