27 mayo 2009

SEMANA ESPECIAL Divitas porteñas (segunda parte)

7. OLINDA BOZAN (1894-1977)

Olinda era fabulosa. Una comediante a la altura de las mejores características del cine norteamericano. Sólo que ella durante muchos años fue primera en los repartos. La gran estrella en un buen puñado de comedias, tal vez las mejores del cine argentino en su edad de oro (años cuarenta). Al contrario de Nini Marshall, podía ser excesiva y jamás resultar cargante. Parecía tocada por el divino don de la locura. En sus títulos más desmadrados, resulta inolvidable. Su físico (metidita en carnes) y su edad fueron elementos que para cualquier otra actriz hubieran jugado en su contra. Olinda, en cambio, los transformó en virtudes. En muchos casos, los peligros de su físico los remarcaba ella misma, como si tratara de crear su propia marca registrada: aquel de la madura coqueta, que se pone de los nervios cuando no la ven como una jovencita ("Soy una chica moderna. Bebo y fumo para olvidar. Soy como Pola Negri ", afirmaba afectada en una de sus películas, al tiempo que adoptaba poses de vamp). Asi era una gozada aunque este encasillamiento no lo necesitaba en absoluto, pues fue una mujer con un enorme registro interpretativo.
Aunque desarrolló su arte principalmente a través del humor, siempre la intuimos muy capacitada para el drama. Incluso la tragedia. Sólo que cuando se decidió por esta última no tuvo demasiada suerte. Por encima, el cine argentino más tristón cuando se ponía trágico lo escoraba todo hacia el folletón más execrable.
Nos hallamos ante una artista de raza. Empezó de niña a agradar a los públicos en el circo Anselmi, al que pertenecía su madre. Estamos en los albores del siglo XX. Fue trapecista, y pese a su voluminosa figura, era una mujer de gran flexibilidad, amén de poseer un expresivo rostro del que podía arrancar variadas muecas. A los trece años casó con uno de los Podestá, una de las familias más influyentes del mundo del espectáculo: el ya muy anciano y enfermo Pablo. Ese matrimonio fue muy breve, pero la experiencia con esta familia a un nivel profesional fue realmente fecunda. Olinda se estaba haciendo como actriz. Lo que vino después fue un trabajo constante unido a un instinto privilegiado para la comedia, para el humor que a la larga le daría la gloria.

Durante los años veinte apenas salió de las tablas, pasó por la Revista y con los años creó su propia compañía. Sus obras pertenecían al tan denostado género ligero, a eso tan dificil que es muchas veces agradar al gran público, que aunque parezca una especie inmovilista y pasiva puede ser realmente cruel en cuestión de gustos, otorgando aplausos o mazazos según su pésimo criterio o inadmisibles estados de ánimo. Con casi cuarenta años el cine sonoro le abrió las puertas. Hubo en 1917 un escarceo irrelevante, era el período mudo, pero no será hasta 1934 cuando Bozán se planteé seriamente una carrera continuada en el cinematógrafo. Y asi la vimos en una película vetusta pero todo un documento histórico del mundillo del espectáculo que se llamó Idolos de la radio. Era la madre de la gran tanguista Ada Falcón y explicaba muy bien, pese al tono jocoso, lo influyente que era el invento de Marconi a la hora de lanzar a los artistas de la canción. Olinda, a esas alturas, ya parecía una mujer mayor, esto lo acentuaba ella misma, como hemos señalado al principio, mediante unos peinados y un vestuario excesivamente anticuados. Entonces en seguida sacaba su coquetería y se ponía a hacer mohines frente a algún espejo. Su gruesa silueta era como la de una prima donna, podríamos decir. Y, de hecho, ella cantaba lírico (a su manera) en muchos filmes. Sus entonaciones salían solas (bien motivadas por el quejido ante un dolor o por cualquier otra nimiedad).
El papel definitivo de esta gran dama no llegaría hasta 1941 gracias a su emparejamiento con uno de los mejores cómicos argentinos que dio el siglo: Luis Sandrini. Fue tal el éxito de esta unión artística que La casa de los millones (1942. Luis Bayón Herrera), el título que los reunió, dio pie a una secuela dos años más tarde (La danza de la fortuna) ya no tan afortunada. Sin embargo, vista hoy en día, la primera de las dos es un ejemplo excepcional de lo que podía ser una screwball comedy a la argentina. Llena de situaciones descacharrantes pero, sobre todo, de una interpretación de millonaria tiránica y extravagante a cargo de Olinda que es pura delicia. Pocas veces hemos visto tanto talento concentrado en una señora actriz, haciendo reir sanamente al público. Cual una Marie Dressler. Y también equiparable a una Charlotte Greenwood, cuando se le daba por bailar moderno. O de una Ave Ninchi, pues por encima de tanto nonsense se revelaba una enorme humanidad.
La casa de los millones
es una de las mejores comedias locas del cine argentino de los años cuarenta, y probablemente de todos los tiempos. Sandrini no desmerece en absoluto a su lado. Creó una tipología reconocible. Era alto, flaco, muy expresivo. Y muy gracioso, al menos aqui lo fue mucho. Ya no lo fue, en cambio, tanto en la siguiente reunión. Los tiempos en que las segundas partes no eran buenas. La danza de la fortuna (1944) fue una simple acumulación de despropósitos que acabaron por cerrar definitivamente las peripecias de aquella ricachona y su criado (y luego marido, primero pobre y luego rico, y otra vez pobre para acabar rico una vez más).

La Bozán bordaba a las nuevas ricas, no sólo a las ociosas de alcurnia. De estas hizo muchas. La de El capitán Pérez (1946. Enrique Cahen Salaberry) fue una de ellas. Lástima que la película ya hubiese nacido envejecida, tal vez por ser cine literario (basábase en una novela de Mújica Lainez). Además iba destinada a promocionar a la bella Fanny Navarro, entonces aún en agraz y que aqui era la pretendienta del misterioso capitán Pérez, fantasmal casanova que promete con su matrimonio una mejora financiera en la casa de la familia de Fanny, incluida Olinda que era su hermana mayor (aunque parezca increible, pues podía ser perfectamente su madre).
Pronto vino un nuevo gran éxito personal con su creación de mitómana que no duda en vender su alma al diablo con tal de mejorar su posición social. Esto pasaba en La caraba (1947. Julio Saraceni). El arranque de la película era antológico y, probablemente, lo mejor: Olinda tenía una pesadilla en la que se encontraba a las puertas del infierno siendo juzgada por el propio Satanás y con la comparecencia de una serie de testigos, que no eran otros más que sus vecinos, que la acusaban de las peores frivolinas. Una secuencia surrealista por todo lo alto, que luego se evaporó por culpa de tanto sainete, típico del cine argentino de entonces. En este género hay sus cosas buenas y sus cosas menos buenas. Pero la Bozán nunca falla a la hora de darle un tono adecuado, exacto a su interpretación. Aunque el entorno se hunda, ella siempre mantiene el nivel. Su talento parecía superar cualquier producto mediocre.
Y muy mediocre era Lucrecia Borgia (1947. Luis Bayón Herrera). Menudo despiporre. Y es que a la Bozán no le cayeron prendas por vestir de algo parecido a lo que solía llevar tan insigne dama renacentista, porque lo que importaba era ofrecernos un delicioso disparate. Si Catita estaba metida en la época napoleónica, ella iba más atrás. La reconstrucción de la corte de los Borgia fue sencillamente correcta pero las transparencias eran garrafales, los hermanos de Lucrecia unos desastrosos asesinos y Olinda lo más parecido a Mae West con lo que pudo haber contado en un momento de su historia el cine porteño. Había mucho sexy en aquella matrona del humor. La secuencia del proceso de adelgazamiento que serviría para halagar a su pretendiente, debería estar incluido en un must de la actriz (junto a sus raros tics labiales y sus juegos de collares con rotación del cuello a la hindú).

A esas alturas de su carrera Olinda era un nombre que daba seguridad a los productores. Su personalidad era fuerte, su profesionalidad a prueba de bomba. Podía lucir los modelitos más increibles (Lía de Heros hizo virguerias sobre sus orondeces), que jamás se la vio ridícula (aunque sus batas de raso para despertarse rozaban la hecatombe), antes bien eran idóneos para que los portase una mujer nada común como lo era ella. Sin embargo, con el cambio de década Olinda rechazó mucho cine para seguir con lo que verdaderamente le apetecía, que era el teatro. También volvió a casar. Con Oscar Valicelli. Pero la infidelidad de él acabó con aquella unión. Además propició uno de los altercados entre divas más jugosos de la historia de los alfilerazos periodísticos de su pais. Se dijo, se comentó que cuando supo que su marido le había puesto los cuernos con Tita Merello (otra de las grandes) se separó de él inmediatamente, retirándole a partir de entonces el saludo a la otra actriz. En los años setenta la Merello quiso reconciliarse con ella. Al parecer, se dieron la mano pero Olinda también le dijo: Yo perdono, pero no olvido. Sea como fuere, Tita y Olinda participarían juntas en un filme absurdo para el lucimiento de Palito Ortega, entonces en la cresta de la nueva ola. Se tituló aquello ¡Viva la vida! (1969. Enrique Carreras) y para amantes del choque de titanas hay que advertir que ambas señoras no coincidieron en escena alguna. La Merello interpretó un par de tangos y Olinda se encargó de resolver en un pis pas un momento entre ridículo y estupendo como madre protectora de su hija, a la que pretende Palito. Sólo su gestualidad iba expresando los diferentes estadios de ánimo de la celosa señora, pues la banda sonora impedía que se la oyese. Era como retrotraernos a los tiempos previos al cine sonoro y poder soñar en cómo sería el arte de esta cómica de haber hecho en serio cine mudo.
Tuvo más papel, y desde luego, se le oyó mucho (diría que demasiado) en Muchacho (1970. Leo Fleider), enésimo vehículo para el lucimiento de otro cantante pop, en este caso el inenarrable e hipernarcisista Sandro. Ella era su abuelita, que no se atreve a ser considerada como tal (un guiño para sus más fieles, sin duda) y que poco a poco se va desvaneciendo al contraer una enfermedad incurable. Eso que es el folletín latino y que tanto repelús nos da a algunos. Fue triste verla tan mayor, ella que siempre aparentó serlo, intentándonos arrancar muy mal las lágrimas por sus cánceres ficticios cuando ya lo estaba haciendo de manera involuntaria con su decadente aparición. Tuvo que rodar, por esos achaques de la vida, sus escenas sentada (aunque también la vimos subida a una escalera de mano, lo que nos hizo pensar en algún slapstick marca Bozán. Pero aquello ya era pedir demasiado. En cualquier caso, resultaba innecesario viniendo de una mujer que ya lo había dado todo, y a manos llenas). Si la película merece un mínimo de nuestra comprensión es, no ya por la bailarina y cantante Iran Eory, sino por ese Sandro en plena segunda etapa de su carrera (superada la que muchos consideramos más encantadora y que fue la high school de su inicios), en un papel que pudiera recordar al del Serrat de esos años a la altura de La larga agonía de los peces en el agua. Pero nada que ver, claro. Sandro es un caso único que sólo pudo haber surgido en Argentina. Su melodramatismo supera al de Raphael (era un amaneramiento muy viril, por la contra). Además, sólo por verlo cimbrearse en esa secuencia final junto a Iran Eory ya merecería la pena: anunciaba al Travolta del Saturday night fever. Miren que adoro yo a Iran y en esa escena en la que bailan juntos no podía apartar mi mirada del truculento Sandro. Y más pensando que su querida abuela Olinda acababa de dar las boqueadas en su querida presencia.
La actriz siguió al pie del cañón hasta que el cuerpo le aguantó (como el lema de su compañero Sandrini en la "de los millones", mucho antes que Sanchez Ferlosio). De hecho, la última película fue estrenada dias después de su fallecimiento. Lo que demuestra de qué material estaba hecha esta mujer. De la misma madera de una Dressler, de una Julia Lajos, de una Ave Ninchi. Para mi gusto, la mejor cómica que ha dado America del Sur durante el siglo XX.

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