18 mayo 2009

DELIRIOS SERIADOS

JUNGLE QUEEN (1945. Lewis D. Collins y Ray Taylor)

Este serial es una soberana tontería. Y, aún por encima, un aburrimiento. Nulo ingenio, carencia de sorpresas, finales de episodio que en modo alguno te clavan en la butaca... Jungle queen es tan repetitiva como repetitivo era a esas alturas el cine por episodios, al menos el ambientado en la jungla californiana. El único punto de interés radica en ver a la futura morena de la Warner, Ruth Roman intentando ubicarse en el mundo del cine.
Ruth era fantástica, aunque su categoría en Hollywood siempre fue menor, en comparación a otras figuras potentes de la empresa como Bette, Joan Crawford o, ya puestos a la evasión en reinos de fantasía, Virginia Mayo (más aventuril que las otras). La Roman hizo muchos westerns de serie B. Sobre todo en los años cincuenta, cuando el western Warner era ante todo un par de enfrentamientos: uno, entre el héroe y los malos por un territorio, unos caballos, por lo trascendente: otro, entre la morena (la Roman) y la rubia, luchando con uñas y dientes (y algún que otro disparo de revólver al aire) por retener al cowboy en sus redes femeninas, por esa frivolidad que es el amor. Ruth siempre fue, aún en Warnercolor, dama negra (o noir, que dicen los franceses). Y, sus comienzos no tienen nada de deshonroso, antes bien, la encarrilaban dentro de un universo nostálgico y humilde en formas, como parte de un amor irracional de sus fans antes que como ese nombre indisoluble a obras maestras del cine.
Ver a Ruth Roman en Jungle Queen, pese a sus múltiples defectos que luego mencionaré, es sobresaltarse ante su salvaje y, a la vez, serena belleza. Es sorprendernos al verla con portentosa melena (en los cincuenta llevaba el pelo muy corto), es deleitarnos con un vestuario compuesto por un único modelito de color blanco, de enormes sedas, con el ombligo al aire. Asi la idealizaron los responsables del serial. Asi fue la reina de aquella jungla absurda, llena de exploradores pendencieros, de científicos sabedores de un secreto apetitoso para nazis sin corazón, de intrigantes sicarias de hombruna apariencia que revelan algún sáfico interés por la linda exploradora de imperdible salacot, de nativos negrísimos como el betún que la adoran en cuevas-templo, mientras ella se aparece siempre de la misma extrañísima forma: toque de gong, se abre una compuerta, se ve a Ruth atravesar un increible cerco de fuego quedándose en el umbral, estática (en tanto que fugaz y mágica presencia), mientras sus sedas se mueven por traviesas ventoleras. Entonces ella sentencia en eco y los demás la obedecen.
Ruth en la jungla es un divertido error. Se pretende dotar al personaje de unas características sobrenaturales, que cuestan trabajo creerlas. Primero, porque los directores son incapaces de dotarla de poesía, más allá de una aparición nocturna, más allá de esos velos que se agitan por ventilador. Segundo, porque en ocasiones la propia diosa es tremendamente humana, cayendo en peligros de los que debe ser rescatada por el explorador bueno.Y tercero, porque la manera en la que luce nos mueve a encontrarle reminiscencias bien distintas (sólo conciliables por el artificio, que ya es bastante) pues no sabemos si nos recuerda a una dama de la restauración inglesa en negligeés, que se escapa por insomnio de su alcoba (como una suerte de Margaret Lockwood antes de dedicarse al bandidaje), una Rebeca de Winter rediviva o una anticipación de sultana yanqui a lo Yvonne de Carlo.
Los más estudiosos del serial, destacarán como crucial el papel relevante que juegan los nazis en ese mundo otrora invadido por exploradores angloamericanos sin escrúpulos, buscando marfil y otros tesoros de la huerta. Es comprensible que esto sucediera, pues el serial se filmó a punto de acabarse la guerra. Pero también habría que recordarles, que dos años antes ya hacían acto de presencia los alemanes y sus sádicas maneras en la divertida El triunfo de Tarzán (1943. William Thiele), un título que para los aficionados al ciclo Weissmuller sobre El hombre mono, representa el comienzo de la decadencia del mito. Cierto que lo es, y sin embargo, parece oro puro en comparación con este aburrido serial de la Universal Pictures.

véan dentro de dos lunes...
LOS TAMBORES DE FU MANCHU (1940. John English y William Witney)

No hay comentarios: