26 mayo 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

BORO-KAY de Jose Luis (1956. Ed. Carsoto)



Macías Sampedro, que esos eran los apellidos del gran Jose Luis, antes ya tratado en este coleccionable cuando hablamos de su creación Ayax, el griego, fue además de dibujante un excelente ilustrador de portadas. Su labor en este sentido, principalmente desarrollada en la editorial Valenciana, incluiría las inolvidables series de novela gráfica (o pulps) Comandos, Policia Montada o la imperecedera Luchadores del espacio.
Su trabajo como autor de tebeos no fue inferior, como ya dijimos. Aunque en ninguno de sus escarceos pudo resaltar por encima de titanes como Hidalgo o Jesús Blasco, por ejemplo. A éste último le debería sin ir más lejos la asunción del jóven héroe Boro-Kay, en tanto que partiría de premisas ya trazadas por el blasquiano Cuto de los años cuarenta, personaje histórico por cuanto determinó el nacimiento de un modelo juvenil nacional a imitar, logrando que el lector niño se sintiese identificado sin tener que tomar ejemplos foráneos. Boro-Kay, como Cuto, es un adolescente aventurero, autónomo con respecto al mundo adulto. También, como aquel, es la exaltación de una raza (y hasta de un imperio perdido), aunque ésta se revista de detalles narrativos, puro pretexto estético, que invocarían a una sociedad que no era la española, pero que estaba completamente asimilada (o mejor, vista con la envidia del que se siente inferior) en los gustos populares patrios (la yanqui).

El que este tebeo tuviese corta vida indica hasta que punto de mímesis con respecto al comic de Blasco se pretendió llegar. Aún asi, Boro-Kay para una generación de niños educados en los años cincuenta, persiste en la memoria como un fugaz momento de emoción indescriptible. Nada podía detener a aquel pimpollo de doble personalidad. La del tierno y miedoso Tommy Anderson, hijo de quince años del inspector de la brigada criminal de la ciudad, con una hermana de su misma edad (o puede que algo superior, en cualquier caso aún no adulta) que le tenía que pedir (por razones de sexo) que la llevara al cine o la sacara de casa para dar un simple paseo (tan alto era el grado de indefesión, rozando la minusvalía física, al que llegaban las muchachas en flor de la España de los años 50, las sucedáneas de Florita). Ese Tommy, en la soledad de su cuarto, por influencia de su padre, se toma el crimen y la maldad humana muy a pecho y un buen día decide volverse un supermancito (con la ayuda inestimable del cocinero chino Chang), perfeccionándose para ello en las artes marciales (toda una novedad en la España del mamporro y tentetieso), la lucha libre y, por supuesto, en el más completo entreno deportivo. Será entonces cuando el gafitas, tan parecido de perfil al niño Ruiz Gallardón, se transforme en un demigod disfrazado de boy scout, con antifaz y pistola al cinto. Sus músculos se han desarrollado de manera espectacular. Lo único que le resta es que su invento llamado Boro-Kay se lance por las cornisas en busca de la justicia, teniendo mucho cuidado de que su verdad no sea descubierta por nadie (mucho menos por su familia, su entorno).
Son turbadoras las viñetas en las que nos lo muestran puliendo su musculatura digna de portada de un Young Adonis que propicia el exhibicionismo efébico. En esa línea, cada vez que usa su equipo de Boro-Kay Jose Luis nos regala cuadros donde se despoja de la camisa (demostrando, de paso, que los quinceañeros de los años cincuenta en USA no llevaban camiseta debajo). Magníficas las llaves de jiu-jitsu y de catch, tan en boga por el cine mexicano. Y no menos magníficos esos secundarios, los malvados que pueden ir vestidos de gangsters, de faraones egipcios de pacotilla o de científicos locos.

Según fueron transcurriendo sus pocos números, la fantasía se disparó hasta extremos de enorme inverosimilitud. La labor expresiva de Jose Luis conseguiría que aquello no molestase gran cosa, aunque el lector moderno comprenda que tal desbarre lo único que iba a conducir era a la muerte súbita del personaje. Por exceso y por defecto. Pues, en esto último, la serie presenta los siguientes desequilibrios internos: ¿por qué Boro-Kay nunca coincide con su padre en ningun momento?. Este detalle, que puede parecernos ínfimo, no lo es tanto, por cuanto expone la nulidad suprema de un personaje fundamental en la historia: ese inspector incapaz de solucionar nada. Es más, es como si permaneciera ausente de todo y sólo saliera a relucir para plantear un caso (Tommy siempre escuchaba detrás de la puerta) o para tratar con mimo de porcelana a un hijo al que va dando por imposible y que hay que preservar de corrientes de aire y de sustos desproporcionados.
Dos asuntos más: ¿Cómo es que Tommy va a esa tierna edad a la universidad?. El otro sería de dónde sacaba el tiempo el buen mozo para llevar tan agitada doble vida. Observemos que su lema era "acabar los casos antes de que amanezca".
Finalmente, es digno de mención tanto el personaje de Betty (su mejor amiga, compañera de universidad e hija del gobernador de la nación. Tendente a la tonteria feminoide, elemento secundario, como solían ser las chicas en el tebeo patrio, pero susceptible de participar activamente en la acción a su manera, gracias a sus carácter de metomentodo, aficionada a la investigación por su cuenta tras leer las páginas de sucesos de los periodicos); como el de su primín Chuco, moreno apetitoso, con camisetas de listas a lo popolano, que acostumbra a mofarse sin malicia del temperamento cursi de su pariente, llegando a autoproclamarse delante de él como el verdadero Boro-Kay.
Terminamos con una deliciosa respuesta de Tommy a las constantes alusiones a su debilidad física y temerosidad: No soy miedoso, es que no me gusta la violencia













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