19 junio 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo décimo sexto

Ahora que han pasado casi veinticinco años, recuerdo la adquisición de los tomos de la Historia del Cine de la editorial Planeta como una verdadera odisea. La colección completa ascendía a treinta volúmenes que iban saliendo con una periodicidad trimestral pero que incluso aún así no podía afrontar de manera regular, dado lo precario de mi economía. Acabáronse los tomos y como todas las colecciones de quiosco el interesado debía llegar a un acuerdo privado con el propietario para que le fueran guardando los volúmenes. Yo cometí el error de fijar el negocio de forma harto inconsciente y eso provocó una pequeña crisis familiar muy parecida a la travesura infantil de mis primeros hurtos, sólo que ahora desde otro prisma y a mayor escala. Los primeros tomos vinieron a mis manos no sin tremendos esfuerzos. Pero luego di aquello por imposible, pues a aquel ritmo no me quedaba más remedio que prescindir de ir al cine durante los siguientes cinco años, por lo menos. La quiosquera de toda la vida, la de mi calle, la simpática y cachonda que, de vez en cuando, durante mi prepubertad, solía enseñarme pornos tridimensionales, empezó dando grandes márgenes y plazos. Hasta que cansada de mis largas contínuas, que me obligaban en mi vida normal a cruzar de acera para no pasar por delante de su negocio, tomó la decisión de quejarse ante mi padre. Y fue mi padre el que me puso la cuestión sobre el tapete. Reconoci haber llegado a aquel acuerdo, y le dije que no podía conciliar el sueño pensando en los traumas que arrastraría en el caso de no enterarme de qué fue el cine impresionista francés de los años veinte o de si el poderío sueco vino antes o después del danés cuando tocaron los pioneros de la iluminación. Esto último, papá no lo captó. Simplemente me pidió que le enseñase los tomos que ocupaban mi ridícula biblioteca. No llegaban ni a una tercera parte de la colección íntegra. Reflexionó y también me dijo que ya había avisado a la quiosquera para que me diera todos los restantes de una sola atacada. Es de suponer que ya se había encargado el buen Alfonso de darle una azotaina y un premio a la vendedora. Es decir, que la habría puesto pingando por desconfiar de mi, para luego soltarle los billetes verdes que le habría costado el grueso resto de la magna obra. Mi padre era asi. Tan terrible como generoso. De alguna manera, con aquel gesto seguía perfilando su humanidad desproporcionada que afectaba también a los terrenos económicos, pues siempre fue un desastre como administrador. Repartía a manos llenas y luego se encontraba con las espantosas crisis.
Una vez más, me salía con la mía. La posesión de la colección completa fue uno de los momentos más gloriosos de mi adolescencia. Tanto saber cinéfilo reunido en sus páginas. Y, sobre todo, tanto derroche fotográfico. Estaba convencido que con estos tomos ya nada se me iba a escapar en mi futuro como espectador, crítico y heterodoxo. Aquello abarcaba hasta épocas que yo ya consideraba más que suficientes, porque aunque seguía cumplidamente los estrenos del cine ochentero, mi verdadero interés radicaba en todo el cine mudo y algunos aspectos concretos del cine europeo y norteamericano de los años cincuenta y sesenta. Sin embargo, aquella enciclopedia que he releido, hojeado, utilizado en mis escritos una y mil veces a lo largo de los años, adquiría desde su densidad y amplitud, valores extraordinarios que ni yo mismo pude sospechar en aquellos días del ahorro y del ayuno. Tan extraordinarios como puedan ser en la vida del ser humano los últimos días de su virginidad, por poner un ejemplo.
