05 junio 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)

Capítulo décimo quinto


Abocado al más atroz fracaso escolar
Y llegó un nuevo curso. Ninguna alteración, permanecía todo en una inquietante inmovilidad. Los compañeros del año anterior, los mismos pupitres, el encerado implacable, tablón verde que se resistía a convertirse en sábana blanca donde poder proyectar las sombras del cine que tanto me atraían. Y profesores horribles, curas y laicos, todos cortados por el mismo patrón (San Juan Bosco). Segundo de bachillerato. La novedad de unos textos que incluso para mi tenían muy poco de novedoso. Eran más de lo mismo pero más ininteligibles, más innecesarios para la vida futura.
Se comentaba por los pasillos. El jodido es el Latín... La más divertida, Física y química. Por dios, Física y química, terrible aquello, la tabla periódica... ¿Un crío que todavía venía arrastrando las Ciencias naturales de séptimo de EGB iba a ser capaz de asimilar algo superior a aquello?. Pero, claro, decían que era "divertido" porque el profe era muy ameno, un colegui. Hubo unanimidad: El Chafallas era un tío de puta madre. Bien pronto empecé a desconfiar de ese tipo de profesores democráticos. A mi no me la daban con queso. Aquellos que vestían informal (los progres in jeans), que te trataban de tú, los de las disertaciones espesotas (a cojones tenían que serlo, porque el temario era el que era, imposible alterarlo) combinadas con chistes y anécdotas idóneas para el alborozo y escape de la tensión (de alguna manera, aquel gilipollas nos estaba domesticando, al decirnos también cuando podíamos gamberrear). Aquel profesor tan moderno consiguió, no que no le pusieramos mote, que eso lo tenían casi todos, sino algo más importante: que la clase siempre guardara silencio, atenta a sus explicaciones. Yo supongo que en esas horas tan bellas, mis compañeros estaban digiriéndolo todo. Yo no. No entendía ni papa. La química era peor que las matemáticas. Los problemas mucho más jodidos. Independientemente de unos recursos originales, de ese "librillo" que lo coronaba como un maestrillo favorito entre los favoritos de la masa, quedaba el verdadero problema, que era la materia en sí. De ahi al trauma hubo un paso. Mi gran fallo fue desconectar de su estilo de enrrolladito, porque hablaba para las mayorías, algo a lo que yo nunca he pertenecido. No sé porqué, durante los silencios absolutos que provocaban sus speech pausados, en tonos bajos, pero los justos para que lo oyesen hasta los últimos de la fila, yo me veía ante un entrenador deportivo que alecciona al equipo con sus tácticas de la escuela zen.
El de matemáticas parecía un palurdo, siempre con su aire de despistado. Era jóven y tenía los ojos claros, su físico era agradable pero sin pasarse. Eso no quería decir nada. La erótica de su poder, una vez más, no me hizo ni tilín ni tilón. El de geografía lo apodábamos El cabezón, y era una cosa completamente anodina, siempre parecía sufrir cefaleas. Su manera de dar las clases era ponernos a leer para nuestros adentros porque el no estaba ese día con ánimos de hacerlo en alto. Ni que decir tiene que en sus clases había muchísimo bullicio y gamberreo, lo que me parecía estupendo. Tanto slapstick casi estuvo a punto de reconciliarme con el grupo. Lanzamientos de bolas locas al techo, incendio de papeles, lecturas a la altura de la entrepierna de revistas porno, alguien que había traído un radiocassete y le daba al play para poner cintas de rebuznos (probablemente era yo). Hubo veces en que El cabezón se ponía a la defensiva. Entonces alzaba la mirada del periódico local que se traía para pasar el aburrimiento que le dábamos y se adentraba en la selva de pupitres. Paraba delante de alguien, que normalmente no había cometido delito alguno, le agarraba del pelo y le echaba la cabeza hacia atrás con gesto de héroe de spaghetti western. No sé lo que decía, porque siempre habló para adentro. El caso es que el niño elegido se ponía muy colorado y con ganas de echar a llorar. Yo creo que El cabezón era un enorme torturador psíquico.
Más cachondeo todavía disfrutábamos en clases de electricidad, una asignatura absurda, se mire por donde se mire. Su existencia sólo se justificaría como incentivo para que el alumno tomase en un futuro inmediato un viraje de la enseñanza tradicional a la rama de FP. En cualquier caso, esta asignatura, como mucho, me enseñó a aterrorizarme ante un cambio de fusibles y a colocar con destreza bombillas, con lo cual, ya tenía mi vida en parte resuelta como imitador de Raphael, artista al que detestaba porque yo era un niño muy progre por entonces. Pero gracias al profesor (si se le puede llamar asi) que la impartía, las clases de electricidad se transformaron en una hilarante visita de un científico loco al ágora de unos energúmenos. El se llamaba Monchiño y era cura o le faltaban tres misas para serlo. Gordinflón, con aire despistado, estaba lleno de tics y rarezas, de latiguillos y ademanes de pusilánime. Y, encima, su voz era espantosa, de retarded, de autista alucinante. Los niños, que son muy crueles, le hicieron muchísimas perrerías, burlas en plena cara. Fue todo muy salvaje. No teníamos miedo de que se rebelase. Eramos unos confiados de la hostia, pues si Monchiño se lo propusiese podríamos haber muerto electrocutados por su justificada venganza. Y puedo asegurarles, que cuando le calentábamos los cataplines hasta el tope, podía sacar una mala uva aterradora.
Qué decir de la clase de Gimnasia. Seguía el mismo. Lo veíamos envejecer imponiéndonos cada vez níveles más altos, alturas de vértigo ya insostenibles en un Maciste que tan pronto veía una espaldera, un plinton y un potro se imaginaba estar en la cripta del Boia scarlatto.
Los resultados del primer trimestre hablaron por si solos. De las diez asignaturas sólo aprobé una: saqué un Bien en Lengua gallega (no sé por qué, pues no había estudiado nada de esa lengua).

