29 abril 2009

SEMANA ESPECIAL Zona Roja

El cine republicano durante la guerra civil

3. BARRIOS BAJOS (1937. Pedro Puche)

Pese a sus obvias irregularidades técnicas y directoriales Barrios bajos es una buena película. Pero es mucho más que uno de tantos productos susceptibles de ser calificados de modo mecánico por un crítico con dos o tres estrellas. Es un admirable ejemplo de cine que desapareció cuando Franco y la censura llegaron al poder. Pongamos un ejemplo de temática similar integrado en el nuevo régimen como podría ser el filme de Rafael Gil La calle sin sol (1948). Hay, en esta última, partes tan grandilocuentes y chirriantes que empañan por entero lo que bien pudo ser un equivalente del cine del realismo poético francés. Eso mismo, en Barrios bajos se había conseguido plenamente.
En contraste con Aurora de esperanza, esta nueva película de la Sociedad de Espectáculos de Barcelona, sí que aspira con mayor propiedad (y lo consigue) a un cine comercial comme il faut, donde no hay tiempo para las peroratas ni la demagogia política barata. Aqui hay mensaje pero esparcido de forma subliminal, el mal social es propagado por el metraje como ameba que enferma a los personajes. El compromiso está en la propia esencia. No hace falta que un actor mire en primer plano a la cámara y nos lance un discurso pro stalinista (a lo más lejos que se llega es a mostrar a un obrero que defiende ante un policia su integridad con una hoz en la mano, admite que es este arreo lo que lo dignifica como persona honesta). Porque sabemos que sin decir nada al respecto, el filme es un canto al proletario, a los desfavorecidos de la sociedad, a los marginados que se confinan en los barrios bajos de las ciudades populosas. El protagonista no es cabecilla de otra cosa más que de su pequeño entorno. Ese barucho infecto donde se reúnen a diario hampones, putas y alcahuetas. El es un trabajador del puerto. Sus ideas con respecto al sistema social ya quedan claras con su posicionamiento fuera de la ley. El filme expone la amoralidad de unos personajes desde un profundo respeto. Dignifica al marginal. Lo transforma en modelo a seguir, aún a sabiendas que le rodea un fatalismo que no le hará acabar bien. Que entre la canalla hay tantos honrados como miserables, tantos aprovechados como inocentes. En los ámbitos del arrabal se consolidan las propias leyes. Todo lo que se veía por entonces en el cine de Marcel Carné o Duvivier, de Viviane Romance y Gabin, aqui se ha recogido con toda la libertad y la inspiración del mundo. Puche trabajó con una novela de éxito, con lo cual ya se estaba manejando un material que garantizaba una seguridad de partida.
El personaje principal opera como catalizador de un micro cosmos de maudits. El es el Valencia (José Telmo), un hombre bruto pero de buen corazón. Anda metido en chanchullos, sabemos que tiene una hija pero está lejos. Es analfabeto, se expresa con dificultad (emplea un acento entre andaluz y catalán que lo definen como charnego. Extrapolable al argot de los héroes prevertianos). Vive en el piso de arriba de la cantina. Al antro llega una hermosa jóven, criadita como tantas, de nombre Rosa (Rosita de Cabo), huyendo de un fulano que la quiere violar mientras duerme en su pensión. Sobre la chica revolotea como buitre negro la alcahueta de turno, que ansía llevársela al burdel que regenta. Pero en seguida encuentra la protección del Valencia, que la acoge como una hija. Sin embargo, los sentimientos entre ambos pronto evolucionan hacia algo distinto, desde lo sutil (lo que enriquece la relación bajo un punto de vista de ambiguedad rayana en lo incestuoso). En Barrios bajos no vemos una historia de amor convencional. Hay una historia a tres bandas que es maravillosa (no dudo que este filme realizado en otras circunstancias y otro lugar hubiese sido sublime en el terreno de lo romántico). Porque otro personaje (masculino) aparecerá por la cantina, huyendo de un crimen que acaba de cometer. Es un jóven abogado, de posición acomodada, se llama Ricardo (Rafael Navarro) y de alguna manera también se enamorará de el Valencia (y de la chica) bajo un vínculo de amistad bigger than life. El Valencia los acoge por igual. No quiere más a uno que a la otra. En él despierta un instinto curioso respecto a los otros dos: no sabe muy bien si quererlos desde lo místico o desde lo carnal. Prevalece, pese a todo, por la presencia constante en su pensamiento de esa hija en la distancia, el primer aspecto. Lo cual no obsta para que en la escena final, el protector muera en los brazos de ambos amigos.



