13 mayo 2009

Macisterotique

* Ando algo sobresaltado y aturdido. Me duele la cabeza. El trabajo intensivo de ayer, la mala noche que me dio mi madre, la noticia -que es hoy comidilla de media ciudad- sobre el tiro que le han pegado en su domicilio a un conocido hostelero de una céntrica cafeteria, ubicada justo enfrente de los báteres del rollo... Quizá sea esto último lo que más mella me haya hecho. Porque al fulano lo conozco desde que llegó a Galicia y se vino a vivir con unas putas al piso de arriba. Se fue un día y luego, pasado el tiempo, volví a saber de él cuando cogió la cafeteria en cuestión. Un tipo normal, discreto (pese a un bagaje peligroso, recorrido sin manchas policiales), que sabía que a veinte metros había homosexualidades a go gó (muchos de sus clientes lo eran, sus terrazas ofrecen espléndidas vistas a la cloaca del amor). Pero de un tiempo a esta parte, prescindió de camareros. Subcontrataba a freaks de la capital a los que se les veía montar las terrazas, servir (poco) y trasladar la basura a los contenedores cercanos al báter. Lo que me hizo sospechar de su doble vida fue cuando aparecieron yonquis y cocainómanos habituales del barrio chino para las mismas funciones que los freaks tarados. Y para algo más. Me refiero a que se apostaban en la puerta siempre los mismos, sobre las tres de la tarde, esperando a que abriese el local. Cuando lo hacía, entraban y al poco rato salían para meterse en el báter público una raya o asi.
Le comenté la semana pasada a un fulano que qué le pasaba al jefe. A santo de qué venía tanto descaro. A plena luz del día, en el centro-centro. Y ahora que quiera la prensa vendernos el caso (disparo en su domicilio con intento de robo) como una más de esas movidas de delincuentes organizados que se dedican a estorsionar a honrados empresarios españoles me parece algo repugnante. Sobre todo porque esa presunción de inocencia del individuo en cuestión nace de su falta de antecedentes penales. Prefiero sospechar de los "limpitos" que lanzar una filípica facilona en contra de lo peligrosos que son los inmigrantes y las otras razas que nos invaden. Sinceramente, si. Se supone que todo se sabrá. Aunque los conocedores ya saben, incluso más que yo. Y lo comentan a sotto voce.

* Conci a Anxo. Justo enfrente de la cafeteria. El viernes por la tarde. La hijaputa de la limpiaretretes ya iba a cerrar el chiringuito. Asi que no entré. Pero me fijé en él. Rubio, mono de cara, algo rellenito pero bien formado, un poco perdido... Esto último no me obnuviló. Mantuve las distancias, oteé el panorama. La bruja de la escoba y la lejía pasaba al lado del muchacho. El no se movía en exceso. Pensé por un momento si no la estaría esperando a ella. Que a lo mejor era su hijo. No quise meter la pata pues esa es una descarada. Pero, bueno. También observé que revoloteaban por la zona maricarcas con ánimos de engancharlo. Por tanto, decidí actuar. Miradas. Alejamientos con paradita, para comprobar si se daba por enterado. Sus ojos fijos en los míos tenían la expresión de decirme: Llévame contigo. Me siguió. Fuimos a unas galerías. Dentro de estas nos saludamos. Resulta que el había quedado con un tipo por el chat y pensaba que había sido yo. Pero yo no era, porque yo no chateo desde hace tiempo. Justo desde mi última desilusión, el año pasado.
Bajamos a una planta en demolición. Oscuridad, insalubridad, pero sin demasiados riesgos de ser descubiertos. Este chico besaba. No muy bien, quiero decir que no come la boca, sólo dona y recibe la punta de la lengua. Después de tanto de no practicar esta delicia aquello me supo a gloria. Palpé formas. Estaba muy bien. Polla normal y en on. Tetitas saltonas. Algo de barriguita, la justa. Poco pelo. Colinas traseras bien hermosas. Su saggin fue providencial. Adoro a los saggers jovencitos y él lo es. Es muy fácil sin desabrocharle el pantalón conseguir separarle las nalgas para alcanzar el húmedo agujero. En su caso fue algo más complicado, pues había que separar bastante carne prieta. No importó, se bajó el pantalón y me dejó hacer. No mucho. Nos la chupamos y me folló con condón.
Despues de corrernos salimos del underground y le vi mejor a la luz del día. Es muy guapo. Tiene unos ojos azules espléndidos. Supongo que a sus padres no les costó trabajó ponerle Anxo de nombre (su carita lo estaba pidiendo a gritos y pucheros). Anxo es Angel en gallego.
Tiene veintidos años. Quería amistad. Yo le dije que tenía prisa. Le di el teléfono y un poco de esquinazo. Se quedó con ganas de dar una vuelta conmigo. Pero ¿para qué?. No me quiero comprometer con nadie. Y, en última instancia, no sé a lo que llegó con el fulano de la cita a ciegas en el chat, si habían quedado en ir a la iglesia a casarse o qué, pero una cosa les aseguro... yo sólo pasaba por allí.
Esa misma noche me telefonea. Quiere quedar para salir de marcha. Qué pereza. A mi edad... ¿Cuál es el plan, un botellón regio?. Paso. Ni se lo pregunté. Quedamos para la tarde del sábado.
Y la tarde del sábado fuimos a mi casa. Más nervioso yo que él. No funcioné. El si. Pero sin demasiada pasión. Se me declaró versátil. Pero al afrontar el rol de activo me folló sin brío. Y me fijé que lo hacía mirando a las postales que adornan las paredes de mi habitación. Algo normal, dado el amplio despliegue de maravillas. Su rutinaria enculada no me resultó agradable. Se corrió masturbándose mientras le daba mi boca.
Salimos a la calle. Coñazo total. Me pregunta memeces tipo: ¿De verdad que no eras tu el del chat?. ¿No tienes móvil?. ¿Cuál es tu messenger?. ¿No tienes amigos?. Hablamos de él. Es periodista, ahora prepara oposiciones, vive en la ciudad con sus padres, sus amigos no son gays, ellos saben que el es gay, le gusta salir de noche (como cualquier chico normal de su edad). Le hablé un poco de mi. Rapidamente le avisé que no soy muy sociable, que no me gustan las cafeterias, que tengo amigos pero que pasamos de los treinta y cinco, y a esas edades la vida nocturna de mis más allegados se circunscribe a la que le pueda dictar su posición de padres de familia, un tratamiento psiquiátrico o su hastio sin más. Que me gusta la tranquilidad y mi mundo. Que no estoy cerrado a compartirlo con otros si eso no me resta tiempo a mis aficiones, a mi labor de cuidador familiar... Y, por descontado, la disculpa definitiva: Yo sólo pasaba por allí (y te vi).
Creo que fui contundente. No me dolieron prendas. ¿Pierdo algo?. Puede ser. No me comería el coco con eso. El único comentario que hizo de su paso por mi habitación de los tesoros fue un vulgar: ¿esos libros de cine que tienes, qué son... de tu madre?. Nuevo periodismo, sin duda. Nueva generación, también. Lo malo es que hace quince años me pasaba lo mismo con los de quince. Una pena. Una pena de ojazos, desde luego.

