15 mayo 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)

Capítulo décimo cuarto

Es la fiesta fin de curso
Y de nuevo, un año más, cumpliéndose los inexorables vaivenes del Tiempo, llegaban los calores. El fin de curso reglamentario. La disposición de todos mis compañeros favoritos a exhibir su rozagante pubertad en manga corta. Ya no más jerseys, ni anoraks largos y feos que tapaban por encima de la rodilla aquellas formas varoniles tan deliciosas. Ahora todo parecía querer reventar en una explosión de sensualidad, a veces ténue y otras demasiado agresiva para tan pocos años. Y más si los comparamos con la mía. Pues yo era una forma absurda en el fondo de una habitación con pupitres. La poca ropa en mi caso acentuaba mis precariedades. Evidenciaba mi nulo rendimiento en la clase de gimnasia. Pero peor. Pues en vez de acumular grasa, estaba en los huesos. Era un cadáver ambulante con propensión a sudar y, por ende, a manchar mi limitado vestuario por la zona sobaquera. Encima, una incipiente sombra de bigote ayudó a dejarme transformado en un ente absurdo en comparación a mis atléticos y admirados compañerines, aún imberbes pese a su desarrollo muscular. Que con un simple empujón se me pudiera derribar era algo fácilmente demostrable, no bien lo probó un hijoputa seboso del aula contígua en una salida de clase. Me había propinado un empujón en plena escalera. Cai a rolos, rompiéndome una pierna por el camino. De ahí el trauma escaleril. Sería incapaz de ser vedette del Moulin, pues la primera norma básica para ser competidora de la gran Mistinguett es bajar un montón de escalones dorados y, encima, con sobrepesos de plumas equivalentes a todos mis libros del bachillerato sobre la cabeza. Aquella caída llevó a que se me fuese escayolada la pierna. Y yo, por la verguenza de salir al exterior como un herido de guerra, prescindí de ir a clases mientras duró el tratamiento con yeso. En realidad, me aproveché bien del tema dado mi poco interés por acudir a aquel sitio tan deprimente que ya estaba adquiriendo rango de caserón de la Bette Davis y la Joan Crawford.
Pese a ser un niño ridículo, por fuera y por dentro, para la mayor parte de los mortales que me rodeaban, fueran crios o adultos, conseguí el aprecio de mi profesora de inglés que, aunque peligrosa e irascible (fisicamente una respuesta femenina a aquel profesor hippy que ejercía su docencia en 3º de EGB) me había cogido, por algún intringulis maternal que se me escapaba, un especial cariño. Yo dominaba bien la asignatura, por supuesto que esa circunstancia hizo mucho. En cualquier caso, se interesó por mi y me preguntó cual había sido el motivo de mi ausencia de tres o cuatro semanas. Le expliqué lo de la escayola. Y, lógicamente, puso cara de incrédula, pues el mundo estaba lleno de gente con escayola caminando por las calles, acudiendo a sus trabajos, practicando natación sincronizada y hasta bailando la muiñeira, llegadas unas fiestas patronales.
Y yo que quería hablarles del calor (y vive dios que no el que provocaba aquella ortopedia de mil demonios, que me creó claustrofobia, ahogos respiratorios y hasta el mal del calambre).... De los meses veraniegos. De ese reloj que hace funcionar la vida, implacable, impenitente, crucial. Y aun más lo es en la vida del estudiante, que ve como sus endorfinas se ponen a pleno rendimiento. Que lo que tiene ganas es de gritar, zapatear los libros, besarlos a todos (los niños)... Y, en cambio, surgia la paradoja. El peor mes del año era junio. Los exámenes finales. La gran angustia. Enclaustrarte en casa para estudiar lo que no has estudiado durante el año. Ver que ya todo esfuerzo es en vano, que lo que necesitas es hacerte una paja (y ni una llegaría para cualquier muchacho atómico, en cambio mi cuerpecito no daba para más que una diaria).
Y cuando la horrible semana de las pruebas acababa, aparecía la liberación total con la fiesta de los playbacks que montaban los salesianos en su teatro. Se apuntaban grupitos de alumnos. Ensayaban los números musicales de actualidad. Era como una Eurovisión del boy scout en la que nunca participé pero a la que no dejé de ir jamás. Porque ya digo que era junio y yo tenía el romanticismo a flor de piel. Reparaba en la actuación de fulanito (el del pollón) que se había montado con otros cuatro un playback estupendo de aquella canción de la Orquesta Mondragón que admitía pantomima y disfraz. Y me encantaba verlos bailar tan bien. No conocía aquellas facetas. Los chicos también bailaban. Todo simulaba estar permitido llegado el final de curso: un pateo desde las butacas, insultos soeces a nuestros maestros, que se hacían los sordos (tanto decibelio seguro que los dejó tenientes a más de uno). ¿Ganaron los de A-Ha y el "Take on me"?. Se supone. Primaban las canciones pegadizas, los éxitos todavía inmarchitables del pop anglosajón (aunque viniese de Suecia, y una Suecia entendida por unos de la Avenida de la Habana), aún por encima del toque distinguido aportado por un mentecato con la cara picadita de viruelas que imitaba a Sting, presentándose para ello ante el público vociferante con su primer guardapolvos, incluso frente a las epopeyas grandilocuentes de Queen, de algun heavy abucheado por estridente y, por descontado, del rasca guitarras concienzudo creyéndose el puto Mark Knopfler mientras sonaba a megavatios (para horror de los sacerdotes que ocupaban de pie los laterales del teatro) Sultans of swing. Ganaban los del Take on me, con un chavalito monísimo que en nada tenía que envidiar en hechizo al original. Y luego, en mi habitación soñaba con el estribillo, con los más allegados de mi clase, incluso con los perros totales que durante esos días de sol me dedicaban sonrisas de despedida. Y alli estaban, en coro juvenil, como el del We are the world, en buen rollito, diciéndome en éxtasis: adios, te queremos tal como eres, un original. Moviendo los labios, chasqueando los dedos, meneando caderas, piernas y cabezas, éstas últimas muy rapadas por el calor, mientras pinchaba en el radiocasette mi playback para ellos, uno ideal: Forever young de Alphaville. Como el Vienna de Ultravox, otro de esos hits que no paraba de escuchar en aquel junio de 1984. Era acabar y volver a empezar. Y en mi sueño, mis compañeros, ya amigos para siempre, no se cansaban tampoco de repetirlo. Yo era su coreógrafo amante. Venían vestidos como a mi más me chiflaban, se tocaban sus pollas en dulce camaradería, de manera fugaz pero evidente, al compás de los sones del tecno pop. Quería apurar aquel final, que no acabase nunca, por si después del verano ellos ya no estaban. Iluso de mi. Ellos siempre estuvieron. Aunque distantes por encabronados natos. Si no los mismos, otras copias de los mismos. Porque era mi fantasía la que regía. Y mi fantasía nunca me iba a abandonar.
Tan sólo descansaba a ratos. Porque también es cierto que me aterraba el tema de la "tirada al pilón". Era una tradición absurda, obscena. El tío más borde de la temporada era arrojado a un abrevadero de cerdos sito en la granja de los curas. Yo jamás fui arrojado a ese sitio tan innoble. Bien es verdad que consideré como algo interesante la posibilidad de erigirme como juez inquisidor, dictador por un dia, y tirar con ayuda de mis esbirros fieles a tal o cual baboso. Pero me temo que las apetencias no serían las mismas en el bando de los que juzgaban en verdad, los responsables de las amenazas de mojaduras tan vejatorias. No sé si estuve alguna vez entre los candidatos a tan alto aquelarre. Como tampoco si dicha práctica se llegó a realizar más allá de sus sueños de sadismo. Es posible que fuese más leyenda, machorrada de botarates que otra cosa. Los salesianos eran muy controladores de cualquier acto de subversión. Y en última instancia, el escaqueo de la posible víctima durante fin de curso era mucho más fácil, pues los horarios eran más flexibles, en el sentido de que cuando acababas un exámen te ibas. No había que esperar a ninguna campana, con el riesgo que esto conllevaba de que aquellos guardias piloneros viniesen a fusilar al afortunado de turno.

Las sensaciones de un verano en pubertad
Tiempos en los que aún no conocía el implacable calor de la ciudad. Pronto nos íbamos mi madre y yo a La Coruña, donde teníamos un piso alquilado a trescientos metros del mar. Aromas de capital, señorío y finura. Y la posibilidad de jugar a ser un niño rico, con dos casas para mi. Ahi estaba la veraniega muy vacía de mi mundo privado, pero que yo me iba encargando de llenar gracias a pequeños detalles traídos en mi maleta: un radiocasette, unas revistas, una máquina de escribir... Además allí teníamos la tele grande, el piano infantil, la enciclopedia Salvat, Reader's Digest por un tubo. También algunos tochos de novelas de trascendencia universal (Las Mil y una noches, Guerra y Paz, El Quijote) de los que prudentemente me mantuve alejado durante siglos. No eran dias para quedarse encerrado en una casa, por muy primorosamente amueblada que estuviera (para mi era el cúlmen de la sofisticación el espejo ovalado y giratorio que lucía en el dormitorio de mis padres, como el puf que se habían agenciado en aquella muebleria tan chic, como aquella puerta de cristal corredera que comunicaba mi habitación con el salón de estar y que me permitía ver Sábado Cine desde la cama para, acto seguido, conectar desde mi transistor de la mesilla con la tertulia de Jose Luis Garci debatiendo la peli en cuestión por Antena 3 Radio. Aquella sintonía de su programa, Gloria Lasso y su Luna de miel, era perfectamente inolvidable). Todos aquellos pequeños placeres me hacían sentir un crío dichoso, eran capaces hasta de hacerme olvidar mi propensión al alejamiento social. Mi introversión en verano lo era menos. Pero no obstante, jamás procuré integrarme en la felicidad de los demás, simplemente me llegaba con observarla, siguiendo los pasos de mis padres o bien, escapando por libre a pocos metros de distancia. Tenía la seguridad de que era imposible toparme con nadie de mi entorno habitual. Era, al fin, un ser anónimo dentro de mi marcadísimo anonimato general. Entonces, cuando esto último sucedía, la urgencia de sexo se imponía. Me subyugaban los muchachos de La Coruña. Mi paletismo me llevaba a pensar que la belleza física era directamente proporcional al número de habitantes de una localidad. Cuanto más poblada sea esta, con más Marlon Brandos te tropezarás. Era ignorante de los peligros que conllevaba vivir en una zona cercana a un enorme parque, donde existía el trapicheo, calles adyacentes donde se acumulaban las casas baratas para gitanos y otros lumpen. Desconocía que, por muy anónimo que fuera, era lo suficientemente llamativo para ser desvalijado, presa fácil para determinados jóvenes amigos de lo ajeno. Aun asi, me obcequé en dar el paso. Salir del cascarón, aunque sólo fuese para ponerme moreno. Averiguar por mi mismo los misterios en torno a la búsqueda de un sexo marginal, al estilo del que yo conocía, muy por encima, en la otra capital.
Y en aquel parque, el de Santa Margarita, conocí que las historias de homosexuales tendían a repetirse. Que los báteres estaban llenos de maricas implorando/exigiendo/comprando contactos rápidos. Que había viejos para llenar varios cementerios, con desmesuradas ansias de hacerte un favor: librarme de mi virginidad. ¿De dónde les podía venir tanta ansiedad si ni siquiera podían andar con garbo?. Muchos arrastraban los pies entre charcos de meados, sangre y leche infectada, oliendo a mierda y con mierda delante de sus narices... Se apoyaban en los lavamanos insalubres, no por pose de gallardía sino como urgente necesidad de descansar su agotamiento. Una vez oí gritos dentro de un cagadero. Bien podría ser un atraco a mano -sobre polla- armada de los infinitos que abarrotaban, en forma de suceso, las crónicas negras de los periódicos locales. Sinceramente, en momentos asi lo que quería era regresar cuanto antes a las faldas de mamá. Vándalos anales, ¿para qué os quiero?.
