26 mayo 2009

SEMANA ESPECIAL Divitas porteñas (segunda parte)

6. MARIA DUVAL

Con María Duval me ocurre algo parecido que con Paulina Singerman, ya tratada en un capítulo anterior de Divitas. Que me ha gustado muchísimo sin ver más que una mínima parte de su trabajo en cine. Quieran o no, estas detalles tan dolorosos, a la larga, también provocan en el cinéfilo construcciones mentales de pequeños altares. Asi de raros somos algunos. No es que haya sido una artista importante en la Argentina. Su tiempo abarca sólo una década. Los años cuarenta. Luego pasó, se esfumó, fue relevada por otras jovencitas igual de frágiles y cursilonas, damitas gentiles por las que las modas y modos no parecían nunca evolucionar. De hecho, todas bebían de las fuentes de la santidad, eran florecillas del vergel de la inocencia, de tan probada eficacia. Aquella que desde los preceptos victorianos encumbraron como mito indiscutible a una tal Mary Pickford en el Hollywood mudo.
Fue fugaz, su paso por la gran pantalla porteña fue nimio pero aún asi es incomprensible que Internet la ignore por completo. Sólo he podido encontrar de María, la María Duval argentina, su filmografía en el Database, donde ni siquiera se esforzaron en ponerle una fecha de nacimiento. Y quizá, una fecha de defunción (toquemos formica). Me atrevería a asegurar que la dulce María nació a mediados de los años veinte (vamos, que es de la quinta de mi madre) pues su adolescencia y entrada en la primera juventud le ocupó toda la década de los cuarenta. Dieciseis años, asi se titulaba una de sus películas prototípicas e iba fechada en 1943. Calculen ahora, si es que esos eran sus años oficiales y no nos engañaba, como nos engañó Rocío Durcal cuando decía tener diecisiete en aquella de Algueró e iba ya por los veinte.

Como ésta, como tantas pollitas prodigio encarnó el modelo de la cenicienta, para que se viesen reflejadas todas las chiquilinas de su generación, las mismas que acababan de abandonar sus pasadas lecturas de cuentos de hadas y se acercaban por primera vez, pongamos por caso, a las novelas de la señorita Bronté mientras suspiraban, al paso de las páginas, por cualquier ídolo de bigotillo fino, por cualquier galán que las embaucaban con sus sonrisas en los cines del domingo. María Duval fue muy Cenicienta en Casi un sueño (1943. Tito Davison) aunque sin pesadillas, sin lados crueles, oscuros, perversos (sadomaso) como nos pintó Walt Disney en su línea habitual. Ella no sufría nunca la crueldad de ninguna madrastra, no padecía el agobio del paso de las horas. Como mucho, que no es poco, debía asimilar el paso del Tiempo, tomar conciencia de lo que es la muerte, cuando la vejez se llevaba a la tumba al venerable abuelito que tanto la protegió de niña. Entonces derramaba sus pimeras lágrimas de glicerina, como es lógico. Salvo eso, todo es mermelada (rancia), todo es un derroche de frases inmortales de la ñoñería porteña. Que no en vano, en su mímesis de modelos superiores, tenía que ser universal. Porque, Maria nos hace fantasear desde su evidente virginidad, con la Deanna Durbin de aquellos tiempos. La que empezaba a recibir de labios de unos galancitos celestes sus primeros besos. Lástima que María no supiese cantar. No faltaba nada: ese abuelito pura bondad, ese sobrino del ama, mujer que parece terrible pero que resulta simplemente anodina, que la recoge del hospicio y la mete de criadita; ese sobrino, decía, que es músico y se va enamorando de ella mientras la llama Negrita, ese grupin de niños que acuden a clases de canto en la casa y que forman un coro de voces blancas. Incluso esa inquietud que le entra a ella cada vez que escucha la música del piano, o el trino de los pájaros en el jardín. Pero no. La Duval no sabía cantar arias de Donizetti, ni de Scarlatti, ni de Puccini. Sólo sentía extrema felicidad ante lo bello de la música. Lo decía en aquella frase capital: La música debió ser inventada para que la escuchasen los pobres. Porque está en todas partes.

De estas hay cientos de perlas como para hacer un libro de la Colección Azucena y enloquecer al sissy más queer. Romanticismo de tebeo de chicas a la máxima potencia. ¿Y si no era otra Durbin podía ser otra Ann Blyth?. Puede que si. Aunque no me la imagino en el papel de hija de la camarera Mildred Pierce, como la original. Hubiera sido demasiado transgresor. Como sufrir un aborto antes de sangrar por la primera regla. ¿Mantis religiosa?. Por favor. Como mucho, se la hubiera zampado como simple aperitivo una Bette Davis en sus estadios más devoradores.
Repasar sus títulos no me sirven de consuelo, sólo me abren el apetito y me ponen ojos de codicioso, de necesitar más Marías Duvales: Su primer baile, La novia de primavera, Los chicos crecen, Cada hogar un mundo, Cuando florezca el naranjo... Ya no se ponen títulos así. Ni asi ni como los del cine de rumberas mexicanas de los años cincuenta (que eran pura pornografía, insulto a la mujer, bolero de Agustín). Y ese Duval que suena al bello Armand y a la cortesana Gautier, como un imposible fruto de su amor enfermo. ¿Surgió de ahí, de ese lecho de tuberculosa entre camelias marchitas, la dulce María?. Gusto de imaginarla de padres tan egregios, ya que internet no ayuda. Internet sólo ayuda a que no la confundamos con otras Marías Duvales que luego hicieron carrera en el mismo o en distintos medios del espectáculo. Pues hubo otra star con el mismo nombre en México que trabajó mucho en los años cincuenta. E incluso una reciente que es pitonisa (o algo parecido).
Te quiero, María. Y te seguiré la pista entre mantos de lilas, alcanfores de tus vestidos de puesta de largo y de todo lo que la polilla se comió.

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