28 mayo 2009

SEMANA ESPECIAL Divitas porteñas (segunda parte)

8. AMELIA BENCE (1919- )

Fue una estrella importante de los años cuarenta y cincuenta. Una figura dramática que para el maduro espectador argentino se sitúa en la misma constelación de una Zully o una Merello. Rodó más de cuarenta películas de las cuales he visto una mínima parte, debo reconocer. Siete en concreto que me han dejado una sensación extraña y no pocas intrigas. Las películas son, La vuelta al nido (1938), relevante en su carrera, la que la hizo candidata al premio de posible nueva diva, en un interpretación discreta, llena de dulzura típica de esposa entregada, El pecado de Julia (1946) junto a su primer marido Alberto Closas, Camino del infierno (1946), vehículo pensado para que Mecha Ortiz hiciese de psicótica, A sangre fría (1947) donde fue vampiresita discreta de un noir fallido, Romance en tres noches (1950), cuarta película con el señor Closas, La parda Flora (1952) donde ya la veíamos una mujer hecha y derecha, una diva que se lo cree, una mujer que manda en la pantalla; y, finalmente, esa paradoja del desdoblamiento por exigencias del guión que ella aboca al rotundo fracaso titulada Mi mujer está loca (1952). Estos siete títulos coinciden con sus tres décadas de apogeo. La del arranque, la del afianzamiento y la de madurez. En cambio, hay algo que no termina de convencerme de esta actriz. Como damita gentil me satisfizo en La vuelta al nido, pese a lo inverosimil de una situación algo avejentada (de hecho, en la vida hogareña de esos jóvenes esposos, con esa crisis psicológica de él mientras ella lucha por salvar su matrimonio a través de añagazas bienintencionadas, apunta detalles muy típicos del cine mudo, un deja vú. Bebe de las fuentes de un Vidor o un Borzage para el matrimonio Gaynor-Farrell, es decir aboga por un cine de sentimientos y no sentimental que no acabaría de cuajar, pese a la correcta dirección de Torres Ríos). La Bence a pesar de sus veinte años tenía una belleza de rasgos duros, sus ojos violetas (los que embaucaron en su día a Closas) no resaltaban dentro del desvaído blanco y negro.