* Hoy por hoy disfruto más con mis machitos bi. Con Jose el scatyolista, con el missing Victor y con esos anónimos a los que hay que urgentemente encontrarles un nombre. Por ejemplo, con "putero". Este sé que tiene un hijo. ¿Qué nombre le vendría mejor?. ¿Jose, tal vez?. Es mi sino. Hacérmelo con todos los Joses del mundo. Aunque tampoco estaría mal que se llamase Pepe. Muy typical spanish. Bien, al fin me penetró. Sin condón. De otra forma era imposible. A otro que se le adormece con la dichosa gomita. Muy bien. Tiene una polla preciosa. El es una birria de hombre. Cercano a los sesenta. Pero me gusta. Porque es educado, cautelosos, porque se le ve inexperto en tíos, pero con ganas de practicar. Y yo esta última vez le he dejado un buen sabor de boca. Quizá el sábado repitamos.
También hace veinte días lo hice con un tipo ya frecuentado. No es muy agraciado tampoco, pero es cariñoso. Eso me basta. Al menos, en contactos rápidos en báteres a mi me bastaba. Tiene cuarenta y cinco y vive en la capital. Me ha dicho que trabaja en el Complejo Hospitalario. Pero la cuestión es que esta vez me monté en su coche y fuimos hasta un piso que tiene un amigo en alquiler y a medio arreglar. Yo llevaba mi consolador, me lo había estado introduciendo en unas galerías con espejos preciosos. Tenía, como comprenderán, el orifcio anal muy abierto y mojadito. Pura sabrosura. Durante el trayecto le enseñé el armatoste (Tobías, le llamábamos Jose el chapero y yo hace años. Y Tobías le quedó) y se puso muy contento. No le importaría meterme aquello de nuevo en aquella casa. Aunque le parecía un poco desproporcionado. ¿Diecisiete centímetros es una desproporción?. Entonces ¿cómo tendríamos que llamar a mis trece centímetros oficiales o a sus, aproximadamente, diez?. No me suelo quejar del tamaño de los penes de los tíos. Ni por que no lleguen a los quince reglamentarios ni porque los superen. Cada uno tenemos los que la madre nauraleza nos ha dado. Lo importante es saber darles una función o, al menos, divertirnos dentro de nuestras posibilidades creativas.
En aquel piso lo pasé muy bien. Muchas caricias, mucho juguete, mucho "ay, tu coñito está bien jugoso"... Y, claro, me corri por delante y por detrás. Por delante, de una forma extraña. Como si estuviese sólo en mi cama, frotándome contra el colchón mientras me perfora el ano Tobías, el bribón. Pues eso. De esta vez, manipulándolo este ligue.
Me acercó luego a casa. Hablamos de lo de siempre. Lo bien que estaba la alameda hace treinta años, sobre su relación más duradera abreviada en dos minutos... Este no tiene hijos. Apenas me dejó abrir la boca. No me parece mal. Me dio más de lo que aguardaba esa sobremesa. Entre mi espectáculo de peep show en esas fantásticas galerías y su rollito a lo Ultimo tango en Paris (bueno..., se llama Javier) me sentí orgulloso de haber levantado al fin cabeza, después del diagnóstico aquel de la doctora. Desacomplejado total.
Y luego empezó a diluviar. Toda la tarde. Yo en casa, con pelis a porrillo. Lo dicho hace una semana: que soy feliz.

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