25 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

1. De 1929 a 1932


The skeleton dance (1929)




El arranque fenomenal de la leyenda del autor. Disney dista mucho de dominar la técnica del dibujo, se inspira en un tema eterno. Esas danzas macabras que giran desde la Edad Media con su cortejo de espantos, de tétricos cementerios rurales, con todo lo que el genio de Holbein inmortalizara, surge ante nosotros, aunque huérfana de su sugestión terrorífica. Sobre la música de Saint-Saëns, Disney hace danzar esqueletos que incluso se sirven de sus huesos para cualquier efecto musical.
El dibujante empieza a dar muestras de su talento. Como el zagal de Cumos tocaba la flauta, a cuyos sones danzaban frente a él los tres Rascayús, Disney usa su lapiz para que la pantalla sea un eco lejano de ese baile pastoril. Se abre, mediante lo necrofílico, un nuevo mundo, una nueva era para los dibujos animados.


Birds of a feather (1930)




Fantasía con aves. Gorriones que forman un ejército de aviación en pleno desfile militar, o sea: con chorus line a lo Busby Berkeley. Aprovechamiento de las posibilidades de sus plumajes. Plumas abiertas forman un arpa. Los pavos reales son siempre símbolo de gran espectáculo, muchas veces sórdido, dado lo triste de nuestros zoos y parques (al igual que el burlesque). Y el gran espectáculo en Estados Unidos se llama Follies. Por eso la pava magnífica ha dejado de serlo para transmutarse en soubrette que arrastra su preciosa cola con desgana, con mirada de rutina, de estrella sobrada de si misma. Y, finalmente, con la apoteosis: alza la cola y la abre formando ese precioso decorado que la engalana en su máximo esplendor blanco y negro


The busy beavers





Qué bonito es trabajar, pensará Disney. Por eso los castores, animales incansables donde los haya, lo hacen cantando. Todos sus movimientos, a ratos torpes, otros impecables, conforman una coreografia perfecta y jamás inútil. Lo suyo no es una frivolidad estéril, contemplativa y hedonista. En sus peripecias marinas empezamos a acordarnos de Buster Keaton, cómico excepcional siempre a contracorriente (nunca mejor dicho). Antes se acordó Disney. No todo es algarabía sindical. También hay peligros. El obrero y los accidentes laborales. Entretenimientos con angustia. Disney se inventa la fontaneria natural a raiz de un gran chaparrón. Al final todo acaba bien. Los adorables castores saltan y bailan. Las nubes se levantan, los pájaros vuelan (aunque sea por culpa de la caida del árbol donde permanecían cobijados)



The China Plate (1931)






Un viaje exótico a la Antigua China. Por momentos una pieza tan delicada como cualquier porcelana del pais. El arranque del corto parece querer adentrarnos en los escalofríos de un Fu Manchu con la compañia inevitable de la etiquetada primera Mirna Loy. Disney prefiere recurrir a otros tópicos. Al Gengis Kan de turno, a las geishas de simpáticos bailes (acompañadas de un irresistible gatito al que le presuponemos, por una extraña razón, de origen yanqui). De nuevo, peligros acuáticos. Y el chinito que salva a la chinita más tarde se batirá en duelo con el tirano: David y Goliat vestidos en kimono. Aparece un dragón que echa fuego por la boca. Antes fue árbol que engañó a Goliat. Y al final, esa poesía romántica de los tórtolos enamorados en su barquito que buscan la privacidad corriendo la vela como quien corre la cortina que comunica con la cama. Quedan sus siluetas en penumbra, como alguna vez vimos de forma parecida a Mirna -china o no china- antes de que el Código Hays apagase definitivamente la luz de los sueños impúdicos.


Egyptian melodies (1931)





La esfinge de Gizeh sólo puede significar misterio. Y en el cine un buen pretexto para que nos aterrorizen las momias que la habitan. A la Universal pongo por testigo. Visitamos una pirámide con un cicerone excepcional: la pinturera araña. Pasadizos en vertical (gran acierto). La pirámide, pues, transformada en un enorme parque de atracciones, donde la casa del terror se rebaja a la altura inofensiva de la casa de la pradera. Las momias de turno toman ahora el relevo de los antiguos esqueletos del camposanto. Y sus formas rígidas no dan tanto juego porque no se desenvuelven ni se rompen en mil útiles pedazos. El verdadero juego musical lo dan los pentagramas en los que se han convertido los jeroglíficos de las paredes. Retablo que cobra vida de forma magistral. Disney pondría música y acción hasta a la Capilla Sixtina si se lo propusiera.



