10 junio 2009

Macisterotique

* He sufrido una recaída anímica de la que me estoy recuperando muy lentamente. Ya lo advertí la semana pasada. Me veía incapacitado ni siquiera para estimularme a mi mismo sexualmente llegada una urgencia. Cuando mi pene estaba en su punto más elevado de endurecimiento sentía un dolor desagradable. Paré de masturbarme durante unos días. Pensando que ya había pasado un tiempo prudencial, opté por frotarme encima de la almohada en signo de me lo follo todo. Ocurrió algo también extraño. Apenas notaba erección ninguna, sin embargo tan pronto empezé los movimientos me corri en seguida. Y lo hice entre espasmos de placer y de dolor, a partes iguales. Sinceramente, concluí que no me encontraba nada bien luego de esto. Ocurrió el domingo. Después de una jornada intensa de sexo disparatado.
Se que es algo incongruente pero no podía más. Necesitaba un macho o dos. Necesitaba un rabo duro en mi culo hambriento. El scatyolista no da señales de vida desde hace más de dos meses y ya no cuento con él hasta que -si hay suerte- lo vuelva a ver con la parienta por las fiestas del Corpus (si es que las hay). Del resto ni le cuento.
Asi que, como vengo haciendo de unas semanas a esta parte, me refugio después de comer en las solitarias galerías comerciales con espejos y me hago un numerito dildesco. Me he afeitado el culo y el detalle se nota maravillosamente bien. En posición de perro, bien abierto, con el tanga negro sin quitar, tan sólo separando la tela a un lado de la nalga izquierda, inclino la cabeza para mirarme. Y el espectáculo es asombroso. Cuando expulso el aparato mi ojete se ha transformado en el coño de una adolescente a la que aún no le ha salido vello en el pubis ni en el culo. Y lo que debería ser redondo y sonrosado es, por la excesiva manipulación de ese cuarto de hora excitante, en una curiosísima raja alargada y oval, afresada dado el sabor del condón que utilicé para recubrir el dildo. Percibo un ruido sospechoso en las galerías y desaparezco de allí. Enorme y lubricado.

* Y me voy al báter público. Una de mis tías abuelas más empalagosas, un ex barbero cincuentón, separado y con dos hijos, me hace arrumacos algo desagradables. Nunca me ha interesado este señor. Como nunca lo hizo, siempre pasé a mucha distancia de su polla bien hecha, de dimensiones perfectas y siempre en erección. Porque, para mi, es una tía abuela más del retrete. Encima es de esas personas que nunca quieren correrse con nadie. Es de estos fulanos putísimos e insaciables que quieren seguir ligando cuanto más mejor. Lo que les provoca un constante estado de ansiedad. Anda siempre a la caza. A mi me cazó hace dos años. Me encontraría en aquellos momentos solo o tonto. No sé que fue. Desde entonces hemos repetido cuatro o cinco veces. Pero muy mal. Conserva la erección conmigo, pero se desorienta constantemente. Cuando te habla, da asco (y no porque sea guarro, sino porque es de libro, tópico. Angel, en nuestra última ocasión me pidió que le dijese cosas guarras, y vive dios que yo podría estar horas diciéndoselas pero me retraí por miedo a quedar de asqueroso internacional. En última instancia, a saber lo que es para cada cual decir cosas guarras). Mientras mi tía abuela te folla mira por los agujeros de las puertas buscando a otro. Siente que se está perdiendo algo más interesante. Con el pájaro en la mano ansía ciento volando. Esto puede cabrear a la menos reinona, que no es mi caso (como un acto de relativo desprecio). Pero yo prefiero pensar, visto su carrozismo, que lo que busca son trios. Nada que objetar al respecto. Nunca he sido partidario de esta modalidad, pero no niego que cuando salen bien son infinitamente mejores que los polvos en pareja. Igual que jugar al parchís con Viridiana.

* Preparándome para el trío estaba el domingo. Necesitaba olvidar mi crisis. Algo me decía que tenía mucho de comedura de coco. Terminé la noche anterior metiendome en páginas seudo médicas, viendo fotos de leprosos que, según el texto, padecían lo mío. Trataba de calcular en qué fase estaba de la enfermedad. Y no me salían las cuentas ni de coña. Empezando porque yo no tenía ninguno de esos síntomas terribles. Ni heridas en el glande, ni manchas en el cuerpo. Si mi condición de demasiado pasivo me provocó internas urdimbres en mi ano ya es otra cosa, porque explicaban que aquellas son imperceptibles e indoloras. El caso es que ese sábado noche terrible yo dormí debajo de la cama esperando la llegada de las úlceras mientras pensaba en aquel soneto tan obscenamente sincero del francés Théophile de Viau (anterior a Corneille) que decía:

Todo se va al garete, la sífilis me mata

ejerciendo en mí, Filis, su más fiero rigor,
mi polla no se arbola perdido su vigor
y una llaga pestilente mi noble lengua ata.

Treinta días sudé, hasta alma he vomitado,
jamás duraron tanto males de tanto horror,
un espíritu más fuerte ya habrá ído al Señor,
pero mi daño acerbo nada lo ha consolado.

Ni a tocarme se atreven mis mejores amigos,
yo mismo en este estado no me quiero palpar,
por bien joderte, Filis, me veo tan remal.

Muy merecidos tengo tan violentos castigos,
mas si otra vez, Dios mío, me otorgas pan y sal,
culos sólo -prometo- desde entonces follar.

Qué burro. Pude haber pensado mejor en el otro trio de la semana. Inacabado y fugaz. Con mal rollo incorporado, pues yo me cagué, falló el baño de asiento. El que no me penetraba en esos momentos dio la señal de alarma, pues el follador (de tremendo pollón) es como un topo (no ve nada). Asi que algo avergonzado me lavé el culo, el topo echó a correr a un lavadero próximo (encerrándose a cal y canto que me hizo mucha gracia, como si hubiese sido él el cagón) y el que dio el chivatazo me convidaba a meterme con él en un privado para que le ensuciara a gusto. Le dije que no. Me iba ya.

* El trío del domingo fue con mi tía abuela la barbera... y un brasileño, nuevo en esta plaza. Me vengo resistiendo a este jóven morenísimo por razones de peso. No es que sea un voluminoso, no. Es que, por ejemplo, le veo muy predador. Yéndose con cualquiera. Eso es lo peor. Me repele en parte. Es como el otro día. Uno de mis adolescentes favoritos. Tan pronto entro iba a cerrarse con una maricona horrenda, pegajosa parvenue. La operación se suspendió unos minutos por mi llegada fatídica. Lo cual no impidió que terminasen saliendo los dos juntos del local concertando un sitio distinto para el encuentro. Para mi este crío ha terminado. Lo he vuelto a ver hace poco y ya no quise ni mirarlo.
El brasileño tiene otro detalle en contra: busca mamadas sin devolverte el favor. Me lo dijo el primer día. Pasadas unas semanas de mi negativa, me interceptó por la calle y se echó la mano al tremendo paquete. Nos metimos en unas galerias de al lado de donde yo vivo. Le adelanté el paso para esperarle de rodillas con el condón en la mano. No quiso ponérselo. Me suelta que iba limpio. Le pareció hasta mal. A mi me pareció peor. Es un chico atractivo, casi es negro. Pero me prometí para mis adentros que no volvería a reparar en un individuo tan soberbio y poco gentil.
Y sin embargo, el domingo caí (pero con protección). Mi tía abuela lo sedujo dejándole que presenciara el acto sexual. El otro en seguida entró. Se puso preservativo. Suspiré aliviado. Me sentía una estrella. Me liberaba de la ya enmohecida pinga del otro y le mostraba pletórico mi cueva húmeda e inmensa. Me la endilgó de maravilla. Por detrás yo estaba a tope. Pero por delante había una carencia. Estaba mustio. Me empezó a incomodar la idea de empalmarme. De que me viesen el glande enrojecido. De sentir esos tirones tan molestos al compás de las olas de sangre. ¿Es así el placer del trans inacabado?. Luego me la volví a sacar y buscaba la del otro. También se la chupaba al brasileño en ese trance. Sabía a naranja. Me gustó y se la comí con verdadero vicio. En cambio, tan pronto noté que la que ocupaba mi culo se volvía chiquitaja por mi glotonería furibunda y por cómo iban transcurriendo los acontecimientos que él mismo buscó, lo mandé a la mierda y retorné al baile de la carioca, más cachondona.
Cambiamos de posición. El, apoyado contra la pared y yo apoyándome en la de enfrente. Habitáculo tan reducido favorecía una presión enorme. Bombeaba que da gusto. Los golpes del acto se oían en la calle. El brasileño jugueteaba con mi tanga mientras mi tía abuela me separaba los mofletes para verlo todo mucho mejor (¿qué otra cosa podía hacer?. Volvía a vencer la juventud). En cambio, mi polla era la de un muerto, seguía flácida, era la negación a todo lo que estaba sucediendo en esos momentos. Al frenar el activo las embestidas, me figuré que se habría corrido. Pero no era asi. Y yo también lo mandé a la mierda. Para actuaciones, la mía. Además, estaba sudando y un poco harto de la situación. Los planté. Adios, muy buenas. Afuera tres o cuatro jubilados revoloteaban con cara de lanzarme un picotazo. Los espanté con los brazos y me retiré. Horas más tarde volví a pasar por el lugar. El brasileño seguía allí (él, que no suele estar más de media hora en el antro), bloqueado por la lascivia. Otro macho que había dejado marcado por el poder seductor de mis nalgas. Regresé a casa y fue cuando aconteció el hecho almohadillesco. No me encuentro en mi mejor momento frontal. Sólo es eso.

* Tres alegrias platónicas. Un rumano nuevo en la puerta del supermercado. Unos treinta y pico. Muy atractivo. Bien vestido. El segundo día le dí veinte céntimos. Llevo dos jornadas consecutivas regalándole cincuenta. Mañana o asi me humedeceré los labios mientras saco moneda. Hoy por de pronto me ha saludado agradablemente y, tras decirle adios, cambió su posición reclinada, algo dejada, fijándose en mi muy atento (como de esperar a que el juez diese el pistoletazo de salida). Una indicación, una señal para que lo siga. No lo haré. Prefiero hablar con el en monosílabos directos. ¡Chupo, cinco euros!.
La segunda es que el rumano limpio, aquel ex amante que vi en las fiestas del barrio con dos churumbeles, señora y primos a mediados de mayo coincidió conmigo por la acera de enfrente. Volvía a estar con su mujer e hijos. Nos lanzamos un par de miradas cómplices. Me alegraron la tarde lluviosa.
La tercera es otro retorno. El primer dependiente que hubo en la tienda de electrodomésticos de mi calle ha vuelto a ponerse al frente del negocio. Sigue carnoso. Un veinteañero muy guapo. Camiseta y vaqueros son sus máximas credenciales. Le sientan de maravilla. Me paseo un par de minutos por su escaparate a diario y disfruto de sus estupendas vistas. Es agradecible su perfecto estado de conservación. Cinco años que no lo veo y sigue intacto. Los chicos rollizos, con caderazas, tienden a convertirse -en un relativamente corto período de tiempo- en empachantes quesos de bola. Este no. Perfecto en su imperfecta sensualidad. De momento no se ha cansado de mis miradas, o hace que no me ve (o es que no me vio, pues un bendito plasma en off me sirve de parapeto). En profundidad de campo sublime aparece su nalgatorio. El se apoya en su mostrador para leer facturas y va reclinando una pierna. Luego la otra. El espectáculo es infinitamente seductor. Y preferible a ese plasma -que me sirve de pretexto- estando encendido.

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