24 junio 2009

SEMANA ESPECIAL Sinfonías tontas

0. Introducción

Disney fue un enorme genio. Su arte, su capacidad para crear mundos de fantasía es parangonable al del inmenso Méliès. De hecho fue uno de sus discípulos inconfesados en el terreno de la animación. Como también, a su manera lo fue el Douglas Fairbanks de El ladrón de Bagdad o el Fritz Lang de Una mujer en la Luna. Pero si hubieramos de mirar aún más atrás (pues cuando Disney comenzó a dibujar, principios de los años veinte, Méliès estaba activísimo, no era una figura olvidada), entonces acertaríamos a encontrar en Disney el genio que antaño inspirara a los hermanos Grimm, a Perrault, a Andersen. No se trata simplemente de dibujarnos una fábula, sino de dotarla de poesía. De que vuele nuestra imaginación en todo momento hallando la armonía de las cosas (la belleza), de que ante una de sus sinfonías tontas nos entreguemos a priori a un universo de irrealidades que nos divertirán, nos harán sufrir (para que luego el maquiavélico nos permita respirar hondo) y nos causarán una inequívoca sensación de vértigo debido a ese ritmo trepidante, característico de todo artista norteamericano. Es la vuelta a la infancia con la conciencia tranquila pues no nos están tomando por idiotas. La reducción al absurdo implica de alguna manera un juego intelectual que absuelve a Disney de la falsa acusación de idiotizar al espectador pequeño o adulto. Posiblemente en esto no sea tan grande como un Lewis Carroll pero si más divertido, como lo es el nonsense cuando lo cogen los hermanos Marx, Keaton, Chaplin o La Cava y ya no lo es tanto cuando nos lo introducen Ionesco o Beckett (de Keaton y Chaplin, Disney plagió).

Sus películas cortas son preferibles a los largos por cuanto permiten la mayor condensación de aciertos. Y, por descontado, cuando surgen los largos, visto su inmenso trabajo previo, nos damos cuenta de que un montón de elementos ya habían sido ensayados en aquellas. Si acaso, en la labor excepcional de pulir y perfeccionar radica el milagro de un filme maravilloso como Blancanieves. Poco importa que esa fantasmagoría del bosque nocturno, esos árboles terribles que asustan a la masoquista heroina ya haya visto probada su eficacia unas cuantas veces. O que los enanitos (que eran siete) fueran setenta veces siete en Babes in woods, los salvadores de Hansel y Gretel. En la variedad y dosificación de momentos culminantes parece hallarse la perpetua renovación de su primer largometraje.
A principios de los años treinta Disney ha superado el mudo. Comprende el sonido como una manera maravillosa de poder apurar la riqueza del dibujo musical. Antes las escenas dependían exclusivamente del dibujo. Ahora ya no, la música tiene un papel decisivo. Junto a ella, el color y todas las transformaciones del movimiento, cada vez más sofisticadas. Dibujo, música y color rompiendo las leyes propias de la gravitación. El movimiento trepidante formando coreografías que, en los peores casos, suponían una respuesta insoportable a los montajes de Ziegfeld. De todas formas, para que esto sucediese habríamos de esperar unos años, justo cuando la técnica de Disney se depura hasta perfeccionarse al máximo. A principios de los treinta, notamos todas sus imperfecciones en el trazado. Pero nos encanta por que en él hay algo de la delicia del primitivo. Hay ingenio, a falta de genio. Y mucho humor, humor endiablado, al contrario de los maravillosos ilusionistas europeos (de Starewicz a Reiniger), más secos. Sin embargo, ya no comete el error de su serie primera Alice in wonderland, poco creible amalgama de criaturas humanas y seres animados, aunque volverá a caer en la tentación cuando se haga adulto y el taller del artesano sea ya un emporio industrial ( de Los tres caballeros a La bruja novata).

El máximo acierto del Disney que se va encarrilando es el de prescindir del ser humano y dotar de rasgos humanizados a la flora y la fauna. Esto será leit motiv de sus sinfonías tontas. En Arboles y flores, la Naturaleza baila, como en los lejanos mitos. La transformación que sufren los cipreses, las nubes, las rosas se presentan estableciendo afinidades sólo presentidas por el poeta. El milagro es la contínua sorpresa. Y si con el tiempo tendió a repetirse, cuando esto sucedió entonces dentro de si sonaba la voz de alarma y presto se puso a inventar nuevos personajes. El ratón Mickey, el pato Donald, el elefante Elmer, el toro Fernando, los tres cerditos, la deliciosa pájara que imitaba a Mae West...
Mickey fue esa gran estrella de la factoria Burbank. El apostó fuertemente por ese ratoncito. Por encima de Oswald, el conejo de la suerte. A la larga, el olfato de este hombre le daría buenos dividendos. Todos recordamos a Mickey Mouse y nos hemos olvidado de Oswald, que aún asi fue genial, capaz de superar la barrera del sonido como ya había superado desde el primer cartoon las leyes terrestres. No podemos decir lo mismo del gato Félix (por Pat Sullivan). Lástima, pues el autor había puesto las bases de toda la poesía y el humor sutil que tan bien desarrolló Disney en sus mejores años. Aquel gato fue un pionero que no tuvo suerte. O que no pudo competir con tan titánico jóven rival.

Felices tiempos de aprendizaje, la colaboración estrecha entre Walt y Ub Iwerks y que culminó en 1928 con la puesta en marcha de la productora Walt Disney Productions, aventurándose con el sonoro en Steamboat Willie, la primera vez que vimos al ratón en acción. Luego vendría la revolución musical, el empleo del color, el efecto tridimensional. Y los largometrajes. O sea, el acabose. Durante la década de los 30 Disney produjo como media dieciocho cortos por año. La culminación de las sinfonías tontas sería Fantasía (1940), su proyecto más ambicioso, tremenda subordinación de la imágen al sonido. Lo que pudiera haber sucumbido en un musical de Ziegfeld hecho colorines troca en ballet de altas pretensiones intelectuales. Pero tanto ahora como antes, será en el dibujo musical donde hallaremos la mejor aportación a ese espectáculo que un día pidió Ortega que fuese todo ritmo y color, todo luz y movimiento. Como dijo Zúñiga: Sin contar, claro, con la música. Que en el dibujo en color, puede representar exactamente el violín de Ingres del realizador.





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