01 mayo 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)

Capítulo décimo tercero

Resulta difícil de comprender cómo después de las payasadas era capaz de recluirme en casa y soñar con lo sublime de la creación ajena desde el mundo de los libros. Ya he señalado en más de una ocasión que era un crío contradictorio. Capaz de sentir emoción por lo más cursi de una opereta de Rodgers and Hammerstein como de llorar a raudales frente a una estampa de Tintoretto pillada de refilón en la enciclopedia Salvat. El caso era andar de congoja. Si mi actitud frente a los que me rodeaban era grotesca no era más que un método de encubrir una diferencia en cuanto a mis inclinaciones sexuales con respecto a la masa. Temía que mis fantasías carnales pudiesen ser descubiertas de una manera instantánea, como por simple telepatía. Ahora que reparo en ello, debió haber mucho dolor por aquellos años.
Mi sufrimiento no se diferenciaba tanto de cientos de miles de niños. Incluso de generaciones pretéritas, donde la intolerancia con el homosexual adquiría rangos de tortura y hasta de linchamiento. La automarginación era terrible: como coger el foulard de Isadora Duncan, atar un extremo en tu cuello, el otro clavarlo en el techo y saltar asi de tu taburete de las meriendas. De mi, sólo de mi, dependía que no cayese en una depresión de consecuencias irreversibles.
Asi que el sentido del humor (ya digo que esperpéntico, y surreal) me ayudaron a enfrentarme a los crueles de turno. Me amparé en la risa, en la monda de plátano que me sirvió para caerme de culo buscando desviar sus puyas hacia otros lados. Como tantos payasos que lograron fama tras una máscara patética. Supongo que no desconecté nunca un segundo por el temor de caer en una respuesta ambígua, en un tono de voz demasiado tembloroso, en una mirada improcedente hacia una parte de la anatomía de un compañero. Sobre todo, en los primeros cursos del bachillerato. Tuvieron que ser los años peores. Dénse cuenta que mi problema era mayor que el de cualquier otro adolescente, digamos, normal de mi edad. Debía saltar más obstáculos, darle más al coco. Lo cual, también agudizó en mi un sentido de la reflexión y la autocrítica que en otros niños sería innecesario. Pero las comeduras de coco, hoy las veo como contraproducentes, si sopesamos los pros y los contras en una balanza. Porque lo que me hicieron fue un muchacho algo intolerante, muy desconfiado, un poco taimado. Los que miran de reojo. Los que le buscan tres pies al gato. Los que parecen estar de vuelta de muchas cosas cuando en realidad no han salido de su propio mundo interior. Y el mío, como el de cualquiera, pero el mío más, era puro caos.
¡A santo de qué tanto disimulo!. ¿Es que acaso yo tenía pluma?. ¿Es que venía todas las mañanas al cole vestido de lagarterana para exponerme al insulto, al reconocimiento público de mi tara?. Si iba siempre de negro... En cambio, a nadie se le ocurrió llamarme la Juliette Greco. Me llamaban por el apellido (con el artículo delante). Y mi apellido, el de mi madre, pasó a ser un adjetivo descalificativo. Dentro de él ya iban incluidos todos los insultos idóneos para los críos que son más raros que un perro verde.
Cuando se acababa la risa, empezaba mi verdad. Mi habitación en soledad. Mi refugio inapelable, a prueba de chanzas. Los libros me evadían tanto como las películas. No sabría decir que goce era más intenso, porque si leía algo era porque antes aquello lo vi adaptado a imágenes en una pantalla grande o pequeña. En 1984 ya había superado algunos escollos de vulgaridad aberrante. Ya no buscaba en los estantes de las librerías los best sellers de turno: Dallas en 300 páginas, Indiana Jones en menos, Arriba y abajo en ocho capítulos... Conforme iba trabando conocimientos, me dejé llevar por el instinto.
Las clases de Literatura Española fueron una estupenda guía. Aunque aún estábamos en el Siglo de Oro, yo me infiltraba en las últimas páginas del libro de texto (tan condensado), porque allí aparecían mis más urgentes necesidades como lector adolescente: la Generación del 27 (Lorca y su Poeta en Nueva York me llevaron a Whitman directamente), los de posguerra y los novísimos. Nombres aún más recientes en el tiempo cerraban el tocho: Antonio Gala (que me parecía un viejales muy amanerado, presumido y presuntuoso) y Terenci Moix (al que relacionaban en dos líneas con Sade, lo que me puso alerta. Pero a Moix yo no lo controlaba demasiado. Asi como Gala era entrevistado habitualmente en la televisión española, Moix parecía a principios de los ochenta confinado a la TV3, circuito catalán donde conocía por los Tele Radios de su programa Terenci a la fresca. Y yo por entonces tenía mucha tirria a todo lo catalán, porque no me gustaban ni sus cantautores, ni mucho menos sus sitcoms).
Gracias a Radio 3 y a las nuevas Lunas de Madrid que llegaron a mis manos ese año, me enteré de la existencia del escritor zamorano Jesús Ferrero. Compré su novela revelación Bélver Yin, editada en libro de bolsillo por Bruguera en su serie Libro Amigo. Me sentí fascinado por el autor a través de su lectura. Era un tío aupado por la posmodernidad que había escrito algo que no era Madrid y su pop. Lo identifiqué de soslayo con Fernando Márquez y sus canciones orientalistas, con Salvador Valdés en su Perfil del Ruedo hablando de Tchuang-Tse. Con raras avis, vamos. Me costaba llegar al fondo de la historia, porque aquello giraba en torno a la cultura china, de la cual apenas sabía nada, salvo lo que me había enseñado Hollywood de sus habitantes, casi todo muy negativo. Pero también es verdad que mis chinos favoritos formaban parte de una fantasía que deformaba por completo la realidad, algo que Ferrero también utilizó de alguna manera en esa atmósfera densa (a lo Embrujo de Shangaii de Von Sternberg), en las sectas secretas y en el crimen ritual y perfecto. Era lógico que a un adolescente cinéfilo, tales premisas le atrapasen al momento, aunque fuese todo la epidermis en la que se escondía lo profundo. Y lo que escondía para que yo lo destapara (detrás de un biombo o de un abanico) era algo sutil y hermoso. Belver Yin era un juego de la inteligencia, una suite llena de alegorías que me comunicaban con un mundo de refinamiento y espiritualidad, muy alejado del tosco, pomposo narcisismo ultracatólico de mi colegio de las desdichas. Para mi, la belleza pasaba por la chinoiserie, por la decadencia, por los fine de race, por la delicadeza, por lo refinado. Belver Yin tenía que estar al lado de Brideshead, al lado de la Venezia de Visconti.
Por ese camino, me figuré que podía encontrar una solución a mi faceta de niño que huye (de la infancia y de la sociedad) y de escritor terminal (al menos consideré muy seriamente que mi etapa de tramoyista de culebrones ya se había cerrado para siempre).
Pocas semanas después de empaparme de la novela de Ferrero, compré La muerte en Venecia de Thomas Mann y me intoxiqué de gravedad al caer a posta en las aguas contaminadas de la Serenísima. Sabía cosas de su autor por las críticas de la película. Una película que a mis catorce años no llegué a ver completa, aunque lo que me quedaba de ella era bien impactante (su plasticidad, su ritmo lento y pausado, el poderío magnético de unos actores... y los de un efebo).
Cuando afronté el libro lo hice con temor, como siempre me sucedía al abordar terrenos complejos. O mis complejos, sin más excusas. La literatura me seguía infundiendo un gran respeto. Pertenecía al mundo de los adultos. Una asignatura que según qué profesor, podía ser repelente o apasionante. Afortunadamente, la veneziana no llegaba a las cien páginas. Y era una edición de bolsillo, que cabría en cualquier pelele de párvulo. Me la leí de un tirón. Y me gustó tanto que decidí que aquella novelita era mucho mejor que la película, con todas sus amaneradas tomas, sus reflexiones coñazo y sus adulteraciones argumentales. Sobre todo, eso último. Con el tiempo, pienso lo mismo. Es un filme muy sobrevalorado. Y puñeteramente hermoso, también. Pero su autor las tiene mejores (Terra trema, Bellisima, Senso, Rocco, Gattopardo).
Tanto Belver Yin como la gesta interior de Aschembach (y todo el estilo Oxford de los chicos coquetos de Evelyn Vaugh en la reposición televisiva que aún tenía muy reciente) me dejaron una gran huella. Cuando volví a coger una libreta en blanco me propuse buscar en mi algo suntuoso, que equivaliese a tanta belleza y majestuosidad. Convine un reto al respecto: parir una noveletta de similares características. Lo principal era situarla en un pais exótico y fascinante. Quedaban deshechados, por lógica, China y Venecia. No más plagios al pie de la letra. Cogí la bola del mundo, la hice girar con el dedo situado en un punto indeterminado, pero al parar cayó en medio del inmenso azul. No valía. La giré de nuevo y aquello paró en la India. Exacto. No pudo haberse detenido mi destino literario en pais mejor. Pero no en una India de Salgari, con tigres de Monpracen y chulazos maquillados como Kabir Bedi. No.
Había que documentarse. Pero, ¿dónde, cómo, cuánto valdría?. A mi las bibliotecas me daban alergia. Y no sólo alergia, me faltaba el aire cuando pisaba la municipal. Quería que fuese una historia de amor a principios de siglo entre un extranjero y una diosa pagana. Un amor imposible, al cabo de unos años recobrado. Una mezcla extraordinaria de la llegada de Charles Ryder a la mansión de su vida en busca de Belver Yin con sari y tez morena. Y luego, lo que surgiera. Noches de encierro de porteros de noche y salones de opio con bultos humanos escondidos detrás de cortinas de bordado dragón. Lástima que mi proceso de documentación fuese tan birria. Lo más que llegué fue a comprarme el tomo del cine hindú de la Historia del Cine de Planeta, justo donde hablaban del maestro Satyajit Ray para apropiarme de los nombres de los actores de sus películas y ponérselos (salpimentados, no exactos) a mis personajes. Lástima que sólo tuviese catorce años. Pero no iba mal encaminado. Al menos, había sido una decisión valiente la mía. Optar por perder mi infancia para ir ascendiendo hacia las altas esferas del romanticismo adulto. Y empecé buscando el decorativismo (a ser posible asfixiante), la pasión (a la Butterfly), la agonía y la muerte (el episodio norteafricano de Sebastian).
Y asi vio a la luz de mi lamparilla de cuarto La amiga india, novela inacabada que un día reescribí en este mismo blog con todo el impudor que me caracteriza.

continuará

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