01 junio 2009

Calendar Boy

El chico de junio

TIM KRAMER (1958-1992)

El otro día, degustando el último Que le deeen perpetrado por el insigne colaborador Martinez, me vino un curioso alumbramiento cuando apareció el nombre de Tim Kramer en su artículo. No es que Tim Kramer sea ya santo de mi devoción, pero nadie que sepa un poco de qué va el asunto me cuestionará que ocupó en su tiempo una importante parcela del porno gay. Período que muchos añoramos y que tiene su culto, hasta el punto que ha generado una etiqueta en clave merchandising que responde al nombre de pre condom.



Ya hemos tenido en el calendario a fieles representantes de la era del sexo a pelo. Algunos supervivientes como Kevin Williams y Kip Noll. Tim en cambio ya no vive en Sodoma. Alli reposará en una de las miles de tumbas que presiden esa inmensa necrópolis en la que se ha convertido ese bíblico putiferio. En su lápida bien podría aparecer algún epitafio que aludiera a su vida salvaje. Este chico folló sin condón dentro y fuera del porno. O así. Credenciales que a priori ya le darían al bello cadáver connotaciones heróicas, sin duda.



Tim era un chicarrón hermoso. Hermosote, diría para afinarlo más, independientemente de ese perfil delincuencial que te pone en guardia. Un típico modelo masculino que enloquecería a Tom of Finland, pues su cuerpo era robusto, alto (medía 1.80 cm), su pene según la cinta métrica alcanzaba los 25 cm, mientras que por su rostro delataba ser el eslabón perdido entre el mono y el hombre. Su óvalo facial daría mucho juego a los barrocos contemporáneos aficionados al male art. Desde un punto de vista más cinematográfico que neohogarthiano, Tim parecería una sobreimpresión grosera entre el imposible John Michael Vincent y el no menos imposible Richard Gere. Vean que he elegido a dos importantes sex symbols del cine norteamericano de su época (el primero más de videoclub; el segundo, de sala de pipas). A él seguro que le hubiese encantado la comparación.



Era, en todo caso, un producto made in USA cien por cien, nacido en el oeste de Virginia. De la quinta de Kip Noll, de Michael Christopher, de Rick Donovan, de todos los grandes nombres de la época dorada de la productora Falcon, donde recaló. Y alli fue un gran activo y un enorme felador. Su ascensión a tan mítica empresa del gay porn venía precedida, como era previsible, de un corta carrera como modelo fotográfico en los estudios Target en Florida. De ahí pasó a San Francisco y rodó Style, su primer filme en la Falcon.
Fue un debut importante. Lo emparentaron con Leo Ford, que era un rubito protegido del fundamental William Higgins, un chico muy mimado. Tim se lo folló dejando espacio al pollón negro de Art Williams. Como Ford no tuvo inconveniente, el menàge a trois se recuerda con agrado. Sucedía en una piscina, por más señas.




Estos cortos de la Falcon son entrañables por ver a los chicos vistiendo con aquellas modas de cuando éramos pre púberes y nos colábamos en las boleras sin una perra en los bolsillos (sólo teníamos agujeros, que eran más divertidos) para admirar a los mayores, por la locura de unos montajes acelerados, por unos actores que parecían poseidos por una lujuria del demonio, favorecida por el abierto consumo de estupefacientes y alcohol. Y, cómo no, por esa libertad que se respiraba a la hora del folleteo, sin miedo, sin cuidados. El terror vendría pronto. Pero no podemos decir, nadie en su sano juicio lo haría, que las cintas de la Falcon ansíen lograr un punto de qualité, algo que equivaliese al cine hetero de Damiano o los hermanos Mitchell. Kramer pudo probar una linea más cuidada con sus trabajos para el más interesante Roger Earl.



Dio lo mejor de si mismo en Men of the Midway (1983) y también ese mismo año en Gayracula. Particularmente mi peli favorita de este director es su ópera prima, una desquiciante fantasía sadomasoquista titulada Born to rise hell (1974) que, aún hoy en día, se erige como uno de los clásicos del kink style. En 1983 la fuerza visual, violenta, característica de este autor se mantenía, pero no tanto por su trabajo (algo amanerado, tendente al campysmo del old Hollywood y sus melodramas para mujeres pero protagonizándolo todo unos cuantos maricas sin fulgores antañones ni por asomo. Serían ampliamente vencidos, en este sentido, por las verborréicas reinas vacuas de The boys in the band ante un simple "Te lo juro por la Montez". Se salvaría Kramer, en tanto que en aquella obrita de teatro hubiera sido el perfecto objeto sexual silencioso de nombre Cowboy Tex; en cine, un perfecto Robert La Tourneaux) como por unas implicaciones necrófilas involuntarias que consiguen escalofriarnos al percibirlas con el paso de los años.
La acción se desarrollaba en un parque de atracciones. Allí iba en busca de trabajo el rubio pasivo Chris Burns. Se encontraba a diferente fauna que le introduciría en particulares atracciones sexuales (rollo interracial, sexo en coma con un enfermo de VIH y poco más).