Mother Goose Melodies (1930)





Maravillosa parade repleta de no menos maravillosos personajillos que bailan, cantan y brincan alrededor del Old King Cole (el Rey Col). Este es un canto rotundo a la alegria de vivir. La sublevación de nuestros juguetes de infancia formando un particular ejército de artistas de vaudeville. Es cartoon dentro de cartoon, como hay "cine dentro de cine". Alguien abre un libro enorme y de sus páginas surge un nuevo personaje con mucho que contar. La algarabia final del viejo rey es la nuestra ya. Monarcas asi hacían falta en el pais de Alicia, aquel donde gobernó reina tan déspota y sanguinaria. Normal. Disney se encontraba aqui más a gusto con el monarca gay (de alegre) de los Grimm (papá de la princesa que se enamoró del pobrecito leñador) que con la corazonesca de Lewis Carroll.


The ugly duckling (1931)




Disney comienza a bordar las adaptaciones de cuentos infantiles. Es capaz de sintetizar las fábulas en siete u ocho minutos, incorporando sketches propios y ajenos de infalible comicidad. Vemos al patito feo, de sobras conocido. Marginado por su diferencia pero que al final será aceptado por su talante heroico en el más oportuno momento; cuando uno de sus hermanitos bellos está a punto de ahogarse en el río, al borde de una catarata espantosa. Disney se inspiró en toda esta odisea de rescates en Our hospitality de Buster Keaton. El Pamplinas emplumado, ese que como el original se va haciendo héroe a golpe de mala suerte, terminará reconocido como hijo legitimo de la vanidosa mama pata. Volvería a filmarla en color ocho años después. Ganaba con el remake un nuevo Oscar.



Just dogs (1932)




Historia canina, como bien indica el título. Quisicosas de perrera. Aparición de un Pluto sin bautizar y que se porta muy mal con el marginado de turno. El mismo que libera de la cárcel al resto de sus compañeros, el mismo que les salva de los peligros del exterior, el mismo que encuentra comida y al que no le importa compartirla con su ex compañero de jaula. Un masoca con pulgas, en cuatro palabras. Sufrimos por sus desventuras porque Pluto (o como se llame) no puede ser más injusto con el pobre can. Un hecho vital hará cambiar las tornas. Disney se cansa de apretarle el cuello: ambos degustan sin rencores ni recelos el ansiado tesoro óseo. La psicología entra ya lentamente en un proceso de maduración extraordinaria. Disney es cada vez más genio.


Babes in the woods (1932)




Una obra maestra indiscutible. Hansel y Graetel a la manera del mago de Burbank. Colores preciosos. Es el año de la puesta de largo de esta técnica deslumbradora. Y cuánto luce el tecnicolor en la casa de caramelo y chocolate a la que arrastra la pérfida bruja a estos golosos niños. Mejor alli que en las setas aburridas de sus amigos los gnomos, pensará Hansel. O quizá Graetel (más avispada). Lamer sus paredes ya de por si es un plato apetitoso. Dentro hay cosas mucho más deliciosas, promete la vieja. Pero no es verdad. Todos nos acordamos, por niños que fuimos, lo que pasó. Dentro todo es terrible. Inhóspito, macabro. Pequeñas bestias encadenadas y enjauladas imploran perdón. Son niños que un mal dia han llegado alli y por una pócima mágica se han transformado en lo peor de la naturaleza. Los pequeños héroes deben impedir que la bruja los vuelva como ellos. Hansel cae. Graetel se beneficia de la ayuda de los enanitos del bosque, sus buenos amigos, premonición de los futuros leñadores diminutos, amigos de Blancanieves la boba. Triunfa el bien, no sin antes Disney habernos llevado por los caminos perversos que más le convinieron. A la liberación por la angustia.


continúa mañana

No hay comentarios: