30 abril 2009

SEMANA ESPECIAL Zona Roja


El cine republicano durante la guerra civil


4. ¡CENTINELA, ALERTA! (1936. Luis Buñuel y Jean Grémillon)

Esta película fue producida por la Filmófono (junto a Cifesa, la más importante productora surgida en la Segunda República). Fueron radicalmente opuestas en sus intenciones ideológicas. Cifesa era derechista, quedando consolidada por lógica después de 1939 como la señera fábrica de éxitos del cine español de los años cuarenta. Ya en los precarios años de su fundación cosechó grandes dividendos en filmes popularísimos como Nobleza Baturra, La hermana San Sulpicio, La verbena de la Paloma... En el polo opuesto, encontramos la progresista Filmófono, creada en Madrid por Ricardo Urgoiti y en la que tuvo una participación decisiva Luis Buñuel, que fue escogido como anónimo productor ejecutivo (despachito de oficina incluido).
La voluntad de Filmófono era la de competir en buena lid (no creo que a hostias) con la otra, lanzando productos de gran calado comercial, a lo Hollywood, con buenos repartos y con figuras musicales con el suficiente gancho para atraer a los espectadores a las salas de cine. Lástima que Filmófono empezase su labor de producción tan solo un año antes de la fatídica contienda civil. En tan breve periplo, la historia de la marca puede sintetizarse en el carisma irresistible del cantante Angelillo con tres éxitos consecutivos: El hombre que tenía el alma blanca, ¡Centinela, alerta! y La hija de Juan Simón. Asimismo, Buñuel en el segundo de estos títulos optó por llamar al director francés Jean Grémillon (que ya había tratado el tema de España con anterioridad) que, aunque no figura en los creditos del filme, también es verdad que tampoco apareció durante días por el rodaje. Buñuel tomó las riendas del proyecto más de lo que deseara.
Cuenta don Luis en su capital libro de memorias Mi último suspiro: "Grémillon, al que yo había conocido en Paris y que era un enamorado de España, aceptó con la condición de no firmar, a lo que yo me avine inmediatamente, puesto que yo tampoco firmaba. Por cierto que algunas escenas las rodé yo en su lugar o se las hice rodar a Ugarte los días en que Grémillon no tenía ganas de levantarse. Durante el rodaje, la situación se deterioraba rápidamente. En los meses que precedieron a la guerra, el ambiente era irrespirable. Una iglesia en la que teníamos que rodar unas escenas fue incendiada por la multitud y tuvimos que buscar otra. Mientras hacíamos el montaje, había tiroteos por todas partes. La película se estrenó en plena guerra civil con gran éxito, éxito que se confirmaría en los países latinoamericanos. Por supuesto, yo no me beneficié de él.
Urgoiti, encantado con nuestra colaboración, acababa de proponerme una asociación magnífica. Ibamos a hacer juntos dieciocho películas, y yo pensaba ya en adaptaciones de las obras de Galdós. Proyect
os perdidos, como tantos otros. Durante varios años, los acontecimientos que hicieron arder a Europa me mantendrían alejado del cine".
Esta voluntad, indirectamente expuesta por el maestro aragonés, de dignificar con Galdós una asociación con Filmófono, después de este material alimenticio al servicio del lucimiento de Angelillo, indicarían que el capítulo de hoy lo vamos a dedicar a una obra menor suya. Lo es si lo comparamos con Los olvidados o Viridiana. Pero aún asi, la película se deja ver muy bien. Es un testimonio histórico de una época y, sobre todo, de un artista del flamenco light que para los simpatizantes de la República fue todo un mito. Más quizá que Miguel de Molina, que por sus peculiaridades personales, podía repeler hasta al anarquista más recalcitrante (de hecho, el ejemplo estaría en la famosa camioneta llena de maricas inútiles para la Revolución que Durruti mandó al exterminio).
Angelillo era un hombre bondadoso, normal y sencillo. Que llevaba el uniforme de las milicias durante toda la película con la misma naturalidad que Gary Cooper el de legionario en Morocco. Sin embargo, me da que este apasionamiento de sus devotos con carnet es igual de contraproducente para entender su grandeza que la terrible saña con la que los "flamencólicos" le atacaron desde la prensa, acusándole de destrozar el flamenco con sus orquestas de acompañamiento. Los radicalismos zopencos son un espanto, si lo analizamos a la mínima. Angelillo tenía una privilegiada voz, llena de pellizcos estremecedores. Era un artista versátil, un intérprete que te atrapa a la primera por su elegancia castiza. Un vivo ejemplo es verlo en esta película. Hay números que remiten a la más pura opereta norteamericana. Ese beguine inolvidable que habla de la importancia del soldado de buscar sin tregua el amor verdadero (que es el que te acompañará hasta el fín de tus días) pudo cantarlo perfectamente en inglés, en un espectáculo de Broadway, por los mismos años, Dick Powell o Al Jolson. Sus marchas y pasodobles en camiseta guardan esa picardía no exenta de humor cuartelero que tan bien sabemos apreciar algunos. Su número final, con las coristas en intrépidos shorts, cual Follies de no se qué año, es de antología. Como cuando a Cagney se le daba por hacer filigranas sobre unas tablas de la calle 42.
Qué importa que no entienda un "entendido" del flamenco que estas licencias extranjerizantes son gloria pura vistas desde unos ojos abiertos a las experiencias únicas, o que a un rojo momificado le dé un soponcio por recordarle que el cantante se exiló por voluntad propia y no forzado, por que no le quedaran más cojones (como sí le pasó a Miguel de Molina) si poseemos este documento confesional y casi autobiográfico, que en si mismo cierra todo posible debate: antes de salir al escenario para la apoteósis, Angelillo le comenta a un amigo su intención de salir de España. El otro le pregunta la razón. El contesta con elegancia y serenidad: Cosas mías.

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