Al pie del teléfono te espero
Esto quiere decir que seguía en la misma dinámica. Pasividad, deseos de divertirme en mi habitación o con mis amigos, los pocos que conservaba, e ir al cine continuamente, mientras la paga semanal aguantase. Ortiz seguía a mi lado, alargaba mi brazo y podía tocarle la espalda, lo cual era una bendición. Carlos, Héctor y Javier también estaban cerca. Mario ya iba al instituto y Rafael había retrocedido, se estancó en Primero. Estaba a punto de cumplir quince años y mi madurez seguía perfilándose desde los intuitivos modos del autodidacta. Humor y cultura eran lo que más me apasionaba. Reunir a Carlos y la troupe habitual en casa y ponernos a efectuar grabaciones surrealistas era fantástico. Parodias de programas de televisión, debates ficticios, folletines que mezclaban la violencia y el sexo con el esperpento costumbrista, entrevistas imaginarias a líderes de bandas de rock, apoyándonos en las directrices de los primeros Rock de Luxe que compraba Carlos... Esta revista sirvió para que los gustos del muchacho fuesen avanzando. De alguna manera su eclecticismo le hizo de aquella tomar conciencia de la adultez que en modo alguno proponía la más reaccionaria, inmovilista Popular 1. Asi pronto Carlos comenzó a sentirse atraído por las raices negras de la música popular, por estilos como el funk o el soul, gracias a los textos de Patricia Godes o Diego A. Manrique.
A mi la música no es lo que más me importaba del mundo. Prefería escuchar la radio para aprender del montaje sonoro, estudiar las maneras de comunicar mediante la palabra de mis locutores favoritos. Esto hoy en día no se entiende porque yo creo que ya no escucha la radio casi nadie y quien lo hace es gente mayor (en cuerpo y en alma) que aceptan una radio de bajísima calidad y de nula imaginación porque lo importante es que salgan sonidos de un transistor. El pueblo llano, el español, pese a que siempre está protestando y como cabreado es, en el fondo, muy conformista. Y el daño que le han hecho las tertulias políticas al medio ha sido terrible. Bien está que exista la crítica, la opinión, la polémica, pero no a costa de arruinar la fantasía, el poder de sugestión de un medio que probó su eficacia al respecto en tantas ocasiones. Por fortuna yo esto lo había mamado desde niño, soy de la última generación que merendaba escuchando los seriales de Radio Madrid y Radio nacional de España. El que entró en la adolescencia con la locura de Radio 3, de esa vuelta de tuerca posmoderna que fueron los disparates de Juan Francia y Jesús Beltrán o los escapismos medievales de Faraco y Volpini. Cuando Carlos, Hector y yo le dábamos al Rec y al Play, aquello tenía que salir a relucir. A nuestro estilo, eran mi equipo del humor y yo el director que los instruía en la magnífica planificación de los distintos planos del sonido y la imitación de voces, amén de tantos efectos adyacentes. Nunca me reí tanto en la vida con los amigos como cuando repasábamos lo grabado. Una y otra vez. Siempre descubríamos un silencio rompedor, una salida ingeniosísima, un comentario entre dientes de alguien. Carlos era el absurdo controlado y elegante. Yo el disparate soez pero milagroso.
