21 abril 2009

SOLO PARA SIBARITAS

ARLETTY (1898-1992)

Alguien la definió como el gran amor de las minorías. Es curioso esto, siendo como fue una mujer apegada en todo momento a lo popular. Ella venía de la calle y en la calle permaneció toda su vida (mientras estuvo activa), pese a que flirteó con los grandes artistas, abarrotó la Comèdie, enloqueció a pintores, intelectuales y poetas. Deberíamos de puntualizar que esas minorías serían las de aqui, pues sus películas apenas se estrenaron en su día en España, salvo en los circuitos del arte y ensayo (y eso a partir de los años sesenta y setenta, con especial obstinación en su cumbre que fue la Garance de Les enfants du paradis de Marcel Carné).
Francia la adoró. Y no es para menos. Esto no nos debería extrañar nada. Ellos cuidan, miman, respetan profundamente a sus artistas. Y aunque veamos casi imposible que puedan resurgir nuevas Arlettys en esas latitudes (tal es el proceso de vulgarización de la raza humana, que en Francia alcanza cotas esperpénticas: pongamos por caso, un presidente de la nación), al menos, se mantiene perenne el magisterio de sus soberanos de antaño. Los rostros que forjaron la década de los treinta.
Arletty siempre fue diferente a las demás. La Darrieux era más aristocrática, la Morgan más etérea y evanescente, la Casares más teatral y distante, la Signoret más adusta. Arletty fue en todo momento ella misma. Sus películas reinciden en el tema de la mujer pobre que asciende posiciones gracias a su encanto seductor. Como la Madame Sans Gene, a quien ella dio vida en 1941. Obra de Sardou que le valió los siguientes elogios de Jean Cocteau: "S'il fallait incarner les mysteres de Paris a tous les étages, depuis les grandes dames de Balzac jusqu'aux larves d'Eugène Sue, s'il fallait essayer de rendre visibles a un ètranger les contrastes, les dèsastres, le luxe, la misère, la malice et le creme de notre ville, je dësignerais Mlle. Arletty". Estas palabras son corroboradas por los grandes nombres de la escena gala. Hablamos de gigantes de apellidos Jouvet, Guitry o Dullin.

Arletty reinó en las tablas de muy diversas formas. Ya hemos dicho que de lo más bajo escaló cimas insospechadas. Empezó en la revista (las Capucines) y el music hall. Flirteó con la opereta (Yes) y terminó en el teatro puro y duro en todos sus géneros (L'école des veuves de Cocteau; Fric-Frac -su mayor éxito, con Michel Simon; Faisons un rëve, de Guitry; la Blanche de Un tranvía llamado de deseo, de T. Williams...).
En cine pasó un período inicial donde primó un encasillamiento que apuraba sus registros más frívolos: sus mantenidas, recreándose en la exhibición de una negligée o las famosas duchas al borde del impudor. Dejó una galería de mujeres galantes perfectamente inolvidables que reafirmarían en su esencia un erotismo directo y sincero pero que no acabarían con los recursos de una mujer capaz de afrontar el drama con la fuerza y el desgarro de una Piaf del celuloide.
Tiene mucho entonces Arletty de la Möme. Comparten época, orígenes humildes (por no decir miserables). Son vecinas de un entorno distribuido en callejuelas insalubres. De un mismo ambiente marginal donde los cafetines de mala muerte, el pillaje y los bailes apaches se entrecruzan con la leyenda de una puñalada nocturna con fondo de acordeón. Arletty es el Paris canalla. El de las cancioncillas ruines y los lances secretos (antes de que el salut les copains arruinase lo popular con tontismos de piruleta - ¡y encima de importación!). Todo ello favoreció el surgimiento de una poética puramente nacional. Es una mitología que el cine trasladó bajo una estética denominada realismo poético. Preminencia de claroscuros, de dureza implacable en la fotografía, de diálogos cortantes, dominados por el uso del argot. Y personajes descreídos, desilusionados, asfixiándose en una atmósfera donde el pesimismo de un tiempo concreto lo impregna todo. Entonces será cuando veamos a Arletty triste y enamorada a la vez, a punto de alcanzar la madurez, en brazos de Jean Gabin. El cúlmen de la fatalidad, en tanto seres que entienden que el mundo se acaba. Sólo que ella ya había vivido muchas noches sin luna y días perfectamente soleados.
Posó para pintores para quitarse el hambre de encima, igual que Garance. Y fue gracias a un marchante que cambió su nombre auténtico por el más fascinador de todos los que llenan el firmamento cinematográfico. La adecuación de la actriz al realismo poético se nota a la perfección en Le jour se lëve (1939) y, un año antes, en la película que la puso en el mapa: Hotel du Nord, del maestro Marcel Carné. Atrás dejaba muchos productos desangelados, para el consumo interior y que si algún interés conservan ahora es sólo por su desparpajo y su frescura.

