01 junio 2009

DELIRIOS SERIADOS

DRUMS OF FU MANCHU (1940. John English y William Witney)

Concluímos esta serie (y lo hacemos, más que nada, porque hay que dar paso a cosas nuevas) con uno de los más entrañables ejemplos de cine por episodios. Al menos en nuestro país, los otrora niños de los años cuarenta, aficionados a los programas dobles, asi lo deben considerar. Los tambores de Fu Manchu fue estrenada en nuestro país puntualmente y con el paso de las décadas se ha transformado en pieza de culto para todo nostálgico con canas que busca atrapar ese pasado a través de postalillas y cromos. En plena era del DVD, Los tambores siguen retumbando a la perfección gracias a las nuevas tecnologias digitales. Con un único inconveniente, vienen en versión original sin subtítulos. Pero ¿es que hacían falta, necesita uno comprender los diálogos en un cine tan visual, donde la acción por la acción es lo preponderante?. Y, en última instancia, la sola mirada del actor Henry Brandon, como su satánica majestad oriental ya lo dice todo. Brandon fue un hallazgo, pero no un Fu Manchu definitivo, pues el que ha conocido el de Boris Karloff preferirá a éste bastante más.

Nuestra predilección por el filme de 1932 es comprensible. Perfecto acabado (esa escenografía delirante entre art decó y orientalista), esa trepidación -que no prisa (el peligro del serial, que no en vano reitera fórmulas hasta el agotamiento, y también escenarios) y, lo mejor, ese sentido del erotismo desafiante, agresivo, insólito. Había mucho tomate en el personaje de la hija de Fu Manchu, esa divina Mirna Loy etiquetada de china pérfida en esos primeros años de carrera, la célebre Fa-Lo-Suee (que como todo el mundo sabrá, es idioma del burlesque americano que se traduciría como Quiero verte el nabo, darling), obsesionada por el explorador Charles Starret (con toda la razón del mundo), obsesión compartida por su propio padre (aunque Fu Manchu ya no estuviera para esos trotes, porque lo que al triple doctor le interesaba ya a esas alturas es la conquista del mundo, no de un simple americano, por muy hermoso que este sea). Asi que lo desnudaban, le colocaban un mínimo paño blanco para tapar aquello mientras la simpar Mirna le lanzaba esas miradas de lascivia que sólo una puta oriental sabe hacer bien sin quedar de puerca. Luego lo ataban de manos y piernas en una mesa dentro de una sala de torturas con decorado minimal y le respetaban hasta extremos mórbidos su físico, siendo su cerebro lo único perjudicado (un vulgar lavado de neuronas. Eso que tanto nos hace falta a todos. Y a los tíos buenos, más).
Echamos de menos en el serial ese erotismo espontáneo, típico del pre Code pues aqui, el nuevo Starret sale siempre tapadísimo. Y aunque hay una escena de bondage muy similar (y excelente), esta se resuelve sin el regodeo del beefcake. En cambio, la duración extensa de este serial permitió desarrollar algunos detalles narrativos que en el original cinematográfico habían quedado simplemente apuntados (aunque muy bien).

Entonces, ¿convendría desmitificar Los tambores de Fu Manchu en favor del filme de Karloff?. Como en otros casos ya vistos, ni siquiera deberíamos tener presente la novela (flojita) de partida. Existen partes en que la atmósfera misteriosa está bien lograda. Pero también es verdad que en otras los recursos son muy tópicos. Que el Fu Manchu de Brandon es excelente, por esa figura tan estilizada que le hace sentirse tan cómodo con unas túnicas preciosas, al acogerse a artificios marlenescos (de probada solvencia). Pero también no hay que olvidar que cuando ese mismo personaje abandona su hábitat y se pierde en las colinas de Hollywood, pierde mucho encanto. Que su tendencia al transformismo le da una enorme nota de color (se transfigura por sus artes científicas en el buen explorador Allan Parker, por ejemplo). Pero que al insistir en el abandono de su look primigenio también comete errores imperdonables, como ponerse unas ropas de cosaco mientras se calza con algo similar a unas zapatillas deportivas. Ahi vemos que este manchú alimenta dentro a un travestí un poco cabaretero.
Su hija ya no es una nueva Mirna Loy. La señorita Gloria Franklin es lo más parecido a una cocotte de night club de las Vegas cuyo número fuerte es Yo soy de Shangaii y me gusta el te con limón. Con todo, este personaje es justo y necesario. Cuando ella muere, su padre la coge en brazos y entonces lo vemos llorar. Eran tal para cual, el mismo rimmel, las mismas ilusiones.

También habría que reparar en el poderío de Robert Kellard como el héroe jóven, el nuevo Starret. Es un actor fantástico. Un tío 10. Como si Clark Gable, que en 1940 estaba haciendo la guerra, hubiese vuelto por la puerta pequeña pero muchísimo más fornido y sensual. Kellard hasta tiene el hoyuelo en la barbilla del Rey. Es mi chicarrón favorito del serial (y que Larry "Buster" Crabbe me perdone). Lástima que en ningun momento se quite sus trajes impecables de época, su equipo de explorador. En realidad, en este serial todos salen muy abrigados. A Fu Manchu se lo perdonamos, porque nos podría dar un patatús si se nos aparece con un escote bañera de repente, o enseñando el muslo desnudo con liguero, al que se sujeta una daga con empuñadura de dragón. Henry Brandon humaniza mucho el Mal, sigue demostrando lo que ya sabíamos de sobra los karlóffilos: que este doctor no es un personaje tan negativo como lo pintan. Al fin y al cabo, es mucho más convincente el fin que le mueve por conquistar el tesoro de Gengis Khan que el de sus enemigos yanquis. Sus planes no son algo que aboque a la destrucción, antes bien a un mundo nuevo, infinitamente más coherente (como vemos lo que está sucediendo en la actual China) en contraposición al mundo occidental, decadente y agónico que representan los Estados Unidos, que bajo esa pátina de bondad, ese mensaje de defensa del orden universal, lo que iban era a utilizar tanta joya milenaria para su propio provecho, sacando sus buenos beneficios, abandonándola en el estéril y vacío estatismo de una vitrina de museo.

Rasgos imaginativos dan lustre al serial. Las trampas de Fu Manchu, los suelos falsos que se abren, mediante el resorte de un botón en la mesa, a pozos donde habita un enorme pulpo, el anillo espejo que es a su vez pantalla con la cual el doctor puede seguir conversaciones a kilómetros de distancia. Esa cumbre del bondage que sigue siendo el péndulo gigante, que a punto está de partir en dos al bello Kellard (hay sorpresa en esta rutina. Aqui no es el pendulo que va bajando, sino que es la tabla donde está atado el héroe la que va ascendiendo a golpe de manivela). Se mantiene con respecto a la versión de 1932 el amago de sacrificio de la chica rubia (Luana Walters) pero si en aquella era colofón magnífico a la aventura aqui sólo es final de episodio lleno de emoción e inventiva.
Pero ya digo que los tópicos hunden en cierto sopor a un serial en el que siempre tiene que haber peleas entre chinos y blancos, zambra que jamás conduce a nada pero que llena minutos. Lo que les suele pasar a los de quince episodios. Creo que con trece éste quedaba perfecto. Como compensación se nos regala el magnífico episodio 11, de título La tumba de Gengis Khan, rodado en una cueva. La misma de cuyo techo penden horripilantes estacas que van cayendo ante la simple mirada del divino doctor. Momentos asi justifican la reputación de este serial que, no en vano, dirigieron con el sentido cinematográfico que les caracterizaba, esos obreros de la velocidad llamados John English y William Witney.
Que luego viniesen otros Fu Manchus era lógico. Pensemos que en el último episodio el derrotado -parcialmente- personaje quedaba con vida y lanzando deseos de venganza contra el hombre blanco. La cita con el peligro amarillo, por lo tanto, sólo se estaba posponiendo en el tiempo.



FIN DE
DELIRIOS SERIADOS

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