28 abril 2009

SEMANA ESPECIAL Zona Roja

El cine republicano durante la guerra civil

2. AURORA DE ESPERANZA (1937. Antonio Sau)

Esta nueva producción del Sindicato de la Industria del Espectáculo de Barcelona (coaligado estrechamente con la CNT) supone un punto de ruptura con respecto a todo su material previo. Ya no se trataba de un corto documental sino de un largo de ficción (ignoro su duración completa, pero la cochambrosa copia de la que dispongo no llega a la hora). Es un intento de cine comercial que en cambio, lo que consigue realmente es anticiparse al movimiento neorrealista italiano. Si bien este ya tuvo sus formulaciones en el cine mudo con la popolana Assunta Spina, no será hasta Zavattini y De Sica a mediados de los años cuarenta cuando se defina como un movimiento sólido y consciente de si mismo. En España, huelga decir que el neorrealismo (tan vergonzante como inolvidable) no se producirá hasta que los italianos nos dejen sus ejemplos más representativos. Pero si en el caso de De Sica o Rosellini existía un mensaje conciliador, de un cristianismo perdonavidas, muy humanista en el filme de Sau todo se vuelve demagogia y militancia ultra.
El antihéroe (interpretado por Felix de Pomés con la contundencia gestual del mejor actor del cine mudo), es un parado de larga duración que ve con estupor cómo su mujer (la estupenda Ana María Custodio) tiene que aceptar un empleo que él considera vejatorio con tal de llevar las habichuelas al hogar, que lee en el periódico las alarmistas noticias del creciente número de niños hambrientos que hay en nuestro país (cuando alza la mirada observa a su pequeño mordiendo cualquier cosa menos alimento y se pone a llorar). Estamos ante un drama como el de tantos miles que proliferaron en los albores de la guerra civil. Sólo que enfocado desde el lado panfletario. Tanto el como su mujer no hablan, sentencian. Sus frases lapidarias o no (algunas vulgares y corrientes pero siempre enfatizadas por una entonación extraña -tipo autómata o post-lavado de cerebro-, pausada, casi recitativa que las vuelven determinantes) parecen ir destinadas a la concienciación del espectador proletario. Para que quede claro en todo momento quienes son los culpables de que está situación haya llegado a esos extremos insostenibles. De que hay que acabar con el opresor (el rico, el burgués, siempre presentado detrás de la mesa de un despacho, conduciendo un enorme coche camino a un night club, o probándose en una boutique alguna prenda de lujo). Sea como sea.
El filme guarda semejanzas en un aspecto concreto con The crowd (1928) de King Vidor. En aquella obra maestra el personaje de John Sims era un desempleado que llegaba a través de la inercia patológica a caer en la abulia. Esto destruía su nucleo familiar más próximo. Perdía a su esposa y su hija, quedaba solo en un estado, digamos, ya ni vegetal, sino mineral. El filme de Vidor era terrible, porque nos quería decir que la estructura social en la que malviven los trabajadores neoyorkinos es implacable, es imposible salir de ella. En cambio, Sau ofrece una solución: que pasa por unas siglas, un partido, una afiliación. Pomés es un Sims que al final del tunel ve la luz del sindicalismo. Recoge además un lirismo melancólico típico de Vidor, que aqui sería la secuencia en la que Pomés vuelve al pueblo, donde su mujer y sus dos hijos se han refugiado del hambre que asola la gran ciudad, contentándose con entreverlas por los visillos de la ventana (le da verguenza que su familia lo descubra en ese estado lamentable, habiéndoles estado engañando mediante cartas en las que contaba que tenía un buen trabajo). Es una lástima que la excesiva carga retórica con la que Sau dota a Pomés perjudique sus intentos de acreditar una ideología (casi siempre que se envalentona en la busca de una sublevación colectiva bordea la caricatura: al menos, visto hoy en día, sin el azogue ni la premura de esa época eso es lo que nos parece), transformando en antipáticos (incluso en villanos) a los desfavorecidos, a las victimas. Y es una lástima porque material humano había de sobra. Pomés sería un buen equivalente del George O'Brien de Murnau, o del coetáeno Jean Gabin. Y en esa línea anticipatoria de lo neorrealista, un precursor de Raff Vallone (a la altura de Il cammino de la speranza, por ejemplo). Siguiendo en esta línea italianizante, la secuencia de Ana María Custodio yendo (por iniciativa propia) a la casa de empeños nos recordaría a una muy parecida de la voluntariosa señora del ladrón de bicicletas cuando acudía al Monte de Piedad para desprenderse de mantas, sábanas y ajuares.
Perjudica después de tantos años esa demagogia visceral, esa altisonacia que en nada se diferenciaría de las soflamas posteriores de un Alfredo Mayo en Harka o A mi la legión. Los extremos siempre se tocan. Pero en su momento debieron acertar tanto que muchos estudiosos del movimiento anarcosindicalista han descubierto en ciertos discursos de Pomés la asunción teórico-práctica de un pensamiento socialista revolucionario; es decir, el socialismo llevado a sus principios básicos. Eduardo Robredo Zugasti desde su blog Cine Político Hispano repara tan sólo en la ya citada secuencia del denigrante trabajo de Ana María Custodio (pasearse en ropa interior dentro de un escaparate de tienda de modas). El autor califica la secuencia como un ejemplo exacto de la praxis trostkista, con su peculiar sentido de la moralidad (Su moral y la nuestra). Querría decir que los burgueses (incluso las empleadas alienadas) carecen del sentido moral para no escandalizarse de que una mujer llegue a esos extremos con tal de que sea halagado el fervor consumista de los poderosos. En modo alguno este autor especifica que esta mujer de escaparate se trata de la esposa del varón ofendido sino de una obrera más. Lo que cambiaría algo el sentido del discurso revolucionario del bloggero. Entraría el corazón y un sentimiento de propiedad machista en conflicto, lo que contradeciría los principios básicos de Marx. No existe propiedad privada, salvo cuando atañe a la mujer que comparte tu vida. Sin embargo, una noche de borrachera, Pomés entra en un night club (es un lugar pernicioso y decadente, pero él también tiene derecho a entrar allí, aunque carezca de dinero para pagar su estancia. Esto delataría que nos hallamos antes con un rebelde que con un revolucionario, en tanto que no quiere destruir realmente ese lugar de ocio sino refunfuñar su existencia y exigir su parcela de confort burgués. Uno es socialista, pero no tonto) y se deja invitar por una tanguista (que incluso le deja en el bolsillo un billete de cien pesetas). Este acto para la moral del macho (proletario o no) no es censurado, cuando la integridad de un hombre se materializa, entre otras cosas, en saber evitar caer en una posición de chulo o mantenido de una mujer. En cambio, la anécdota tiene una feliz (y marxista) solución: el hecho de que el no repare en ese billete hasta pasados unos días indicaría el poco aprecio que un socialista (de raza) tiene por el dinero (cochino), causante de todos los males de la tierra.




continuará mañana

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