20 mayo 2009

Apuntes macisteños

* Me gusta mezclarme con el pueblo de vez en cuando. Sobre todo, llegadas las fiestas de los barrios. Ahora comienza la temporada alta hasta septiembre y no hay fin de semana que no se tiren bombas de palenque en alguna zona de mi liliputiense ciudad. Feriantes, los autos de choque, los puestos de almendrados y nubes de caramelo, los globeros calés (los reales inventores del saggin', al menos en nuestro país, por más que se le culpe a Cantinflas y los nigger), los tomboleros demasiado alegres para que no se les abucheen de vez en cuando, los tristes caballitos poney... Y, claro, el barullo, la menestralía new generation en su salsa dominical (sector servicios y de la construcción con vaqueros de domingo, señora y roro en el Jané).
Me gusta mezclarme con todos ellos porque yo en el fondo pertenezco a la clase media tirando a baja. Es, un poco, volver a la niñez, a la adolescencia de los trasnoches, antes de coger las vacaciones. Era el Corpus, con el amigo inseparable, fantocheando detrás de la montaña rusa, coquetos con hembras u hombres.
Me siento excitado porque, desde mi atalaya de la idiotez, me considero afortunado de mi soledad y juego en retorcido morbo a buscar a ex amantes, porque sé que a más de uno encontraré en su mediocre hábitat, viviendo su vida oficial, como chico respetable y con la cabeza asentada (al menos los fines de semana y fiestas de guardar). Mis bisex.
Vi a tres. Tres ejemplos distintos porque son tres hombres distintos, con el único punto en común de haberlos tenido entre mis brazos muchas veces.

El primero fue la gran sorpresa. No lo veía en años. Me captó el antes a mi. Y su gesto me pareció tan enternecedor que me reconcilió por unos minutos con la humanidad. Concertó un piquito con su chica para que me jodiera (en plan: tu estás solo y yo estoy solo pero con dos al lado). En el medio del plano, su bebé en cochecito los miraba haciendo burbujas. Fue un detalle del todo premeditado que me enterneció, ya lo digo, por lo que tiene de ingenuo y emocionante. Buscaba darme celos, decirme a distancia y sin mirarme que el era ya feliz así, con su foto postal, el baboserío endomingado y las apariencias a todo riesgo. Sin embargo, nunca pareció tener presente a esa muchacha durante sus momentos de intimidad conmigo. Cuando adoraba mi culo con un deleite y un regodeo que jamás volvería a encontrar asi en un muchacho, quizá por que cuando uno va de macho es incapaz de mostrar debilidad (y debilidad debe ser también exteriorizar sentimientos tan nobles y humanos como la admiración por el cuerpo del otro durante la práctica homosexual, a traves del piropo más espontáneo). El es Juan. Le he dedicado unos cuantos posts en el pasado. Su micropene, su delgadez extrema (pretérito yonqui), su increible vellosidad repartida por todo el cuerpo para mi fue manjar en un restaurante que parece ya haber cerrado por bautizo. Todavía sigo acordándome a qué olían sus interiores y me excito solo. Fue el tio más parecido fisicamente a Monty Clifft con el que he estado jamás.

El otro es el rumanín limpio. También hace años que no se me plantaba a tiro de piedra. Lo creía en otra ciudad. Y allí estaba. Junto a una de las atracciones más espectaculares del barrio. También ha sido padre. El macho somatiza el embarazo de su esclava, con lo cual es incapaz durante el período de gestación de cornearla como antes. También con él iban sus quince mejores primos y cuñados, asi que me mantuve prudentemente a distancia. Conservo agradabilísimos recuerdos de este apuesto jóven. De situaciones morbosas propiciadas por mí (casi todas inspiradas en mi bagaje cinéfilo). De sus caricias, de sus comentarios (algunos realmente hirientes como el de nuestro último encuentro, en las escaleras de casa). Porque la mirada de este chico es traicionera, están maleados. Aunque nunca me pidió dinero por hacerlo, he tenido que padecer sus subidas de tono, sus salidas y sus rarezas por el terror del mozo ha ser descubierto. La primera vez que me lo intenté ligar salí trasquilado. Siendo un coqueto, corrió la voz entre su prole femenina, repartida por la calle del Paseo y juntáronse todas para lanzarme sus insultos al unísono, cual coro griego de afónicas majaderas. Poco tiempo después, el y yo éramos amantes.

El tercero tiene mis más profundos respetos. Siempre me decía que jamás me podría olvidar, porque conmigo había perdido eso tan abstracto -en los tíos- que es el virgo. Pero nunca me chistó, nunca me enganché a él. Si lo hicimos un par de veces es porque yo de aquella era una cabra loca y porque el chiquito era un menor. Pero sigue siendo feucho y desgradable. El domingo paseaba con su amiguito del alma (más putero).