La maravillosa iniciativa de mi ídolo Manolo Ferreras de poner en marcha un contestador en su programa sabatino y poco después en Tiempos Modernos, fue la gran oportunidad de lanzarnos a la fama. Teníamos mucha experiencia, claro, de cintas Basf. Empezé yo solito a llamar al programa de los sábados. Luego ya lo hicimos en grupo. El caso es que cuando dejaba mis monólogos las grabaciones parecían tener más gracia. El día que hice de gallega irreverente, la redacción de Tiempos Modernos debió de ser una hecatombe del despiporre porque el propio Ferreras lanzó un mensaje de búsqueda. Quería que me pusiera en contacto cuanto antes con Radio 3. Asi pasó. Recuerdo aún con gran intensidad la tremenda emoción que me provocó hablar con el. Concertamos un dia y una hora para que pudiésemos hacer un show telefónico. Convoqué a mi compañia de actores habitual. La cosa duró tres o cuatro semanas. Lo que en un principio parecía ingenioso terminó en pesadilla. Un puto caos. Nada preparado. El montaje que luego hicieron ellos demostraba que al haber renunciado a la gallega, yo había perdido todo mi encanto de mascota. Lo único que me entusiasmaba de aquello era poder hablar con Jose Luis Moreno Ruiz, alucinante maudit y colaborador de Ferreras por entonces. Era el que me llamaba y ponia a grabar aquello.
El teléfono era un gran invento, si señor. Ahora con internet la gente ya ni se manda cartas por correo ni se telefonea. Cuántas tardes estuve yo sujeto al aparatejo. Cuando el contestador tresero comunicaba, aprendimos a conectar un grabador a la línea telefónica y entonces realizábamos bromas (algunas muy crueles) al tun tún. Puticlubs, asociaciones solidarias, conventillos... Insultábamos por doquier. Sobre todo, nos dieron mucho juego las páginas de contactos. Solicitábamos información. Precios y prácticas. Y niñas. Una salida altisonante y a colgar.
Luego mis amigos se iban y seguía aferrado al cacharro. Al fin y al cabo era una variante del micrófono que tanto me fascinaba desde bien pequeñito (cuando solo en casa me divertía en un espejo imitando a los cantantes con uno que me había hecho mi padre con el extremo de plástico de las cartones que servían para enrrollar las telas). Me inventé mis líneas eróticas. Llamaba a desconocidos, mi predilección eran los talleres mecánicos, bares de camioneros, canteras, albañiles, gasolineras y gimnasios de pueblo. Alli donde yo suponía que existían machos de buen ver. También en mis recorridos callejeros reparaba en algún mozo de comercio o un camarero de cafeteria que me molase, retenía el nombre del sitio y lo buscaba en la guía. Con la polla siempre tiesa, los telefoneaba. Guardaba silencio. A lo mejor gemía en lontananza, tumbado boca abajo en la cama de mis padres, restregándome el paquete contra el colchón sin despegar el auricular de la oreja. Pocas veces logré un orgasmo así, sólo cuando los muchachos, a fe cierta que eran los buscados, no desconectaban. Me imaginaba que la excitación era recíproca. Uno tenía la seguridad cobarde del anonimato total. Hoy ya no tanto, pues los aparatos telefónicos registran los números de las llamadas que recibes. Ignoro los regustines que provocan los móviles, porque no tengo de eso. Pero puedo asegurarles que en aquella época el acoso cableado era un delito sencillo y estaba a la orden del día, ya digo que lo cuento por experiencia propia. Diría más, era uno de los morbos más excitantes con los que disponía cualquier adolescente perverso, en mi caso, para ver satisfechas sus masturbaciones cotidianas.


continuará

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