12 mayo 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

ORLAN, EL LUCHADOR INVENCIBLE de Boixcar/Boixcar (1947. Ed. Marco)



Obra menor de un Boixcar pre-Hazañas Bélicas que delata esa precipitación típica de un tebeo nativo en su eterna prehistoria. El guión es un puro disparate que termina cautivándonos a ojos modernos por su falsa ingenuidad y por su reivindicación de temas cinematográficos viejos que muy pronto se pondrían muy de moda.
Orlan, independientemente de la procedencia de este pimpollo de dieciseis años muy bien llevados, es la eterna pugna entre cristianismo y paganismo, modelo impuesto desde los tebeos de tono catequista de la España de los cuarenta (Hossana, El benjamín, Cima...). Tebeos que infundían en los niños de esa generación un verdadero trauma ante lo infernal de las culturas bárbaras y las precedentes. Pues en lo romano se explayaron mucho, enfocándolo todo a la brutalidad de los Césares (irremediablemente o Nerón o Calígula) en ese penoso espectáculo del martirio cristiano en el circo.

Recordemos que a la misma altura de visceralidades, El guerrero del Antifaz se cebó con lo musulmán. Asi pues, vemos en Orlan una fusión de odios intestinos que alteran cualquier sentido de la Historia con ánimo de lanzar un mensaje doctrinal a toda costa. Habrá bárbaros, saldrán árabes, romanos a porrillo y por descontado, en el lado del Bien, ejemplos de virtud bajo el signo de la cruz (sin referencias posibles a DeMille pues eso implicaría sexualizar las Sagradas Escrituras, y no es el caso). No importan los anacronismos, ni el alucinante cambio de mentalidad de un héroe titular que no sabremos nunca si apostató de su fe vikinga por acogerse a la "auténtica" por un simple "cuidarse el pellejo" o porque en verdad sintió una llamada espiritual. Lo que prima es el mensaje pernicioso bajo el subterfugio de la aventura, de la acción por la acción, del ambíguo espectáculo de la violencia (esto último pudo desarrollarlo el autor más ampliamente en su exitosa Hazañas).
Este jovencito, que abandona a los suyos para luchar contra los romanos, a los que cogerá aprecio (al menos si estos son gladiadores a los que no les importa antes de salir a la arena el besar el crucifijo que pende sobre su pectoral, o bien generales que se parecen al protagonista de Quo vadis), estaría a medio camino entre el tierno Dominguito del Val y el Cruzado más aguerrido. O sea, entre el mártir y el verdugo. Un hibrido imposible. Un disparate como cualquier otro que sólo los sociólogos de épocas pretéritas podrían considerar interesante en la actualidad.

A nivel estético, el subdesarrollismo se palpa constantemente: pobreza en las formas humanas, prisas en la grafía... Los conocedores disfrutarán de lo lindo sacando parecidos razonables en los personajes de Arrio, centurión pendenciero y el general Sixto Cuadrado con Mesala y Ben Hur, respectivamente. Siendo la adaptación al sonoro de 1959, está claro que Boixcar se habría inspirado si no en la cinta muda de Fred Niblo al menos en la exitosa novela original. Por otra parte, el personaje (realmente curioso) de Sixto en su reconversión a la Fe de Dios, remitiría al inminente Robert Taylor de la ya mentada Quo Vadis, que también gozó de varias versiones en el período silente.
Sixto Cuadrado pasa por ser un elemento positivo del tebeo pero, a la larga, se adivina más complejo. Lástima que su psicología no esté bien desarrollada. Es posible que Boixcar quisiera decirnos más cosas de él de lo que pudo o le salió. Pero el hecho de que un romano (que oculta su cristianismo, pero es traicionado por su amigo Arrio, mientras profesa otra malsana adoración "a la romana": por el efebo Orlán, lo que evidenciaría que, en verdad, el general es politeista) sea apresado y a partir de ahí se transforme en una criatura esporádica, estática, en poses decadentes (recostado y casi siempre semidesnudo, como a la espera de alguien, dentro de salones lujosos pero vacíos o en lechos más vacíos todavía) daría que pensar en si no nos estaría ocultando a muchos de nosotros su gran verdad, su nueva transformación, su verdadero rol en el palacio de Neron y cía.

Los dieciseis números que conforman el tebeo son más que suficientes para una historia que tenía sus limitaciones. Alargarla ya hubiese sido desastre sobre desastre. Quedan para el recuerdo sus momentos de martirio en el circo, frente a un emperador siempre en su puesto de crueldades, donde vemos a los cristianos atados a palos enormes mientras los leoncines se acercan a la carne sosa relamiéndose, queda la inquietante dictadora Popea (con cara de Pampanini -la pecadora de la Antiguedad más a mano- y disfraz de bruja de tebeo de hadas), la dulce Octavia (muy arregladita y glamourizada para ser asídua de las catacumbas), los mazas bonachones y barrigudos, como Otón y Brutus, que derriban con facilidad a cuanto pagano se les acerque con cainitas intenciones (sean moros, númidas, o romanos), queda hasta la aparición millonaria de Pablo de Tarso evangelizando (para solaz de Acción Católica). Y, por encima de todos ellos, sobresaliendo triunfal Orlan, nombre magnífico, de impepinable gesto, virtuoso ademán, esa rubiez rotunda que indica, por un lado, pocos años y por otro, una raza (que ya no le interesa confesar), capaz de tentarnos desde su castidad con frases como No dés tanto y recibe un poco, tras haberle espetado el moro sanguinario un adecuado Maldito imberbe, te voy a deshacer las tripas.. Dobles sentidos que alteran a enfermos de otro tipo de sadismos (o quiza del mismo), elementos de los que nunca anduvo coja esta religión tan masiva, tan totalitaria, tan total.








No hay comentarios: