29 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

3. De 1934 a 1936


The wise little hen (1934)




Lo más importante de este corto es la aparición de un primitivo Donald Duck antes de la operación de estética. O sea, que lo vemos feo e imperfecto, con esas patas y boca desmesuradas, ese trajecito descolorido y viviendo con Pete (su cerdi) en un rollo de parejitas de hecho pero con derecho a cocina, a lo Cary Grant-Randolph Scott. Para una audiencia infantil, tratábase de la historia de la gallina recolectora y sus polluelos que solicitan la ayuda de sus vecinos cuando llega la siembra. Pero estos les dan nones, que son muy vagos y prefieren estar bailando y tocando todo el día (que la noche está para otras cosas). Se excusan alegando dolor de estómago. Cuando el maiz preside la mesa de la gallina y su familia, Donald y Pete tiemblan de la emoción pensando en que pronto los invitarán. Y la gallina se acuerda de ellos, si... Pero de lo malos que estaban los pobrecitos y les regala una botella de aceite de ricino para que curen los ardores estomacales.


The cookie carnival (1935)




Nueva parade de Disney, ideal para tiempos navideños. Los componentes del desfile son elementos de repostería tan deliciosos como galletas, madalenas y rosquillas. Algunas se humanizan tanto que toman forma de soldaditos y criaditas. El proceso de transformación de la pobre muchacha que no tiene vestido que ponerse para participar en el desfile es magnífico. El mito de la Cenicienta planea de manera evidente en esa parte. El resto es explosión de color y música. Excelente fin de fiesta en el que va a ser escogida reina del desfile, con números de vaudeville protagonizados por chicas flan y maromos pudin.


The golden touch (1935)




Otra adaptación de un cuento inmortal. La leyenda del rey Midas, el que todo lo que tocaba lo convertía en oro. Con los mínimos personajes Disney es capaz de introducirnos en la angustia que siente ese rey cuando ve que es imposible comer nada. Y es angustioso porque quien más, quien menos hemos soñado alguna vez en poder poseerlo todo a base de un sencillo movimiento del dedo pulgar (tanto Midas como Mefistófeles, desde sus anhelos de partida, fueron dos iconos de mi época de niño egoista). Espléndido el final con un ogro feliz, despojado ya de sus poderes megalómanos, saboreando en las ruinas de su palacio una vulgar hamburguesa, con una pinta de obrero de la construcción en pleno descanso laboral. E increible el toque poético que imprime el maestro al momento "dorado" de las fuentes palaciegas.


Music land (1935)




Soberbio, ejemplar cartoon rebosante de originalidad y fantasía. Y a Fantasía nos remite esta pequeña gran historia de los dos pueblos vecinos enfrentados por dos estilos de música diferentes: lo clásico y el jazz. Disney no osa caer en el abstraccionismo y refuerza el corto con una historia de amor, con ribetes de Romeo y Julieta. Julieta sería la damisela violín (de la ciudad clásica) y Romeo el saxofón (de la moderna). En cambio lo verdaderamente prodigioso es la parte de recreación de esos dos islotes, girando todo hacia el mundo del pentagrama y las notas musicales. La armonía de unos contra los ritmos dislocados de los otros. Introduciendo suaves toques críticos al enfrentar el protocolo, los aburridos modales de los primeros contra la improvisación, el juego libertario y la infinita alegría de los segundos. Porque la parte romántica tiende ya a una reiteración dolorosa (esos rescates en medio del mar, sólo salvados, nunca mejor dicho, por el sentido de la emoción y sucesión de ingeniosidades como la corchea convertida en remo).


The robber kitten (1935)




Menudo mensaje para los niños nos lanza aqui el maestro: ser ladrón es lo mejor. Al menos, eso entresacamos de los sueños del adorable gatito Ambrose, que disfruta en la intimidad de su rincón de los juguetes con disparar y sustraer de pertenencias a sus muñecos disfrazado de bandolero. Es un incorregible y su madre lo padece con no poca paciencia (vaya con mama gato, ¡con brazos de señora!). Asi que el gatito se aburre en su pequeño mundo y se escapa a vivir aventuras como salteador de caminos. Encuentra a un perro sabueso, habitual del Se Busca, que es embaucado por el pequeño por su tremenda belleza, juventud y arrojo. Está muy bien expuesta la psicología del viejo perro delincuente. Esa imposibilidad última para ofrecer la amistad debido a la condición pendenciera de dicho elemento. El gatito volverá al hogar con toda la moralina dejada caer de manera sutil, pero bien apuntalada en forma de cuadro en el que se lee la frase: La honradez es la mejor política.


Water babies (1935)




Oda a la pederastia de indiscutible belleza. Todo es bonito, agradable a los sentidos. Disney rodea el desnudo infantil de elementos encantadores, sensuales aún dentro de su cursileria extrema, liberándose de responsabilidades al no dibujar los órganos sexuales de las criaturas (como tampoco llegó en su día a ponerle paquetito a Peter Pan) pero que, en contrapartida, acentúa los volúmenes de sus glúteos, lo que no sé qué es peor. Probablemente, nada sea peor. La imaginación del autor aqui brilla altísimo. Concluimos que se va superando año tras año. Que sin historias de amor heterosexual es más soportable (al no repetirse en el proceso de culminación de los flirts). Encima, nos regala un leitmotiv sonoro sublime, una de las melodías más inspiradas que utilizó nunca. Bebés acuáticos es una obra maestra de principio a fin, que es como decir desde el alba hasta el ocaso.


Who killed cock Robin? (1935)




Bastante aburrido corto sólo salvable por la introducción del erotismo. Y esto ya debería ser histórico. Y memorable. El personaje de la pájara es Mae West. Ella provoca el asesinato de su pretendiente, un pájaro cantarín. Su cuerpo cae asaeteado en un tugurio tras un vuelo agónico. Se abre una investigación. Parece que Disney nos quiere llevar al cine de gangsters. Pero no es asi. La parte central la ocupa el juicio de un inocente (un borracho habitual del antro), donde los jueces son los biscuits de The cookie carnival. Pero, afortunadamente, en los minutos finales reaparece la pájara nociva. Y es fascinante. Los ademanes, la manera de caminar, de fruncir el ceño, de mascullar guarradas llenas de frases que pretenden seguir el credo West hasta el límite de las posibilidades de un cartoon para niños, hasta el límite de la profanación...
Y, cuando ya parecía que no podíamos despegar nuestra mirada de esa fecunda matrona de la sicalípsis, surge el culpable, el verdadero criminal. Y no es otro que Cupido (detalle poético bien hermoso: ese crimen es un simple caso de enamoramiento. Sólo basta con extraerle la saeta y que la pájara le dé un beso para que vuelva a la vida). Pero no un Cupido rollizo, recién horneado en la fábrica de water babies. Sino que es un Cupido marica, extremadamente afeminado (y sin genitalia, aunque posiblemente llevaba esparadrapo). El primer personaje gay de la historia de los dibujos animados. Y nos encanta, porque no acertamos bien a adivinar lo que está soslayando Disney aqui: si su facultad de poeta o su atrevimiento al plantear este personaje de sexualidad anómala. Yo apuesto de nuevo a que este corto -no muy inspirado- sólo cobra vida gracias al bendito erotismo de un Disney ya puesto a tono después de su previa osadía pedófila.


The country cousin (1936)




El aristocrático ratón Morty invita a su primo del pueblo, Abner (uhmm, delicioso guiño a la creación de Al Capp) a pasar unos días en la gran ciudad. Buena parte de la historieta se desarrolla en la enorme mesa donde ambos almuerzan antes de salir de marcha. Se contraponen, en gratísima comicidad, las maneras elegantes de uno con las más bastas del segundo (mientras uno pica con melindres, el otro se atiborra con descaro). Es el paleto el verdadero protagonista. Disney le regala los mejores gags, incluyendo esa anticipación de borrachera dumbesca cuando cae a la copa de champán. No hay visiones dalinianas pero, aún asi, es espléndida esta cogorza ratonil. Pero lo bueno aún está por llegar. Un innecesario gato al menos cumple una misión decisiva: que Abner escape de la casa y se pierda en el torbellino nocturno de la ciudad, con sus luces cegadoras, las pantorrillas humanas que amenazan con aplastarle, los coches y motos en múltiples direcciones. Disney opta por un sentido del ritmo típicamente cinematográfico, con sobreimpresiones de objetos aislados (claxons) y transparencias de diversas calles con farolas. Ese último minuto es soberbio.


Elmer elephant (1936)



Elmer es una de las criaturas más tiernas que parió el mago de Burbank nunca. Es el boceto más claro del Dumbo definitivo. Y uno de los cortos más sofisticados que he visto del autor. Pide a gritos un largo, pide a gritos a Dumbo. Pero Elmer es mucho más emocionante, porque no le hacen falta unas orejas enormes para ser un marginado, centro de la atención, presa de los juegos crueles de otros animales de su edad. Elmer es más desgraciado que el ratoncito volador, porque el elefantín no tiene más sueños que conseguir la amistad de la tigresita. Elmer es ridículo porque tiene una nariz larga, su trompa es su desgracia. Disney se apoya para crear al personaje en el mentado ratoncito volador, en las historias de amor previas (aqui "ella" es esa tigresita en su fiesta del sexto cumpleaños). Y tiene el acierto de discurrir personajes secundarios muy buenos, que en un par de expresiones dibujadas y frases nos cuentan su psicología, su pasado (el abuelo jirafa, los pelicanos, los monos bomberos). Y aunque existe el típico rescate, en el cual nuestro antihéroe se convierte en el héroe pamplinesco que todos estábamos deseando que fuera, éste está tocado por la gracia del genio. De otra forma no sabría definir el detalle de esas llamas que cobran vida autónoma y que amenazan con arrasar la guarida de la tigresa. Son llamas alevosas, pendencieras, que sólo podían provenir del infierno del Dante. El mismo en el que Doré y Disney un buen día se debieron de dar la mano para redondear un corto maravilloso con capacidad ilimitada para hacernos una y otra vez niños grandes.



continúa mañana

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