Los capítulos dedicados al cine de Russ Meyer y Nagisha Oshima fueron un perfecto pretexto para entablar un conocimiento carnal con el famoso Pedro, mi primer amigo-amante, a partir de que nuestra relación compañeril empezó a escorar hacia el sexo. No era raro que cuando el muchacho, que siempre me veía tenso, en apariencia frío y distante con él, ignorante de sus intenciones para conmigo, quisiera centrar mi atención en el tema de lo verde (porque lo que quería era penetrarme de una puta vez), fuese de inmediato a la repisa a por el tomo 23 (el de la tapa con el póster americano de Supervixens). Entonces buscaba dentro esas fotos que pudieran estimularme, hasta el extremo de arrastrarme con él a un pajote de colegas, sin mucha malicia, pero que iba a ser inicio de muchas cosas que luego vendrían.
Hasta las lecturas de cine fueron un buen método en mi vida para iniciarme en la homosexualidad. Qué curioso. Y, a la vez, qué sofisticado. Aunque no tanto. Tampoco necesitamos el asesoramiento de un libro de arte firmado por Van Gloeden, Platt Lynes o Vargas. Con una tetuda ciclópea amparada por el fenómeno cinéfilo ya nos bastaba.
Esto sucedería casi dos años más tarde de que llegase la enciclopedia a casa. Pero ni antes ni después, ningún otro juego, más que el intelectual, me dio otra Historia ilustrada de lo mismo, en este caso la de los franceses Rene Jeanne y Charles Ford. Tres volúmenes en tamaño bolsillo que aún hoy sigo considerando de vital importancia en mi formación, pues condensaba sus saberes de forma modélica, sin abusar de chauvinismos y acentuando la carga autoral aun dentro de los restringidos mercados del cine del tercer mundo. Conseguían en 1985 cautivarme los capítulos dedicados al expresionismo alemán, que devoré una y mil veces en aquellos lejanos años de aprendizaje. A fin de cuentas, estaba ávido de alumbramientos y en televisión escaseaba el material mudo. Salvo si se trataba del cine cómico, del cual uno de los impactos mayores que sufri ricamente fue el de Harold Lloyd, en un estupendo ciclo por el UHF que le dedicaron los viernes por la tarde. Al fin encontraba a un artista que no se limitaba a devolver las patadas en el culo al gordo abusón de turno, a caminar como un ganso dentro de su autoasumido endiosamiento como el buen Charlot, cómico favorito de mis padres y, por tanto, rechazable por naturaleza. Lloyd tenía una apariencia agradable, de ciudadano medio, llevaba unas gafitas la mar de originales y podía ser tan aguerrido, atleta y héroe como el mismísimo Douglas Fairbanks. Por el mismo precio, Lloyd nos asombraba con sus habilidades físicas y a la vez nos hacía reir (también Keaton era de esa escuela). Me agradó que el circo no exigiera maquillajes absurdos, ni vestuarios exagerados. Sólo la extraordinaria sencillez de un hombre normal.

Es probable que cuando Jeanne y Ford sacaron en 1974 su historia del cine, Tavernier y Coursodon sacaran la suya. Sin embargo, nunca vi reediciones de ésta última. De haberlo hecho la hubiese capturado al precio que fuera. Y no estoy ahora hablando precisamente de dinero. No hubiera sido raro que cayese mediante el hurto, una táctica que ya a esas alturas evaluaba como una de las nobles artes y también la más conveniente dada mi delicada situación de niño al borde de la pobreza (de biblioteca). Al menos delinquía en nombre de la cultura. Necesitaba llenar los espacios de la habitación que antaño ocuparon mis desaparecidos juguetes (un sesenta por ciento de ellos se habían volatilizado por arte de magia. La misma con la que entraron cada 6 de enero de mi perdida niñez). Lo malo es que aunque los libros eran aprovechados, los devoraba dejándolos en estados lamentables. Me refiero a que mi mitomanía, ya imparable, me transformaba en un loco del recorte. Comparaba con otros lectores y yo era a su lado un orfebre del papel huyendo de la soledad. Los demás subrayaban o dejaban los bordes de las páginas ensalivados, que me parecía, por lo primero, una pedantería (como "escolarizar" tus lecturas más placenteras) y por lo segundo, simplemente una cerdada. En cambio, me disculpaba ante la urgencia de tener a Maria Falconetti o a Francesca Bertini siempre conmigo. Asi que arrancaba las ilustraciones y las pegaba en las portadas de mis libros de texto o en las libretas de anillas (cosa cutre). Esto no lo entenderá mucha gente ajena a este tipo de fetichismos. Pero en mi caso, ir al colegio y mirar una y mil veces a mis amores de la pantalla (a los que por cierto todavía no conocía comme il faut, pues no había visto sus películas más que en pintura) eran un agarradero a la aciaga vida del escolar fracasado. Los críos a mi alrededor me miraban mal, como de costumbre. Es posible que imaginasen que era cada vez más bicho raro mientras ellos parecían más perfectos. Siempre hubo un metomentodo, con el que no dudo que si hubiera salido yo un niño peleón, me hubiese enzarzado a hostias a la mínima de cambio, que se atrevía con sus burdos dedos manchados de culo, a señalar a la sublime Lilian Gish mientras me preguntaba con mucha guasa si aquella tía tan buena era mi abuela. Lo dicho. Ellos y yo estábamos separados a una distancia abismal aunque entre uno y otro pupitre no hubiesen más que cinco metros. Que el siguiese honrando a un futbolista agitanado con caducidad limitada y a mi que me dejase con los más inmortales dioses del celuloide rancio.
Para mi, lo preponderante no pasaba por rellenar casilleros de quinielas y si esperar a a que saliera la programación de la nueva temporada del Cine Club Padre Feijoo.
Entre tanto, las carteleras oficiales dejaban caer algun estreno de campanillas que me iban aliviando el gusanillo. A los quince años vi Zelig y La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen. Esta última fue uno de los trabajos más redondos de su autor. Aún quedaba Dias de radio para terminar soñando con un mundo camp, lleno de chic, jazz y parejitas que bailan claqué. Será conveniente, por lo tanto, regresar a "la radiofónica" en su momento por todo lo que influyó en un chaval como yo, adicto a tantas cosas por las que su autor parecía también apasionarse. No me resisto a adelantarme para reconocer desde ya que luego Woody Allen me dejó de interesar por completo. Pero aquellas tres películas me fascinaron. Eran historias frescas, bonitas, fuera de modas, sin más pretensiones que las que ponía en boca de sus actores (o de él mismo). En su dosificación perfecta radicaba el que estas fueran más o menos digeribles por mi. Aun había buenos chistes, enamorables personajes, cantos al pasado tan nostálgicos como agudos. Woody era niño y nos lo contaba. Y no llegaban nunca a la hora y media de duración, con lo cual tu culo no se dormía en la butaca. Al contrario, se levantaba con muchas ganas de moverse al ritmo de una big band. Y, en mi caso, para salir cambiado, embrujado por un extraño elixir mágico parecido al glamour intelectual. Era siempre de noche, mientras las calles vacías de mi ciudad de adopción me invitaban a improvisar un cheek to cheek (lamentable) como el que acababa de ver al final de La rosa púrpura (filme, por cierto, plagiado de un maravilloso gag de El moderno Sherlock Holmes, de Buster Keaton). El cine lograba en aquellos momentos que me evadiese por completo de la realidad, aun cuando ya no estuviera dentro de una sala de proyecciones. Mis sentimientos eran ya más profundos por los actores que por mi propia familia. Como si se hubiese trasladado mi nido, en neurótica desviación, a la productora Metro Goldwyn Mayer. Ya no necesitaba más compañía que la que me proporcionaban los seres de la pantalla grande en íntimo recogimiento. No me daba cuenta de una situación menos patológica: que las trampas de Allen enmascaraban mi verdadera pasión por el cine clásico (tanta lectura de Dreyer y Bergman para terminar queriendo bailar como Fred Astaire). Y, aún, el musical. Ignoraba que era éste un género muy apreciado por los practicantes de la nueva sensibilidad crítica, eufemismo burdo que albergaba a un montón de maricuelas mayores, snobs y refinadas que enloquecían ante un sombrero de copa, unas cuantas pailletes, un forillo idealizado y un sin fin de coreografias desmadradas con línea de coro. Lejos estaba aún de caer en el dulce embrujo de lo que se dio en conocer la ironía gay.
Y, hablando del Rey de Sodoma: de pronto, un mal día, dentro de la opinión pública, ser gay pasó a ser sinónimo no ya de verguenza, de inferioridad, de escándalo, de vejaciones, de insulto, sino de muerte por enfermedad horrible (la misma que ellos se han buscado). Rock Hudson había sido el primero en sucumbir ante la peste negra que en 1985 se cernía sobre la colonia homosexual norteamericana de manera atroz. En mi casa aquello dio para una conversación. Y fue capital.

continuará

1 comentario:

Anónimo dijo...

http://chusky-somanymen.blogspot.com/2009/06/historia-de-amor.html