23 junio 2009

DIRIGIDO POR... FA. Cortometrajes de Vittorio De Seta (1954-58)

Posts como estos me enorgullecen como bloggero. No porque vaya a escribir una maravilla (al menos, intentaré que sea algo digno), sino por el mero hecho de dejar constancia, referencia de lo que ha supuesto descubrir hace unas semanas a Vittorio de Seta, director italiano del que ignoraba todo y que me ha impactado enormemente. Y eso hace a mi obra sentirse viva, oxigenada. Bien encarrilada.
De Seta nació en 1923 y es de Palermo. Antes de realizar su primer largometraje (su carrera es bastante corta, distanciada en el tiempo, donde caben los escarceos televisivos y hasta los videoclips, siempre desde una tónica general de exigencia y compromiso social), se involucró en el medio a través del documentalismo. Esos cortometrajes que me han encantado. Todos por igual. Porque todos son un tributo emocionado, personal a las gentes del Sur, los meridionales que tan bien conoce. Pescadores, campesinos, mineros... Alguien dijo que renovó el concepto del documental en Italia. Esto es en parte inexacto. Poco antes, el primer Antonioni ya se esmeró en mostrarnos a las capas humildes de la sociedad italiana de una manera parecida en títulos como Gentes del Po, Superstizione, Sette canne, un vestito (algunos ya revisados en esta sección). De Seta dio su visión, por supuesto. Incorporó el color. Una fotografía impecable, preciosista, maravillosa. Y filmó desde el amor más absoluto. Con el respeto, con la entrega apasionada. Fueron diez estos pequeños trabajos. Yo he visto nueve, advierto. En todos ellos se cumple inexorablemente la fórmula ortodoxa de reflejar una jornada entera de la vida de una comunidad (salvo en la pascual). Desde que se pone el sol hasta el ocaso. Vemos pues que a De Seta no le importa tanto innovar como protegerse con una estructura tradicional que ya se considera infalible para que su homenaje no flaquee en ningun momento. Todos ellos duran lo mismo, apenas diez minutos. Por lo tanto, se hace perentorio la creación de un guión que sintetize, saque lo básico, lo esencial.

El primer documental es el más logrado de todos, bajo mi punto de vista. Se llamaba Vinni lu tempu de li piscispata (1954) y es una obra maestra absoluta del documentalismo. Está filmada en el estrecho de Messina, justo en la parte que separa Sicilia de la Calabria. Aparece la figura de la mujer. No va a ser muy recurrente en el cine de De Seta, pero cuando lo hace es para constatar su fortaleza y abnegación. Ellas lavan en el rio. Los maridos pescan en pequeñas lanchas. No se lanzan mar adentro, prefieren las distancias cortas. Pero al llegar la bella stagione, aparece el pez espada, una rara especie marina que es tesoro codiciado. Entonces van a la odisea, estimulados por las voces de un guia que otea el horizonte. De Seta va con ellos muy cerca. Aqui como en todos los documentales que le sigan, opta por el montaje de planos rápidos que imprimen un ritmo emocionante a los asuntos más cotidianos pero que el considera fundamentales. Esto lo emparenta con los rusos y sus montajes de atracciones. Y es fabuloso. Porque Visconti en La terra trema hizo algo parecido pero no consiguió tanta emoción (hablo de las secuencias de las salidas nocturnas de los Malavoglia). De Seta además, titubea en la ortodoxia de los documentalistas clásicos y se deja tentar por la ficción. No es que haya una narración, unos protagonistas, alguien que emprenda una conversación o que después de la captura del pez se ponga a capturar un primer plano para la gloria (como una nueva estrella del neorrealismo). No. Es mediante los gestos, las miradas, mediante el plano final del niño que corre hasta la orilla a despedir a los hombres que vuelven a por más frutos marinos, cuando nos damos cuenta del intento sutil y bien hermoso de dramatización de lo real. Algo que, por desgracia, no se volverá a repetir en esta serie de cortos de su autor. Tras la pesca del pez espada, aparece la secuencia increible del festejo nocturno. Los críos bailando al compás de un envolvente, casi místico, obsesivo canto tradicional de un hombre con su guitarra. Voglio vederti danzare vino a mi mente de improviso.
En Isole di fuoco (1955) es el volcán el que busca quitar protagonismo a los pescadores y pastores. Volcanes asi los conocimos por Stromboli de Rosellini. Hay una secuencia sobrecogedora que no es precisamente la de la lava bajando inclemente hasta las casuchas del pueblo. Sino la del interior de uno de esos humildes hogares. Seis, siete personas lo habitan. Juntos están alrededor de una mesa. Algunos ya han cenado. Todos permanecen con los ojos abiertos mientras se escucha el rugido del elemento físico que amenaza, una vez más, con abrasarlos vivos. En sus rostros no hay terror, sólo muestras de hastío, de rendición al destino, de espera al amanecer (y la espera se intuye larga). De pronto, es al espectador al que le entra un escalofrío. Y el director nos alivia con el nuevo día. Todo a vuelto a la normalidad. Los hombres cogen sus barcas y se van a trabajar. De Seta repara en los perros que juguetean en la orilla. Uno ladra al amo que se aleja. Otros dos se mordisquean traviesos. La fotografía, por descontado, agudiza la belleza plástica del conjunto.
Sulfarara (1955) es un corto irregular pero muy recomendable. Nos traslada a la Sicilia Central, donde sus habitantes viven de la extracción del sulfuro. Por lo tanto, el director baja ahora con la cámara a las mismas vísceras de la tierra. Este oficio da mucho juego dramático. Nuestra sensación es que De Seta no se encuentra del todo cómodo en esa claustrofobia terrible. Parezca que lo suyo son los espacios abiertos, el cielo lleno de nubes que hasta ahora sólo nos habían mostrado tan expresivas los mexicanos. Por eso que opte por montajes en paralelo. Mientras los hombres pican vemos a las mujeres en sus casas haciendo las labores, comprando a un comerciante ambulante y a las niñas aprendiendo a bordar. Extrayendo el zolfo, de pronto alguien escucha un ruido extraño. Entonces paran, sus ojos abiertos como platos transmiten la amenaza cosntante de la muerte que se cierne sobre ellos. Era una falsa alarma. La jornada acaba y en un plano extraordinario retornan a sus casas, donde los están esperando sus seres queridos en el umbral de la puerta.

Pasqua en Sicilia
(1955) recoge supersticiones, el sentimiento religioso tan apegado al sureño. Cada año se representa la pasión de Cristo con habitantes de la localidad. Hay dos partes diferenciadas en el documental. La que corresponde al Jueves Santo y la otra del Domingo de Resurreción. Más austera, dramática la primera, más festiva la segunda. Si la primera parecería venir firmada por Pasolini (gran defensor de De Seta, junto a Moravia, conforme a partir de los años sesenta sufrió el ostracismo de ser un "a contracorriente". Y esta defensa sabemos por todos estos pequeños trabajos etnográficos que es del todo lógica), la segunda nos retrotrae al De Sica rural, al de la serie Pane, amore... Aires de fiesta. Gigantes, cabezudos y nazarenos resucitados. Las gentes con ropa del domingo. Pero no de un domingo cualquiera.
Contadini del mare (1955) está rodado en Granitola (Trapani). Vemos la pesca del atún. Y vemos orgía de sangre y espuma. Es un corto muy sensual, pues al alternar momentos de trasiego con los de reposo, aún le da tiempo a De Seta en estos últimos de ensimismarse con un marinero boca abajo, en una posición muy excitante, con sus espaldas bronceadas y desnudas, mientras otros dos, de vez en cuando, lo observan con satisfacción a la vez que dialogan sentados cerca.
Pescherecci (1958) es otro corto de pescadores, pero estos ya a mayor escala. Se filmó en el canal de Sicilia, al Norte de Africa. La embarcación es algo más sofisticada. Tienen radio transmisor, potentes redes y su pesca es variada, mariscos incluidos. La vida diaria del marino mercante durante veinticuatro horas. La tempestad. Luego la calma, comiendo el rancho(de fondo, alguien canturreando). Las tormentas inesperadas. Y finalmente, la noche.
Pastori di Orgosolo (1958) nos traslada a Barbagia. A la soledad más implacable de tres pastores de ovejas y cabras. Paisaje salvaje y de enorme belleza. La nieve, el sonido del viento que acompaña en las largas noches a estos personajes de la tierra como el bramido del volcán lo hacía con los isleños del fuego aquellos. No viven mal estos pastores. Al menos, el aburrimiento diario se compensa con la elaboración del queso que sacan a partir de la leche extraida de los animales. Un proceso artesanal que ellos conocen a la perfección y que, de alguna manera, en el resultado final estarían tanto sus ganancias como el sustento alimenticio diario.

Un giorno in Barbagia
(1958) podría ser la continuación del anterior. Y antes que cualquier cosa, un canto emocionado a la mujer mediterránea, protagonista absoluta ahora. Su bravura trabajando la tierra con el azadón, talando los árboles. En ellas cabe la delicadeza necesaria para los pequeños detalles del hogar, cuando amamantan a los bebés, les dan de comer a los viejos y al marido o acuestan a los hijos más crecidos, arropándolos llegada la noche. Ni siquiera un beso se les olvida entonces a estas magníficas supervivientes de los tiempos salvajes. Italia entraba en su era del benesere, la sociedad pija de las grandes ciudades aumentaba a pasos agigantados a la vez que se aburrían como ostras con sus Ferraris del sabato sera. Ellos no. Permanecían en un sistema casi medieval, ajeno a todo. Y a la vez incontaminado. Increiblemente atractivo para cualquier comunista que entienda al proletario como algo sagrado, desde un sentido profundamente religioso. De Seta no acentuó, al menos, en estos cortos, eses matices que Pasolini convertiría en parábolas caprichosas a partir de los años sesenta. En cambio, le hizo más mella la herencia de un pasado fastuoso, obligándole de manera soberbia a llenar de preciosas imágenes todo este legado documental. Como si quisiera rendir tributo a los grandes pintores del pasado, aquellos que lejos del academicismo y las concesiones a lo aristocrático y burgués, se dejaron embaucar por el amor hacia los más humildes campesinos. De Seta es como si Visconti no hubiese descubierto la fascinación de contar grandes historias de decadencia social y política terminal y hubiese seguido eternamente por el camino verganiano de los anónimos trazado en La terra trema.

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