Llegada la segunda guerra mundial, Arletty afronta su etapa más convulsa. Exitos artísticos y desastres vitales. La guerra. Durante los primeros meses de la ocupación alemana se negó a trabajar, pero luego se supo que había mantenido relaciones con un oficial del ejército nazi. En 1945 fue acusada de colaboracionista y estuvo tres meses en la cárcel y dos años bajo libertad condicional. En cambio, nadie debería olvidarse de que en el ínterin obtuvo tres éxitos consecutivos. El primero fue la ya mentada Madame Sans Gene. El segundo, Les visiteurs de soir, del tándem Carné-Prevert, cine literario para lo bueno y para lo malo, un estilo del que la cultura francesa jamás se podrá desprender (esa qualité de la que renegarían pocos años después los cachorros de la nouvelle vague de manera tan virulenta, aunque muchos terminasen haciendo filmes más acomodaticios que el de los maestros que anatemizaron). Academicismo que, al menos, contaba con una perfecta recreación de la Francia medieval, mezclando lo real con lo sobrenatural (las fuerzas del diablo entreveradas con los seres humanos).
El tercero de sus éxitos consecutivos fue su cénit. Les enfants du paradis es un maravilloso fresco que aprovecha todos los recursos de la novela decimonónica (Balzac) y además profundiza en los temas más caros a Prevert (quien la escribió). Esto es, por una parte sería un relato en clave neorromántica sobre el mundo de la farándula a principios del siglo XIX, a través de algunos personajes clave: un aristócrata, un funambulista, un asesino, un actor shakespeariano. Todos hombres que giraban en torno al amor de Garance. Y, a partir de ahí, un canto y una crónica, siempre en clave poética, de los bailes apaches, de los teatros de pantomimas, de los bajos fondos y de los grandes salones. Garance, al pasar de planchadora a courtisane de luxe, nos va enseñando un itinerario único (por lo extremo) : desde los ambientes del Boulevard du Diable a las noches de Opera, desde las esquinas peligrosas de Menilmontant a las altas esferas de la Restauración. Prevert además medita constantemente sobre la poesía, el teatro, la vida, el amor y la aventura, poniendo en labios de sus protagonistas todas sus reflexiones, que se convertirían con los años en su obsesión temática. Y cuando las mismas se formularon mediante unas canciones de profunda melancolía surgió la Grecó, y el existencialismo de la rive gauche volvió a llenar la vie parisienne de blanco y negro.
Prevert creó a Garance pensando en Arletty. Y, en agradecimiento, Arletty convirtió a Garance en un personaje inmortal de la historia del cine europeo. La identificación actriz-papel fue el verdadero milagro. Es una lástima que tuviese ya cuarenta y cinco años, una edad difícil para una actriz, en cualquier latitud. Pronto le llegó la decadencia. Entonces optó por seguir aceptando lo poco que le ofrecían desde un rango de secundaria (L'Air de Paris, de Carné). Jacqueline Audrey recuperó su brillo auténtico dándole el papel de lesbiana en el Huis Clos sartriano (era Ines). Pero ya nada volvió a ser lo mismo. Su deterioro físico de nuevo reflejarían similitudes con la Piaf del mundo de la canción. Quedó casi ciega en 1960 y, después de pasear su decrepitud en algunos filmes que no la merecían, se confinó en su casa de Paris, donde vivió sus últimos años completamente sola.

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