11 junio 2009

Públicos vicios (homoerotismos en Youtube)

34. Lluvia de lapos

Uno de los dos posts dedicados a la saliva de los chicos, publicados en sendas partes el 15 y 16 de agosto de 2006 en FM II by MB

A Jose el chapero, por sus hermosos y contínuos gargajos debidos a la medicación, cuando en los parques le decía aquellas cosas puercas que tanto nos gustaban


El fan algo sabrá. Con todo lo que ha leido podría enumerar, antes de empezar yo a hacerlo, media docena de alteraciones psicosexuales de puritito pervertido, con la seguridad de no llevarse a engaño. Ahí quedan muchas experiencias con los ex (algunos irresueltas por la timidez de los otros) y más fantasías desperdigadas por mis múltiples secciones y/o firmas.
Empiezo por esta de los escupitajos porque me pegó a lo bestia hace cuestión de un lustro. Curioso que me atraigan tanto los machotes flemosos ( que no flemáticos) en cuanto que yo soy incapaz de expulsar nada (no por damiselismos, sino porque soy torpe y acabo por ahogarme en abcesos de tos que me dan siempre muy mala espina) . Comprendo que el escupitajo es un arte viril (aunque ellas también lo hacen, y muy bien, a juzgar por tanto porno straight descarriado) , que indica, si se lanza hacia el rostro de otro, profundo desprecio, o también lo contrario: admiración infinita, si hablamos de seguidores de grupos punks o jevis; pero como lo mío son las parafilias raras lo encauzo dentro de un fenómeno mucho más sutil .
Si sigo por la calle a algún tipo, a la espera de que lanze un salivazo, éste tiene que ser muy jóven y muy sexy. Curiosamente en este país de rudos gañanes, ellos nunca me defraudarán. Es cuestión de esperar yendo detrás, en cualquier momento se produce el espectáculo ansiado.

Mientras tanto contemplo las bondades del machito, consigo ponérmela morcillona (es fundamental un precalentamiento) y cuando menos me lo espero ya lo veo girando la cabeza a medio lado y ¡zas, ahí está! sale el salivazo, cual disparo del west. Preciso y precioso, si la zona va poco transitada puede adquirir grandes distancias, pero yo prefiero que todo quede en la acera, sin pasar a la carretera, que entonces luego yo tendría más peligro. Hay que clavar la mirada en el punto exacto donde cayó, que suele ser en cualquier parte, no hay premeditaciones (lo jodido es cuando lo pierdo, ponérmelo a buscar, si estoy desesperado, provoca que siempre aparezca alguien preguntándome que qué he perdido. Explícales tú la verdad) . Con el objeto ya detectado, no me queda más remedio que despedirme del ejecutor y hacer algo de tiempo calibrando la situación. Si no pasa nadie se puede antes echar un vistazo a las ventanas de alrededor, por si hay alguien asomado. Si no hay nadie, entonces el lapo ya es todo mío. Mi bien preciado. Y lo remiro. Evidentemente es blanquecino o transparente porque no escuché carraspeo ni esfuerzo alguno al expulsarlo. Se sonsaca que es saliva nada más. Y lo invoco con un moco, que diría el otro. Siempre lo noto más hermoso de lo que es. Analizo los contornos, creo ver algo en las formas. Interpreto los microbios. Después, el rito emocionante de apropiármelo: me agacho, paso dos dedos por la mucosidad y con disimulo la atrapo y sigo caminando, con la mano encogida para que ni se vea ni se me caiga el líquido espeso. Ni que decir tiene que la sensación de llevarme conmigo el lapo de un chorbo que me gusta ya me provoca una reacción erótica monumental. Entonces, doblo la esquina y es cuando ya nada me impide tragarme todo aquello. Su saliva se mezcla con mi saliva de babeante salido. Es una delicatessen que me produce picor de garganta pero que debo soportar. Porque sé que si me aparece la expectoración de una nausea, mi aventura no habría valido de nada. Es un beso la mar de profundo, a distancia y dejado en el suelo para el/la que lo quiera. Pero por desgracia tambien he de tragar gravilla y polvo minúsculo que se ha mezclado con el elixir del macho. Y eso no me satisface nunca del todo. Pero vibrar, vibro.

Si hay mucha gente entonces debo disimular más. No me puedo agachar tan descarado. Hago que me ato una deportiva. Se me cae un pañuelo...y robo el tesoro. El pañuelo también me sirve para recogerlo. Lo guardo en el bolsillo y me lo traigo a casa. En mi habitación a solas lo adoro, me magnetiza. Me unto la polla con aquello y me la casco pensando en el chico. Es maravilloso. Una vez me fijé en un adolescente de formas mórbidas que en pleno invierno iba tirando kleenex por el asfalto. Todo lo empapaba pues debía de tener un catarro del copón. Pude recoger unos cuantos. En casa no tragué, pero me masturbaba frotándomela con cada uno de aquellos moqueros, que hasta creo que al dia siguiente amanecí con la polla griposa, que no paraba de soltar agüilla.
Oh, bendita práctica marrana, que ya he perdido en beneficio de la seriedad y el buen tono que corresponde a esta mi civiltá tan de treinteañero aburguesado. ¡Puaggj!, ¡spuut!.

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