17 junio 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA


TONY Y ANITA
de los hermanos Quesada (1951-1960. Ed. Maga)


Fue una de las publicaciones más exitosas de la editorial Maga y, por extensión, del dibujante Miguel Quesada, todo un prodigio de precocidad. Tenía sólo diecisiete añitos cuando emprendió la labor de recrear a esta parejita circense, demostrando una habilidad para el trazo, para la recreación de ambientes, para la plasticidad (aún con resabios de la serie negra norteamericana y toda su carga neoexpresionista) que dejan pasmados a los más incrédulos. Esto lo vemos muy bien en los primeros cuadernillos, porque luego Tony y Anita se vuelven tremendamente toscos, en una viñeta guapos y en la siguiente feos. Y además cansinos, repetitivos. Posiblemente se hubiera ya esas alturas cambiado al dibujante (L. Ortiz y B. Remohí pasaron por alli). Por lo tanto habría que eximir de culpa al enorme Miguel, al igual que a su hermano Pedro (el guionista) y hacerlo al factor éxito, que obligó a alargar hasta lo escandaloso unas tramas finiquitadas después del número cincuenta. Pero como hubo cien números más (almanaques aparte) Pedro hubo de estrujarse los sesos y lanzar around the world a tan insólitos personajes (y digo insólitos porque pienso que en la cutre historia del tebeo español ellos fueron los primeros ases del circo que se asomaron a un quiosco).

Al principio todo parecía estar controlado. Tony llegaba al circo del vetusto señor Kriegel (un puto llorica que siempre se está lamentando por sus canas. Que suponemos un pobre hombre y luego resulta que tiene una villa en Italia y le gusta emular al doctor Livingstone cuando planta al personal) pidiendo trabajo como trapecista. Por un acto de heroicidad (el primero de mil) era contratado y pronto surgía el hechizo: Anita, la rubia ecuyére le hacía tilín de veras. Fue a partir del segundo número cuando la culminación del romance fue posponiéndose hasta extremos patológicos, debido a un sin número de zambras en las que se veían enredados (Anita tenía en una última viñeta una frase inmortal que la definía por completo: "Yo bendigo las desgracias, porque ellas estrechan más los lazos de nuestra amistad").
Uno de los rasgos más pintorescos de Pedro fue el querer mostrarnos a las gentes del circo como unos seres marginales, fuera de la legalidad, a un pie de la delincuencia o salidos directamente de ella. Esto ocurría con prácticamente todos los integrantes del circo Kriegel. La troupe nunca nos resultó familiar (esos secundarios fijos que hubieran enriquecido el comic), salvo el can Puck y la loba aquella, pues cada vez que el viejo director contrataba a un equilibrista, un forzudo o una bailarina las malas mañas de estos los abocaban a un dislate que acababa con la justiciera muerte o detención por parte de la policia de los culpables.
Este toque insólito de involucrar a los seres positivos de la historia (Tony y Anita) en un ambiente turbio, no prestable a ningún tipo de idealizaciones, constituye la máxima originalidad del producto (conmueve ese lado oscuro de la mente del guionista pues ni siquiera el cine internacional llegó a semejantes extremos cuando abordó el tema. Si acaso, en el drama pugilístico). Si se exageró a la hora de presentar al mundo circense como un foco de marginalidad, se siguió exagerando al hacer salir a los protagonistas de la claustrofóbica carpa para que recorriesen el planeta (más exótico) en pos de una justicia universal. El pretexto de los viajes de la compañía fueron un buen recurso. Pero luego ya pareció dar igual (perdían el circo tantas veces, por tejemanejes y papeleos, por incendios...) y la parejita indómita se curraron Centro Europa, Africa, Asia y Estados Unidos, desenvolviéndose con gran destreza siempre, gracias a las facultades físicas que se les presuponen a este tipo de Icaros del espectáculo.

Convendría hacer una diferenciación entre Tony y Anita. Porque el verdadero héroe era él. Ella volvía a sujetarse al estrecho patrón seudo femenino de la chiquita tonta, desvalida, a expensas de su príncipe azul, que ¡aún por encima de este deficit! mantiene un orgullo y un egoismo infantil que se plasma en los constantes celos injustificados cuando a Tony se le acerca una falda tubo. Anita poco a poco se transforma en un ser mojigato y ñoño. El pimpollo debería verla como el problema más grave. Y sin embargo no lo hace. En última instancia, Anita es justa y necesaria desde la ortodoxia del género de aventuras porque es sólo por la dama por la que debe el caballero luchar. Otra vez la mujer entendida como ente minusválido aunque con una única capacidad, adquirida por un tipo de educación deprimente: la del chantaje emocional (lo que la hace doblemente odiosa).
Tony es uno de los atractivos del tebeo. Ignoramos casi todo sobre su pasado (salvo que escapaba de unos padrastros terribles) y mejor que sea asi. Su vida es el futuro en contínuo presente. A golpe de puñetazo, que es "como pelean los hombres", soluciona mil entuertos (algunos sobrepasarían las capacidades defensivas de cualquier super heroe Marvel). Sea como fuere, es astuto, es guapo, tendente al exhibicionismo físico. Los Quesada le llamaron Tony, y Miguel lo dibujó como un dios menor, moreno y de pelo rizado, un querubín atlético que se adelantaba al inminente Curtis de Trapecio. Ahora bien, el jóven no es un original. Como él había cien mil, si no en la editorial Maga en cualquiera de las grandes y pequeñas. Pero al juntarlo con Anita, Tony también se contagió de la tontorronada de ella. Esto sucedía cuando se embracilaban para caber en una misma viñeta, diciéndose cursilerías de enamorados, claro es. Afortunadamente, lo que primaba era la acción por la acción. Entonces Anita desaparecía (bien porque era secuestrada o porque su labor era la de esperar al mocito mientras le daba heno a su caballo Bolero) y el tenía el enorme respiro de la batalla callejera.
Pero incluso en esos momentos tan horribles de amor que no llega a consumarse en...¡tan siquiera un besito!, Pedro tuvo la buena idea de incorporar dos detalles que salvarían esta relación de la hoguera para heterosexuales agónicos. La primera fue la autoparodia de los personajes. Pongo el ejemplo más claro. Tony, al final de un cuadernillo, se encuentra en el lecho junto a Anita. Ambos están mazados, heridos y con vendajes. Entonces, el le dice a ella: ¿Te das cuenta de que en ninguna novela o película han acabado los protagonistas jamás como nosotros, metidos en la cama y medio despachurrados?. Esto lo soltaba después de ciento y pico de alucinantes viajes. Y aunque el sentido de la palabra "cama" carezca en sus perfilados labios de connotaciones sexuales (lo que significaría ingenuidad pero también una verdad como un templo), ese tomarse poco en serio indica que Pedro Quesada era consciente de que ese flirt iba a ser imposible y que sus personajes debían hacernos un guiño en forma de comedia para no perder la autenticidad del vínculo romántico.
El segundo de los alumbramientos del guionista fue el darle un tímido viraje al temperamento de Anita. En la India cayó en las redes de un terrible faquir que le sorbió el cerebro, cambiando aquel encoñamiento por Tony en verdadero odio. Fue cuando Anita se volvió altamente disfrutable. Sus ojos eran malignos. Su absurdo peinado adquirió matices leoninos. Se asemejaba a los cientos de femmes fatales con las que nos obsequiaron los Quesada. Anita malvada, poseída por el espíritu del dios Cobra estaba fantástica (entonces ella le decía a el: Déjame, no quiero que me salves tú. Porque aunque "otra", continuaba metiéndose en abismos). Docenas de números más tarde, cuando pensabamos ya curada de tan febriles distorsiones, nos sorprendió pegándole un tiro a Tony (aunque en el brazo, un rasguño), justo en el capítulo en que ahora era el chico la víctima de los caprichos de un mentalista. Anita no volvió a ser la misma. Y desafió a más de un malandrín con su latigo y vestida de majorette, lo que le infería a su personaje unos rasgos enegianos la mar de saludables. Seguía siendo odiosa, pero su antipatía nos entraba mejor. Lástima que el final ya estuviera tan cercano. Puede que fuera ya demasiado tarde, o que se hubiera llegado demasiado lejos.

La aparición de las malvadas, con o sin sadismos, es otro de los puntos fuertes de Tony y Anita. Bien como centro desestabilizador principal, bien al márgen como entretenidas de un gangster, ellas componen una galería maravillosa (tendente a la reiteración, no lo dudo) beneficiadas por el buen quehacer de Miguel Quesada, experto en dibujarlas. Vampiresas fastuosas, de vestidos negros ceñidos, peinados a la Hayworth, fumando como carreteras, recostadas en sofás con cara de hastío... Una bailarina puede ser tan peligrosa como cualquier domadora de caniches. En el universo Quesada sabemos que la mujer sino es tonta es que ha salido zorra (y las zorras son la mayoría. Lástima que mueran, cosas de la moral).
Y la moral, el sentimiento racista parece perseguirnos a los lectores, inundándonos de mensajes reaccionarios. Las razas que se presuponen inferiores surgen para asustarnos en tanto que enemigas acérrimas del mundo occidental. Nos volvemos a encontrar con "condenados amarillos", con negros en America que no hacen jazz, salvajes (que se organizan como secta en escondites subterráneos de la ciudad de Nueva York), hindúes taimados... Todo forma parte de las reglas de un juego de irrealidades (incluso morales) que no se aparta de la ortodoxia del comic patrio en ningún instante pero que roza constantemente la insensatez. Ni siquiera las gentes de Hollywood se libran de la anatemización. Tony y Anita antes de irse a Calcuta recalan en la vecina California (al parecer, les queda de paso) y alli se ven implicados en una serie de desgracias por culpa de la mafia del cine, donde existe extorsión, secuestro e ignominia (y, por descontado, starlettes envidiosas). Los productores de películas visten como Little Caesar y sus secuaces se pasean por los platós con metralletas. Es de suponer que Elliot Ness fue un invento (y con los derechos registrados) de la Warner brothers.












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