Recuerdo en otro báter, uno cercano a la plaza de abastos de San Agustín, a un esperpéntico hombre de mediana edad, de glúteos descomunales, de actitud feminoide al máximo. Me habló. Me decía que quería que se la metiese, pero que debería hacerlo con vaselina. Yo no entendía nada. ¿Qué era la vaselina?. ¿Acaso usaba cosmética para hacer el amor por culpa de una coquetería mal asimilada, como la Cleopatra de los chistes?. Un verano después, lo volví a ver. Ese infraser permanecía en el mismo urinario. Era como si el tiempo en su caso se hubiera detenido alli. Y un año para un catorceañero es como diez para un hombre hecho y derecho. Está visto que aquél no era hombre ni por asomo. La situación se repetía, pero su monólogo milagrosamente avanzaba un paso más. Si me la metes puedo quedar embarazado. Tenemos que hacerlo con anticonceptivos. Yo sería virgen pero esas cosas sabía que no podrían suceder jamás. Y no porque le fuera a meter antes al galán amojamado un diu en las entrañas. Mejor que tuviera cuidado de no haber comido fabada esa tarde, porque era de lo único que deberíamos, en última instancia, de preocuparnos. Entonces yo me sonreía y le echaba la mano al culazo, rascándoselo con tres dedos por encima de su pantalón de pobre. Al año siguiente, volvía la escena. Como una tradición milenaria. Como el Don Juan por los difuntos. El era doña Rosita de los Agostos. Pero no todo seguía idéntico. La mente de aquel maricón estaba ya muy deteriorada. Su culebrón interno era una lombriz gordísima que lo enfermaba de manera galopante. Al colocarme a su lado me soltó un: Como te iba diciendo, ya he preparado los accesorios para la habitación de nuestro bebé. Pronto romperé aguas y... Entonces le eché una mirada a su estómago, había abultado de un año a otro considerablemente y me entró pánico. ¿Retenía el contenido de una lavativa estilo Camilo José Cela o es que llevaba un cojín por debajo de la chaqueta como hacían los preñados de mentira en carnavales?. Apostaría a que en realidad aquel adefesio albergaba en su interior un alien fruto de mis meteduras de mano. Jamás me volví a acercar a ese señor.
Eran tremendas corrupciones morales que en un crío adolescente le marcaban con sin igual sensación de repelús y no poca desazón. Por lo que se me echaba encima. Anécdotas del ambiente. Da igual aqui o allá. Todo era lo mismo. Una deformación. Un cáncer. La antítesis del buen gusto. El horror ante el marica extremo. ¿Asi podría acabar yo?-pensaba en mi soledad, mientras recorría nervioso las callejuelas recoletas de la ciudad vieja. Alucinando, abstraido de la realidad, apartado de una sociedad que me rechaza de forma sistématica a no ser que me convierta en su bufón, en el hazmerreir de sus propias miserias cotidianas. La homosexualidad de cloaca es entonces, más que nunca, una anomalía que destroza a sus víctimas hasta llevarlas a la decadencia más cruel. ¿Acaso no fuera mejor recluir a todas esas gentes en campos de concentración y exterminarlas de una vez para quitarles ese mal dolor?. Pero eso también me afectaría a mi, pues mi atracción hacia a un pene, unas nalgas peludas, un torso de titán eran las mismas que las que arrastraban a esos lugares a tanta maricona terminal. Quería follar en mi vida, mucho, con todos aquellos chicos apetecibles que pasaran por mi lado. ¿Iba a tener que esperar por eso a que entrasen en un retrete público para echarles mi anzuelo?. La solución del exterminio me puso triste. Normal que no estuviera por la labor, pues de siempre fui un claustrofóbico con horror a la muerte estilo imperio. Pobres de los que no se den cuenta de la degradación, porque envejecerán entre inodoros. Infelices los que se autodisculpen alegando que ellos controlan sus visitas al retrete, porque caerán una y otra vez en la misma mierda marca Roca. El verano y mi adolescencia, una vez más, cubría con falsos oropeles una verdad traumática que poco a poco se me iba a echar encima.

continuará

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