Dando vueltas por las calles engalanadas me saludó el churrero cojitranco. Qué pollón tiene el tullido. ¿Sería él el que me metió la sífilis?. Me invita a un par de churretes y le dejo que me roce.
Hablando de roces. No tuve mucha suerte en ellos. Y eso que me tropecé con el machote en vaqueros de las fiestas de san Lázaro. Iba con la chorba. Y volvió a hacer el numerito del padrazo al pararse con unos amigos que tenían un niño pequeño. Se agachaba tanto que unas tipas, que estaban sentadas detrás tomando un vermú, casi se atragantan con la pajita ante tanto derroche tridimensional. Se lo creo. Esa novia debería aconsejarle a su Coyote Dax que por favor, al menos, se baje un poco la cazadora por atrás cuando van de paseo. Que es que se fijan más en el que en ella. Y gentes de ambos sexos, se lo aseguro.

* El día de la feria disfruté muchísimo en los servicios de la cafeteria. No me esperaba tanta afluencia de gitanos señoritos. Casi no me dejaban contemplarme en tanga frente al espejo. Entraban y salían cada dos minutos. Antes me metí en un báter y leí con deleite un contacto (el único) detrás de la puerta en el que alguien ofrecía el rabo (su móvil también aparecía en el anuncio). Entonces pensé si este blog no lo estará leyendo demasiada gente de mi ciudad. Follar a Maciste (con -o sin- condón yo creo que tiene mucho pedigrí). Pero claro. Es que luego aluciné. Porque empezaron a entrar negritos. Primero uno, luego una pareja y, al final, seis o siete. No hacían nada. Se miraban al espejo como esperando mi señal. Uno entró con papel pero no cagó. Entonces digo, ¿me leerán tribus africanas enteras?. Quizá si. Se meterán en google, pondrán "jungle queen" y saldré yo, allí, pidiendo rabo mandingo. Que creo que nunca pedí rabo mandingo, pero... También cabe la posibilidad de que en la cafetería (que recuerdo no comunica directamente con el servicio, se puede entrar por otro lado) hayan dispuesto enormes pantallas planas conectadas al báter y me vean en todo mi esplendor geométrico desde un formato Zoom, que estás comiendo y viendo el porno. Pero esto ya es mucho disparatar. Si en el fondo sólo sirven platos combinados y comistrajos tres estrellas.
Le enseñé el culo a un gitanazo espléndido. Qué coño hacía el gachó, mirando los retretes y de reojo el espejo donde yo me reflejaba, y al final fue a sacarla (separadísimo del meadero) muy pegado a mí. Vamos, no me jodas... Bueno... Enseguida me subí el pantalón porque estaba con el hijito cerca, pero el calé emitíó un sonido gutural, como cuando le das un bocadito a un helado de chocolate y caramelo marca Magnum. Eso es un piropo.

* He vuelto a encontrame con Anxo. Por la calle. Nos paramos. El apenas dice nada. Sonríe, capta mis mínimos gestos (soy cada vez más amanerado, a lo Branduzco no a lo Pavlowsky, ojo). Y consigue ponerme nervioso. Es muy guapo el opositor. Lástima que ya haya perdido todo el pelo. Iba escuchando música y los pantalones los llevaba medio caídos, de la moda juvenil. No es un maniqui de sastreria y tiene mis parabienes. Le comenté que me iba a ir a casa. El me dijo que se iba conmigo. Eso, quieran o no, me apetezca o no, basta para halagarme. A punto de cumplir cuarenta años me siento ya de la estirpe del príncipe de Salina. Pero a casa no lo iba a llevar otra vez. Fuimos a las galerias, las de la planta baja en ruinas. Dijo que le daba morbo. Está claro que Anxo pronto será carne de cuarto oscuro (cuando lo pongan aqui, que esa es otra. Sino en Vigo). Pasamos un buen rato. Ni el ni yo eyaculamos. A estas alturas del percal, un detalle carente de importancia. Soltó otro piropo, el cual provocó un efecto completamente diferente al del gitano de hacía media hora antes. Qué culo más bonito tienes, me dijo. Se me bajó. No porque no le hubiese salido del alma. El es más pasivo que activo, con lo cual estaba demostrando un sentimiento de envidia antes que una atracción lujuriosa. Contemplativo más que predador. Yo también admiré el suyo. Pero nuestras pollas se volvieron flácidas al sentir la fraternidad que nos unía. Cuando en esos momentos uno se ve más hermano que amante, cuidador que destrozón, lo único que queda es ver pasar el tiempo piel contra piel, sin que se produzcan chispazos eléctricos, ni gran pasión acompañada de violines arrebatados en plenas cumbres borrascosas. Rollo tranqui, como de tercera edad.
Y aún asi, Anxo es una de las cosas más agradables que me han sucedido en meses. Como una vuelta a los arrumacos de primera juventud.

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