04 mayo 2009

DELIRIOS SERIADOS

PERILS OF NYOKA (1942. William Witney)

La nueva Nyoka del serial se llamó Kay Aldridge. Parecía la hermana pequeña de la original, con lo cual inspiraba mayor fragilidad al compararla con el machito de turno, que en la primera parte eran un fifty fifty de poderíos y parecidos (Frances Gifford y Tom Neal). Al sustituir a Neal por Clayton Moore, el prototipo de galán fuerte, guapo y aguerrido se mantuvo inalterable. Sin embargo, Nyoka daba muchas veces la impresión de verse imposibilitada para ciertas situaciones de peligro. Tal sensación en seguida desaparecía, pues miss Aldridge era una excelente jinete, una reinecita de la flexibilidad ósea, una liebre con uniforme de expedicionaria. Y si la vimos poco mojada, también hubo momentos para el buceo. Aunque lo suyo era más el campo a través. Las carreras pedestres en la compañía de su fiel perro Fang (en Dni, Ace).

En cambio el serial se lo lleva con todos los derechos de la villanía, la suprema Lorna Gray en el papel de su vida: Vultura (vulture es buitre en inglés). Una reina ambiciosa, de extrema crueldad, de peculiar fijación por acabar con la heroína. Su vestuario es lo suficientemente estrambótico para no desentonar en tamaño carnaval. Su turbante con un brillante en el centro, su aparatosa capa de gran vuelo con caperuza incluida (una de las más insólitas del mundo de los disfraces) ocultando su vestido de corte asimétrico que dejaban una pierna al aire y la otra semitapada (de todas formas, en su alucinante trono ella sabía sentarse con una maestría tal que aquellas pantorrillas conseguían ser el verdadero tesoro de un serial cuya razón de ser era el descubrimiento de unas cuantas alhajas, pura quincalla), su anillo donde escondía venenos letales, sus zapatos plateados de chica topolino, su maquillaje a tono con su mente manipuladora (esas cejas perfiladas hasta la sien). Lorna Gray no es una bruja como la de Blancanieves. Al menos es más jóven y su físico remite por completo al tipo de chica de los forties, al estilo de una pin up marca Hayworth, Raines o Grable. Y como reina de un Oriente de pacotilla, se deja seducir por la maestra Montez cuando hacía de malvada (en doble papel) en La reina de Cobra. No le faltan ni alimañas parecidas. Lleva dos terribles, enroscadas sierpes bordadas a la altura de su pecho (a falta de escotes...). A Vultura además se le intuye una interesantísima vida sexual. Vive rodeada de fetiches humanos: un ridículo (pero follable) gorila con el que deambula por el palacio atado a una cadena (que es zoófila está clarísimo), una dama obediente que adopta una posición de perra al pie de los cuatro escalones del trono, siempre aguardando sus órdenes (se supone que esa dama es de muuucha compañía); además, se rodea de beduinos muy mayores (lo que explica su mundo de ambición ilimitada, conquistado a base de innumerables seducciones de alcoba, donde el amor no pinta nada).
Vultura no es una mujer pasiva, toda tiesa en un triclinio de inválida y dando órdenes. No. Ella es la primera villana real que se enfrenta a la heroina revolcándose con ella por el suelo, arañándola con las uñas, persiguiéndola a caballo o removiendo cielo y tierra, camuflándose bajo una identidad falsa si es preciso con tal de lograr una pista que la lleve a las dichosas tablas del tesoro. Su capa no la utiliza como cobertor de sus maldades, antes bien es un subrayado de su categoría imperial.
Es curioso lo grandes que pueden resultarnos desde una percepción camp ciertas actrices mediocres de la serie Z. ¿Es que acaso no merecieron un éxito mayor?. Si Lorna no hubiese deambulado por cientos de subproductos de la Republic y se hubiesen fijado en ella las majors, su categoría de tirana de cartón piedra hubiese sido desperdiciada en roles muy secundarios. Por ejemplo, ascendiéndola a los reinos de Maria Montez es más que probable que la productora Universal la hubiera confinado al breve papel (pero muy agradecido, ojo) de damita (cerda, traicionera) de su majestad María (o sea, que su aparición acabaría en la siguiente escena a la traición, a base de un puñal certero que le clavaba al vuelo algún sultán pro-Montez).

Kay Aldridge, asimisimo, si fuese una chica de la Metro Goldwyn Mayer vaya usted a saber si no se hubiera eternizado en los papeles de hermanita gentil y un poco provinciana de la housewife June Allyson o de la relamida primera Liz Taylor. Y, sin embargo, en el serial se vio que era perfecta para la intrepidez. Lástima que su aspecto físico nos siga evocando inocencia de bobby soxer. Los guionistas le regalaron espléndidos momentos de bondage, pero sus expresiones (bien de susto, bien de asombro, bien de dolor) en tan delicados trances fueron un poco inapropiadas. Recordemos que estuvo a punto de ser atravesada por una plataforma de pinchos terroríficos, de quedar desmembrada en una tabla de estiramientos, de tostarse en brasas ardientes, incluso de ser partida en dos en un memorable péndulo (que tanto le debe a Poe como a Edgar Rice Burroughs). Pues bien, cuando dentro de una gruta encontraban Nyoka y su macho el tal artilugio, la carita de alegria de ella correspondería a la de cualquier niña que se deja seducir por una atracción de parque infantil (si se piensa en el curriculum que llevaba la mocita, daría la impresión -para mentes perversas- que en Nyoka la ingenuidad recalcitrante era el primer paso para acabar como una masoca en potencia). Como es lógico, la heroina se sometía al horrible tormento, aunque en calidad de desvanecida, lo que cohartaba en gran medida el poder sadístico de esta tortura.

Poco importa este último detalle. William Witney es un magnífico realizador de seriales. Crea emoción con cuatro perras. Sus movimientos de cámara, incluso la utilización del sonido (el filo del péndulo cortando el aire al mismo tiempo que la respiración del espectador) ayudan a conseguir sus propósitos. Otro ejemplo paradigmático es el soberbio final del capítulo titulado Underground Tornado. La perspectiva que toma la cámara al enfocar a la heroína aferrándose a la nada mientras el tornado la va desplazando hacia el infinito es un prodigio. Qué más da que la situación se resolviese desde la trampa. El siguiente capítulo, pese a sus añadidos, se iniciaba con Nyoka en una vuelta de tuerca mortal. Continuábamos en pleno orgasmo, sin bajones radicales. De nuevo está todo Indiana Jones aqui ya (incluido el puente colgante sobre cuatro maderas carcomidas que se vienen abajo).
Pensemos que los quince episodios se rodaron en mes y medio. Con todo, fue el serial más caro de los tres que rodó la Republic ese año. Y llama la atención que el capítulo final, no siendo nada espectacular en cuanto a medios empleados, aún siga teniendo el vigor que corresponde a toda apoteosis que se precie. El duelo final de Nyoka y Vultura, claro. Poco antes la mala malísima abría el cofre del tesoro (se quedaba prendada de un cinturón enorme cargado de monedas de oro, el cual no soltaba por nada del mundo. ¡No se percataba de que no podría ponérselo a no ser que engordase cien kilos!). Nyoka entraba en acción y se enzarzaban en una pelea cuerpo a cuerpo (nos dimos cuenta entonces, más que nunca, con regocijo infinito, que Vultura llevaba debajo del vestido un traje de baño estilo Esther Williams, una vez más a juego con su look forties). El terrible simio gigante, al intentar ayudar, cometía una garrafal equivocación y clavaba una lanza en la espalda de su dueña. Clayton Moore tambien probaba los placeres de la lucha libre (no hacía otra cosa a lo largo de la historia que pegarse revolcones con seudo árabes en albornoz) ahora con el simio. Pero era imbatible y estaba muy dolido en la moral después de su capital error. Los disparos de Moore rebotaban sobre su peludo disfraz. Y cuando ya nada parecía poder salvar al chico de una muerte segura, aparecía la astuta Nyoka que sacaba la lanza de la pérfida, hundiéndola acto seguido en el lomo del monstruo.
Un gran final.


véan el próximo lunes...
THE PHANTOM (1943. B. Reeves Eason)

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