Lo más hermoso es la aparición de Tim. Porque en sus poses, en sus sonrisas cuando atiende al público en los diferentes puestos de la feria sentimos muchas cosas que vienen directamente de nuestra adolescencia, de las fiestas de mi ciudad, cuando soñaba con ligarme al ladillero rubio que limpiaba la montaña rusa o el chavea desenvuelto en mecánica de autos de choque. Este es Tim Kramer. Vida, vida preñada de recuerdos para el masturbador cuarentón. El resto del reparto es sólo muerte aderezada de música wagneriana, de trompetas apocalípticas que parecen anunciar la caída de Sodoma de manera inminente. Corridas tristes mientras el felador se aparta porque se sospecha que en ese semen va inoculado ya el veneno fin de siglo. Y nuestro escalofrío es mal rollo absoluto cuando descubres que todos los miembros del reparto irían desapareciendo a finales de esa década, o a principios de la siguiente, a consecuencia de aquello.




Era como si Roger Earl nos hubiera brindado las claves del contagio total, el documental que explicaba lo que luego ocuparía tantas páginas en los semanarios y periódicos del mundo entero. La muerte por peste negra desde un inocente tiovivo. Incluida la de Tim, tan lozano, con sus camisas de cuadros desabrochadas hasta el ombligo y sus wranglers ceñidos como una doble piel. Gran activo, repito, pero incansable comedor de pollas. Es emocionante verlo tragar semen al ralentí. Sus labios carnosos manchados de crema, su lengua recogiendo ávida hasta el último grumo, mientras sus ojos nos daban a indicar que tras esa mirada relajada, abandonada a la suerte de un trabajo bien remunerado se hallaba la última duda, del ¿qué estoy haciendo?, ¡si yo nunca he tragado la mierda de nadie!.



Diferente expresión cuando lo violan bucalmente. Debe ser una fantasía earliana la de violentar al machito por la boca, ya que su culo es impenetrable. Su boca es tan sensual... (aunque su naricilla respingona es de lo más graciosa). Gran escena final. Varios fulanos en círculo, le agarran por sus cabellos y, según quien lo coje, va chupando con enorme voluntad. Cerrando los ojos, apretándolos en claro signo de ahogo... Sin embargo, de las cinco o seis pollas que tiene a su disposición sólo una parece empezar a funcionar. El resto permanecen flácidas. Tíos insensibles. Suponemos que heteros que pasaban por allí. Salvo el alegre abusador, los otros retroceden buscando algo que les motive la erección. Entonces se empalman viendo cómo el más alegre del grupo logra ponerla a punto y cómo Kramer traga hasta la raiz. Eso es lo realmente morboso del número, por qué negarlo. Nadie se corre, salvo el violado. Pero su semen no sale en cascada, pletórico y triunfador. Sino que brota de manera tímida y casi imperceptible. Es decir, que Kramer, con ayuda del director, ha logrado reflejar un perfecto acto sadomasoquista que se niega a decir su nombre, o que se enmascara bajo el delicado asunto de la violación consentida. O placentera, según la fantasía del violador en potencia.



En Gayracula, Tim ya era el protagonista principal. Era el conde sangriento, que volvía para chuparle aquello a los muchachos más fornidos de la ciudad (y hasta mordiscos en el culo le pegó al devorable Michael Christopher). Tenía un enemigo, que no era Gay Helsing, sino el Marqués de Suede (que no el cantante de Suede). Y había una escena en una clínica, donde hombres con bigote se hacían análisis de sangre y venía Tim y se tragaba muestras enteras. Y también se follaba cerca de ataudes con gran donaire. Sin embargo ya no dio miedo como si lo había dado la anterior. Y mucho.



Fueron dos raras avis que, hoy por hoy, se erigen como lo mejor de este actor tan imponente. Antes o después lo vimos en gimnasios (Heroes, Giants 2), en una bizarra iniciación sexual que quería pasar por hermandad secreta (Tony's Initiation) y terminó en numerito de tono bondage a cargo de musculocas de postín, y hasta vestido de marinero nos pretendió excitar entregado a la rutina de rigor.
Por encima de aquellos números, hay aún otro recuerdo, éste ya imperecedero para mi, que fue otra de sus cintas Falcon, la titulada Biker's Liberty (1983). ¿La razón?. Era uno de los primeros videos en sex shop que veía en mi vida, el primer sexo entre hombres que presenciaba desde mis ojillos de inocente (era un capullito de alelí hibernado con ganas de salir al exterior para pudrirse definitivamente entre plantas carnívoras).
El tenía un dúo con un marinero (Kristen Bjorn, nada menos). Tim iba de motorista, cuero negro. Se lo follaba en la moto. Ese polvo, endiabladamente enloquecido, me trastornó hasta tal punto que cada fin de semana acudía a la tienda para que el propietario me colocase la cinta en la cabina una y otra vez, justo en el punto del motorista y su paquete cuando aquello y lo de más allá.



Tiempos. Aún ignoraba quién era quién. Sus bagajes y sus destinos. Lo que se ocultaba detrás de tanta felicidad carnal. El negocio y el contagio. Bjorn, el de las pelis horteras y cosmopolitas. Kramer, el chico de 34 años que estaba a punto de morir de Sida en Ohio, donde se había instalado con una nueva vida, superado el porno (había fundado su propia productora, la Pegasus) y los escorts en Hollywood. Ahora llevaba un pequeño negocio de comidas, antes estuvo lo de aquel servicio de instalación solar que se había montado gracias a sus ganancias de la década anterior. Sin embargo, el mal iba por dentro. Y yo era feliz en mi inopia, todavía me la cascaba a su salud de olímpico de UCLA, de fuerte roble americano, pues creía a pies juntillas que los paraísos de Sodoma y sus habitantes serían eternos y se hallaban en la soleada California...

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