07 abril 2009

SOLO PARA SIBARITAS

HELEN KANE (1904-1966)

La tolerancia del terrible Hollywood a Helen Kane durante los early talkies sólo podría entenderse desde la sana hilaridad que su esperpéntica voz transmitía a los espectadores (consumidores que había que contentar). Una voz de niñita chillona, un estilo interpretativo pizpireto y procaz, ingenuo y a la vez muy sexy. Y ese acento del Bronx... No podía llegar en mejor momento. Su vulgaridad era deliciosa. La cómica Harlow lo llevaría pronto a extremos de autoparodia genial. Helen sabía que la Paramount solamente la quería para que hiciera reir, es decir, se sentía mascota (esto lo confirmó cuando la perrita Betty Boop se fue transformando en ella misma dibujada y cantando a su manera). También moda pasajera. Asi que decidió dignificarse acuñando una manera de cantar que en verdad no era tan suya.
La carrera de Helen Kane se inicia en el teatro de revista, en el vaudeville y, finalmente, en la segunda mitad de los años veinte, en el gran Broadway que la cubre de aplausos y de dólares. Si Hollywood la toleró fue porque al público que acudió a lo teatros, le hacía gracia verla ahora en los cines. Y porque, independientemente de unos registros vocales chocantes, aparecía vestida y peinada como una flapper y no como una payasita a lo Fanny Brice (aunque ambas se dieran cuenta muy pronto del poderío de un abanico de marabúes, del lamé dorado y de unos buenos visones para arrastrar). Es decir, representaba un tipo de mujer actual y, como tal, un modelo rentable.

Los años de la depresión acabaron con su fama rutilante, pero su recuerdo permaneció durante décadas en el sentir de los estadounidenses. Pensemos que en 1952 el musical Cantando bajo la lluvia la evocaba de alguna manera en la figura de la rubia tonta Lina Lamont (maravillosamente interpretada por Jean Hagen), en lo que muchos quisieron ver solamente una acerada parodia de los personajes de la ya pujante Marilyn Monroe. Pero como aquel legendario musical era ante todo una recreación del período de transición del mudo al sonoro, en realidad a quien se estaba denunciando era a la Kane. Y es curioso que Debbie Reynolds la doblara en las canciones en esa ficción, pues pocos años antes la propia Kane puso su voz en Three little words, cuando a la Metro le dio por rememorar las biografías de los compositores Kalmar and Ruby. La tonada era el emblema de Helen, I wanna be loved by you. No sabemos si por ella, por la reinterpretación que del número bordó la Monroe en Con faldas y a lo loco (1960. Billy Wilder) o por todo en un mismo hechizo. En cualquier caso, el mito de la cantante tontita y cachonda revolotea sobre un clásico inmarchitable. Marilyn lo llevó a terrenos casi pornográficos, del mismo modo que Sarita Montiel trasladó, en una mudanza urgente, la chaiselongue al dormitorio cuando se apropió del Fumando espero (para pasmo de sus intérpretes originales: cupletistas de la belle epoque, llamáranse La Chelito o Raquel).
El estilo de Helen se conoció como boop-a-doop. Seamos justos: ella ésto no lo había inventado. En el mundo del jazz, las cantantes femeninas que utilizaban la improvisación, que alternaban las partes habladas con las cantadas (el speech song), son muy típicas de aquellos años y se las conocía como scat singers (en España quien más se pareció a una scat singer fue Rina Celi). Tal vez la más famosa fue la inmensa Ella Fitzgerald (siempre me impresiona su manera de afrontar temas como el All of me o el Rockin' in rhythm').

Pero lo que si era personal, por lo natural, era su sexy. Como si cantara con el chichi de una niña perversa. Su aspecto era atractivo para los caballeros de los años veinte. Era menudita pero algo rolliza. Redondita es la palabra. En un tiempo en el que triunfaban las sílfides a lo Louise Brooks ella recogió lo mejor de dos décadas. En cualquier caso, las intenciones de la cantante no eran meramente libidinosas. Era una profesional como la copa de un pino. No desafinaba, sabía darle el tempo adecuado a una estrofa, la entonación justa, la dicción perfecta. Cuando le tocó hablar en las películas, sus frases lo único que despertaban en los galanes eran asombro y un cierto rechazo. Encabezó el cartel en muchas ocasiones cuando, en realidad, sus cometidos eran siempre secundarios. Algo que tampoco debería preocuparnos a sus fans más recalcitrantes pues, por cinefilia heterodoxa, hemos aprendido que desde un segundo plano muchas actrices transmitieron mayor carisma que primeras figuras devorando la cámara.
En estas películas para la Paramount, siempre había un piano cerca. A menudo eran musicales bisoños, meros experimentos de sonido, historias sobre una compañía teatral preparando un espectáculo para Broadway (musicales de bastidores se les llamaba). Pero, pese a lo rudimentario, aún podían disfrutarse los bikinis de pedrería, los camerinos llenos de coristas a medio vestir, los planos en detalle de muslazos femeninos, sin que el código Hays impusiera moral y orden. La Kane entonces mostró los suyos y, también, sus otras dotes, aunque los productores quisieran verla siempre como flor de un día.
Qué injusto, y qué miopía, porque no sólo era frívola. También brillaba en las canciones dramáticas o sentimentales. Jamás volvió ridiculo su repertorio. Contagiaba alegría cuando, sentada en una reunión de amigos, percibía de lejos el sonido del jazz. Entonces no podía evitarlo y se ponía a mover las caderas, a rotar sus manos haciendo juegos con el aire, a poner los ojos en blanco... Anunciaba el swing a finales de los años veinte. A la Garland, de alguna manera.

A principios de los años treinta, Hollywood se desinteresó por completo de Helen Kane. Se buscaban otro tipo de cantantes. Llegaba el exotismo latino. La opereta centroeuropea parecía dar más caché a algo que no lo necesitaba. Entonces, Max Fleischer y su equipo de dibujantes la volvieron a traer a la palestra con Betty Boop y sus coquetas melodías. Helen montó en cólera cuando se vio hecha cartoon (¿acaso la estaban llamando perra?). Se metió en un sonado pleito que acabó con ella, los dibujantes, muchas vocalistas (unas para defender a Kane, otras acusadas de plagiarla) en los tribunales. El jurado dictaminó que no tenía razón. Que ella no era la creadora del boop a doop. Y las señoritas Marge Haines, Bonnie Poe y, sobre todo, la también grande Mae Questel (dobladora de Betty Boop, y la voz de la Olivia de Popeye) siguieron en su línea imitativa.
Asi pues, la fenomenal Kane afrontó años de olvido refugiándose, de vez en cuando, en la televisión de los años cincuenta. La enfermedad le cambió la vida. Un cáncer la llevó a someterse a doscientos tratamientos de radiaciones. Aguantó diez años en su lucha con el maligno y, finalmente, falleció en su apartamento de Queens (Nueva York). Le acompañaba al pie de la cama, su último marido, de veintisiete años de edad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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