Pero no me atrapa en la de los pecados. La inadecuación para ser la señorita Julia del drama de Strindberg terminaron por dar al traste un proyecto de impecable facturación pero que no conservaba apenas ni el aroma del texto original. El romanticismo del filme es una simple variante de las adaptaciones de las novelas góticas que Hollywood venía realizando al estilo de Rebeca o Cumbres borrascosas. También se le dotó de un psicologismo barato basado en el tan en boga onirismo, el recurso ya tópico de la secuencia de los sueños, para entender la psique de la protagonista a un nivel freudiano. Hoy en día, Los pecados de Julia debe verse con esa mentalidad, siendo infinitamente preferible la versión que los suecos llevaron a cabo en 1950 (Fröken Julie, de Alf Sjöberg). Si la Bence estuvo inapropiada no lo estuvo menos Alberto Closas, un actor que todavía vivía su inmadurez. Por encima, ese rubio platino con el que se tiñó el cabello le quedaba francamente mal y remitía al Marais de L'eternel retour (trasposición del mito de Tristan e Isolda a la Francia ocupada por los nazis). Pero, sobre todo, ese aspecto suave y lánguido del actor no cuadraba con el lacayo que debió haber sido.
Para Camino del infierno volvía a ser inocente y pura. Era la secretaria del marido de la ricachona Mecha Ortiz, al borde ya de la locura por culpa de unos celos enfermizos e injustificados, al menos en un principio. Porque el hombre (el actor Pedro López Lagar) terminaba enamorándose de Amelia no tanto por los caprichos de Cupido como por la paz que encontraba en el humilde hogar de la taquimeca comparado con el infierno marital que padecía a diario. En cualquier caso, aquello obedecía a las leyes del melodrama, complicándose la trama aún más. Y todo a base de flash backs bastante confusos. Película fallida pero divertidísma.
No lo fue tanto A sangre fría (1947) pues el guión parecía ir muy en serio. Y lo que pudo haber sido humor involuntario resultó un filme sin ningún interés para el aficionado al cine negro. Al menos, eso pretendía su director Daniel Tinayre. Cine negro en su derivación de thriller psicológico pero que acabó en drama policial irrelevante por culpa de un guión deslabazado, tendente a lo folletinesco y bastante tonto. Amelia salía de la cárcel tras cumplir una condena de cinco años por su implicación en un asesinato. Su nueva vida la llevaba a trabajar con su madre como enfermera al servicio de una dama rica pero de salud deficitaria. Aparecía el sobrino de ésta (de nuevo Pedro López Lagar), un hombre con querida y obsesionado por el dinero (sobre todo, por la fortuna de la tía). Tomaba rápido contacto con Amelia al enterarse de su pasado y le proponía asesinar a la señora (envenenarla lentamente). Por lo contado, la cosa promete. Pero, por desgracia, no nos encontramos ante una película de angustias placenteras, a lo Hitchcock. El director es incapaz de prolongar la tensión en el espectador y opta por trasladársela a los personajes negativos, acelerándolo todo de mala manera: cinco minutos después del rechazo total de Amelia a los pérfidos planes de Pedro ella acepta pues está rendidamente enamorada de él. No nos lo creímos, por supuesto. Y no porque no lo estuviera de veras, es que no lo supo transmitir (ni ella ni el director). Y cinco minutos después, ambos ya eran sospechosos de algo que ni siquiera había aún culminado. El asesinato del médico que descubre lo que traman ya nos hace perder el interés en una historia que no rehuye la aparición del hijo del doctor, que busca clarificar las cosas. Después de una hora de metraje Amelia envenenaba definitivamente a la vieja sin que nos afectase en lo más mínimo y los amantes homicidas pasaban a ser héroes a lo James M. Cain sin dar jamás el pego. La secuencia final estaba plagiada literalmente de Extraños en un tren. Se volvía pues a las inspiraciones de arranque. Menudo desastre. Amelia estuvo sólo correcta. Pero ya vemos que la culpa no radicaba en la pobre diva.
Vacilaciones de una actriz. ¿Hacer de buena o de mala?. Solemos ver a dos Bences distintas, como el día y la noche. Sin matices, ni ambiguedades que pudieran enriquecer los personajes. Amelia no se termina de definir. Una dulcísima, ingenua, virtuosa y otra tiránica, loca de enfermiza pasión, de vuelta de todo. Como una Jennifer Jones pampeña. Mis dos siguientes encuentros con la actriz confirmaría sus lados más fatalistas. Romance en tres noches (1950) es uno de los filmes más agobiantemente machistas de la historia del cine argentino. La Bence llega en una noche de tormenta en coche a la cabaña de unos trabajadores norteños. Closas se enamora perdidamente pese a los consejos (misóginos hasta hacer sangre) del mayor del grupo. El machismo de Closas, en cambio, no es sangrante. Sólo baboso (por lo familiar). Con lo cual no entendemos su ataque fulminante de amour fou. Porque el amor fou no sabe de normas, no admite prejuicios ni pone trabas y él ve en la Bence un futuro lleno de todo lo anterior, un futuro en común, ordenadito y por lo legal. Ella es, como temía el patriarca, como intuímos todos, una mala mujer, metida hasta el cuello en una organización mafiosa muy años 40. Trafica con drogas, está atrapada en un círculo de vicios del cual quiere huir pero no puede. Huye de Closas y del mundo bueno, bucólico, rousseauniano de esos leñadores parecidos a los enanitos de Disney (pero tan perversos y dañinos como las teorías mal aplicadas de Arturito Schopenhauer). Ella es en el fondo una Blancanieves que esconde coca en su bolsito y los otros unos leñadores con ganas de catar hembra. Lo mejor es la parte en el salón del pecado. Mujeres que sonríen esquivas a hombres que buscan sexo fácil, chuletas que se concentran en la tensión de una timba y el reencuentro de la Bence y Closas, donde ella pasa de Blancanieves a Gilda, pero con derecho a abofetear a Glenn Ford. El resto, culto al machismo tercermundista. Y eso es lo que asfixia la atmósfera. No el humo de la marihuana. Como mucho, el de la chimenea de la cabaña del bosque.
Toda diva que se precie debe saber representar un tipo de mujer curtida en mil batallas personales y a la vez consciente de la infelicidad a la que le llevará vivir fuera de convenciones. Asi lo debió ser La parda Flora (1952), regenta de un nuevo tugurio donde se vuelve a cantar, se sigue bebiendo y se juega sin parar . Vemos una recreación del ambiente belle epoque argentino. Padres viciosos que guardan las apariencias frente a hijos que pierden la razón por la Parda Flora. Y ella pretendiendo dominar sus impulsos de flaqueza, su otra realidad escondida en colegios de señoritas, donde estudian sus tres hijas, ausentes de cualquier contacto con la vida alegre de la madre. Folletín a lo Ninón, tal vez. O a lo Yvonne Sanson. Y personaje que en una Maria Felix hubiese podido alcanzar plena grandeza de camafeo. La Bence posee menos autoridad que la Doña. Contagia menos lágrima que la italiana. Dispone de menor sexy que Ninón. Una Zully habría estado a la altura adecuada de un personaje bombón para toda dramática que se precie de sufrir ante los focos.
Insistió en su supuesta versatilidad, con resultados desastrosos pese a ser un "dos en una", en su siguiente título de 1952. Mi mujer está loca es una tonteria, la típica historia que hemos visto cientos de veces en insufribles asuntos teatrales de segunda fila. También el cine ha recurrido una barbaridad a lo de las dobles personalidades que, desde terrenos domésticos, van provocando conflagraciones del corazón entre las parejas. Ella es una señora de su casa, severa e irascible, azote de la servidumbre y domeñadora del señor, con esa tendencia, pues, a la antipatía que tan bien nos mostró Amelia en sus demás títulos. Un accidente leve en coche la transforman en una mujer completamente opuesta (al menos eso quería el guión), una frívola, alocada y exuberante artista de varietés. El desastre se precipita al no ser capaz de hacerlas distintas, componiendo un yin y un yán idéntico el uno del otro: ambas mujeres son reinonas en lo suyo, si acaso se pueden distinguir por la medida de la pluma de sus respectivos sombreros. La seria canta tanto como la no seria. Una lo hace en el salón y la otra entre bambalinas. Lo único que salvaría de este teatrucho filmado es la interpretación deliciosa del paciente marido, que no es otro que su marido Alberto Closas. Una serie de tópicos argumentales (que abarcarían la moda de la psiquiatría, gran boom en la Argentina, por otra parte), en los que no falta nada que no hubiéramos visto antes (por ejemplo, el golpecito decisivo que recupera a la doña a su estado original) rematan por demostrar nuevamente que lo popular manda y que los directores son siempre mandaderos de las estrellas del pueblo que les ha tocado entretener.
Ya en el declive de su carrera se permitió el desastre de intervenir en un episodio de la insignificante La industria del matrimonio (1965). Como sea que el titulado Romántico lo interpretaba el imposible actor cantante Antonio Prieto el asunto viró a la fuerza por los terrenos del humor mediocre (Prieto aqui podría parangonarse al peor Tognazzi). Hacía de un pobre hombre que no triunfaba ni en el cabaret (era crooner pop) ni en el amor. Asi que se atrevió a pisar una agencia matrimonial con pinta de burdel antiguo donde dejó que lo eligieran féminas igual de desesperadas mediante una pintoresca rueda de reconocimiento. Terminó aceptándolo una Bence corta de vista pero sabia de profesión (era maestra muy completa). El problema de la interpretación de la diva radica en haber sido incapaz de darle un tono ligero a su papel. En la escena del restaurante, Amelia sufría un ataque de tos. Este debería haber resultado jocoso. Sin embargo, el espectador con pedigrí sospechó de inmediato que la mujer iba durar poco pues la tuberculosis estaba cantada. Y no lo estuvo pues ya hemos dicho que era un episodio cómico para Pietro y no un drama de la otra. El único que cantaba hasta el bostezo de sus diversas pretendientes era Pietro. Justamente el Romántico titular de su hermanito Joaquin.

Hubo títulos más apreciados por la crítica como La guerra gaucha (1942) o Los ojos más lindos del mundo (1943). Pero creo que para su recuerdo, el de actual momia de los quirófanos en que se ha convertido, su más querido papel debió ser el de Alfonsina o su recreación de ese mito femenino que dio su país que fue la poetisa Alfonsina Storni, su maestra además cuando la Bence era niña. Pero son momentos que yo no puedo enjuiciar al no haber podido acercarme a ellos.
Tal vez haciéndolo cambie mi poca consistente opinión. O tal vez se corrobore lo antes dicho: una estrella fría y de poca allure, una diva que quedó a medio camino. Me gustaría terminar, de todas formas, con unas declaraciones de la actriz hace muchos años en la revista Clarín sobre su encuentro decisivo con el público en presencia de la Storni. Las palabras de esta tuvieron mucho de proféticas. Estas fueron:

"Tosiendo y llorando me fui a bambalinas, y Alfonsina me dijo con firmeza y palmeándome el trasero: ¡Vamos a escena, mocosa, que
usted va a ser actriz!"

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