Barrios bajos es un prodigio de cine a la europea. Sabiendo moverse en un nivel muy afrancesado, también recoge detalles del cine norteamericano de su época, incluso antes del código Hays. Es por ello que deberíamos sentirnos orgullosos de un filme que llegaba más lejos en audacias que cualquiera americano rodado en 1937. El personaje (inolvidable) de la magnífica actriz Pilar Torres responde al nombre de Mae (esto ya lo diría todo). Sus apariciones son antológicas porque en ella vemos un reflejo más que digno de las vampiresas decó de la Warner. Camina como lo que es: mantenida de un gangster. Viste trajes de raso ajustadísimos, expele sexo por cada uno de sus poros, le encanta que la vejen verbalmente bajo el pretexto de un piropo retrechero (recia de ancas, comenta de ella un hampón mientras la rubia se corre con la imaginación mirándose en el espejo), ejerce de espía con resabios de femme fatale, fuma de contrabando y menta a Gary Cooper para elogiar la belleza de un hombre, vive en la guarida de los cabrones y parece un hotelito orientalista al más puro estilo Casbah (para nada Pensión Mimosas), bosteza rodeada de cojines, se tumba donde puede leyendo Estampa (el Photoplay de los pobres). Pilar Torres es una actriz fundamental del cine republicano. Un icono femenino de nuestra guerra civil, para mi gusto mucho más estimulante que una Victoria Kent, una Dolores Ibarruri o una Federica Montseny. Ella se insiere hasta las trancas en ese mundo desarrois que engrandece la película con sus desatinos esporádicos. ¿Qué hace una chica tan glamourosa rodeada de borrachos que cuando se ríen lo único dorado que la harían sombra son sus dientes piorréicos?. Vagabundos que fantasean en su delirium con cantar en el Liceo algun aria de Donizetti para acabar derrochando sus bondades líricas bajo la luna, sobre un escenario de aceras mojadas (agua de lluvia, charcos con meados donde flotan esputos de tuberculosos) ante una platea compuesta de niños, cojos en muleta y proxenetas malhadados.
El hampa impía a quien cantó aquella cupletista antañona y rancia. Ni torch songs ni javas. Cuplés amargados. Acordeones sustituidos por guitarras españolas. Vino que achispa al homicida y puntas de navaja que brillan al socaire de un ajuste de cuentas, muertes de soslayo que nadie llorará. Frases directas que aluden a la urgencia del sexo sobre camastros infestados de chinches y ladillas. Desnúdate, desnúdate para mi le espeta un cliente a la ingenua criadita Rosa. La alcahueta que ofrece en la mesa de la tasca una raya de coca que algún vicioso esnifará con la seguridad de alcanzar pronto la euforia. La patética imágen (casi neo expresionista) de un cliente de burdel que abre la puerta de la habitación y ve en sombras, con estupor, cómo bajan por las escaleras, metida en una caja de madera, a una ramerilla muerta de extrañas dolencias.
Siendo la historia buena, son mucho mejores todos aquellos que la integran de manera indirecta. Puede que a ratos estos parezcan desvinculados, unos empastes. Pero su sóla existencia nos embriaga de insolite, a la vez que dan sentido a toda una verdad que pronto iba a desaparecer del cine español en favor de la falsedad reaccionaria y el cartón piedra. La España que había que ocultar de manera urgente, como pinturas negras de Goya.

continuará mañana

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