27 abril 2009

SEMANA ESPECIAL Zona Roja

El cine republicano durante la guerra civil

1. Documentales
A principios de los años treinta se consolida el cine documental o amateur en nuestro país gracias, sobre todo, a la productora Actualidades Sonoras Españolas. Esta empresa tenía entre sus filas a un hombre tan destacado en el género como era Fernando G. Mantilla, muy implicado a partir de la guerra civil, en su labor de propagandista del Partido Comunista. Los años previos a la guerra, el documental se orienta continuamente hacia el noticiario de actualidad, precursor del NO-DO, salvo excelsas excepciones como las de Jose María Castellvi con La canción de las naciones (1931) que trataba de integrar una historia de ficción en un filme de duración corta y, por supuesto, el gran Luis Buñuel con Las Hurdes (1932). Lo que en principio iba a ser un documento etnográfico de una región depauperada de España, acabó siendo un testimonio desgarrador de injusticia, una reflexión sobre las condiciones inhumanas de vida que fue prohibido por el gobierno de Lerroux (había sido financiado por la Administración republicana).
En 1936 un nombre fundamental del documentalismo como Carlos Velo desaparece de toda actividad al tener que exiliarse tan pronto estalla la contienda. Sin embargo, eso no obsta para que una ingente cantidad de celuloide izquierdoso y ácrata salga a la luz desde varios frentes, como ya hemos visto en el capítulo introductorio de esta mini serie. Antes de abordar dos ejemplos de producciones de la CNT/FAI me gustaría reseñar, no tanto para compensar la balanza como desde el guiño apasionado a una faceta bastante oculta de uno de los cineastas más importantes de nuestro cine, la obra de Edgar Neville para el bando alzista con Juventudes de España y La Ciudad Universitaria de 1937.








* Ayuda a Madrid (1937)
Comienza este documental con los acordes de La Gran Vía del maestro Chueca. Este es un documental de hermandad entre dos ciudades que fueron por aquel tiempo importantes feudos de la España republicana. Hermandad desde unas necesidades primarias como eran las alimentarias. Asi pues, en los mercados de abastos, presenciamos cómo los diferentes trabajadores sindicados van amontonando todo tipo de víveres con la intención de mandarlos urgentemente a sus camaradas madrileños. La legión Borne se encarga de manera esencial de esta tarea llenando vagones y camiones de provisiones. Todos esos convoys, según nos cuenta la voz en off, tienen que estar en su destino al día siguiente.
El cortometraje también repara en la labor de los cartelistas de propaganda. Sus obras, definidas como artísticas, no pasan de ser meras soflamas políticas llenas de retórica aleccionadora: al menos, las que nos son mostradas. Son armas fundamentales, en tanto que favorecedoras de un estado de ánimo que infunda valor y fortaleza al miliciano, y que girarían en torno a lemas como Solidaridad, Salvar Madrid y Ganar la guerra y la revolución.
Para el iniciado, resulta francamente reconfortante tomar conocimiento del arranque de todos y cada uno de los cortometrajes de la CNT: un cámara en el extremo izquierda de la pantalla, filma la labor de tres trabajadores semidesnudos golpeando con martillos el yunque en el interior de una fábrica. Para los no iniciados es una imágen de cabecera inolvidable, que no sólo esquematiza la clase social a la que se está mitificando, sino que en la fortaleza de los brazos de los tres herreros se sintetizarían sus aptitudes para una activa misión revolucionaria.




* Movimiento revolucionario en Barcelona (1936. Mateo Santos)
Según los estudiosos, este fue el primer reportaje de la Guerra Civil. Rodado integramente en Barcelona entre los días 19 y 23 de julio de 1936 en diferentes localizaciones. Sus veinte minutos de duración podríamos dividirlos en dos partes. Una primera que muestra estamentos clave de la conquista roja: la Maestranza de Marina, la cárcel Modelo, las iglesias y colegios... Y una segunda con el desfile de milicianos que van camino a Zaragoza.
La primera parte es tal vez la más emotiva y emocionada, no tanto por la retórica en off, completamente coincidente con la del bando nacional, sino por las imágenes de una España real llena de falsas ilusiones. Son los niños, las mujeres y, sobre todo, ese ejército improvisado de obreros en camiseta, vigilando con miradas de heróicos aguiluchos (sic), por si en alguna camioneta se ha colado un perro fascista. Esa estampa del obrero y su fusil es demoledora y egregia, bajo mi punto de vista. No hay nada más hermoso como un campesino defendiendo sus ideales (y, por descontado, el bienestar de su familia) con un arma en la mano. Levantando barricadas con cajas y piedras. Independientemente del mensaje impostado de Antes muerto que doblegado al poder fascista, La muerte como liberación (a tono con el lema rival de los legionarios). Es cuando nos damos cuenta de que ya nada de aquella España (rabiosa y valiente, una España con agallas), permanece en la actual (acobardada y servil, domesticada, narcotizada por una política de buenos sentimientos, de consuelo de tontos, de profunda parálisis). Aquella España, tan admirable por tantas cosas, necesitaba de arengas para no desfallecer.
Y asi, la retórica, antes aludida, alcanza extremos que hoy en día nos despiertan una sonrisa (no de burla, sino muy conmovedora). Los enemigos están bien claros. Los militares sublevados, la banca, la burguesía y la Iglesia. Sobre todo, la Iglesia. Hay un regodeo especial en presentarnos a la curia como uno de los males más graves de esos tiempos. Conchabados con los insurrectos, con los ricos, con el capitalismo. Se ven los expolios, las quemas de santos. Se ven cosas impresionantes. Los religiosos son tildados de "buitres negros que hay que sacar de esos templos de la hipocresia. Y, con ellos, todas esas imágenes a las que los propios curas no han guardado ningún respeto con sus mismas acciones. Hay que meter fusiles en lugar de santos". En las iglesias han aparecido momias petrificadas, de gentes asesinadas hace siglos (sic) por los propios "buitres".
Vemos iglesias convertidas en Casas del Pueblo. "Es perentorio acabar con los curas y sus amigos, los capitanes de la rapiña (la Banca). Sólo asi alcanzaremos el alba roja, el amanecer revolucionario". Vemos el manicomio ("mancillado por el ejército nacional, que no tuvo respeto por los enfermos mentales"), los hospitales donde se cura a los heridos de guerra, donde se tratan todo tipo de afecciones a los ciudadanos, los colegios maristas ocupados por los milicianos ("se impone el freno jesuítico") y algunas cárceles liberadas de presos políticos.
La segunda parte es la del desfile por el Paseo de Gracia. Montados en las furgonetas pasan los muchachos "de pecho firme" (estupendo el soldado que lanza una mirada asesina al cámara, como diciendo "qué coño filmas") y alguna que otra libertaria que cumple, de igual modo, con sus funciones de apoyo a la República. Y pasa Durruti y Pérez Farrás camino de la liberación del pueblo aragonés, pero el director los trata como unos más, sin estelaridades de primeros planos prolongados (o al ralentí) ni ringorrangos propios de generales golpistas. Lo que no quita para que el discurso siga siendo triunfalista a más no poder. Nada que reste un ápice de emoción al espectador, que sabe (por la Historia o por sus propias experiencias vitales) cómo acabaron buena parte de sus anónimos (o no) protagonistas. Y al cabo de muy poco tiempo.

continuará mañana

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