09 abril 2009

PUBLICOS VICIOS (homoerotismos en Youtube)

26. La fe del macho español

Anoche comentaba a un amigo mi intención de dedicarle un Públicos vicios a los costaleros de Semana santa y lo primero que se le vino a la cabeza fue decirme: Qué asco, estos sevillanos no los soporto. Putos pijos... Me sonreí porque no es muy dado a meterse con las gentes de su "bando". Con esto quiero decir que a estos mozos los conceptúo más como ultraderechistas viviendo una sana afición (como la montería o el rejoneo) antes que como verdaderos y convencidos creyentes. Tal vez porque sigo identificando la fuerza y la ceremonia católica con momentos de una España ultra que para bien o para mal ha dejado resíduos palpables según llegan estas u otras tradiciones. Porque que un costalero no sea españolazo parece hasta molesto y antinatural. Es un poco lo que les pasa a los actuales legionarios. Los de las procesiones lo son de alguna manera, pero de Cristo Rey.

Verán, desde que el domingo lo decidí me puse un poco la antena en esto de las televisiones y aluciné con la sobreexposición que se está haciendo de este simpático grupúsculo de devotos (o como se llamen: cofradias, principalmente). Se ha elevado en los Españas directos y magazines de Tele 5 o Antena 3 la figura del costalero a la de un titán de sentimientos sublimes. Estos los más respetuosos, claro. Pero cuando le pones un poco de picardía y el programa en cuestión va de cotilleos entonces todo degenera hacia terrenos directamente eróticos: se transmitió desde una sala repleta de hombretones semidesnudos el masaje de un costalero (este reportaje creo que fue el no va más, pues la cámara excrutaba cada centímetro de piel del individuo en cuestión, en claro regodeo fetichista y, aún encima, con su rostro tapado, lo que lo cubría de un misterio típico de profesional de página de contactos).
De alguna manera, los del corazón se me han adelantado. Y aunque aqui no solemos ser pícaros sino obscenos, no significa que lo hagamos a título de excepcionalidad. Somos muchísimos los que sentimos verdadera atracción por el acto físico -desnudo de mística, despojado de significaciones objetivas- de un grupito de machos sudorosos, apretados bajo un paso de semana santa. Sus sobacos excelsos y manchados, quizá tanto como sus pies (después de tanto pateo). A mi esto me sulibeyó hace mucho, cuando aún veía la tele. Y el impacto que me produjo aquello (donde el dolor se sublimaba por un extraño sacrificio rayano en el masoquismo) despertó en mí reacciones indecentes, como nunca antes había tenido con una tradición; si acaso, la lucha canaria. Pero la lucha canaria es deporte. Y el costalerismo, todo lo más, puestos a simplificar, es un trabajo forzado de obreros calientes.

Asi pues, no vengo a hablarles de las calorías que se pierden, de las temperaturas que llegan a alcanzarse debajo del manto de la Vírgen (tal vez su tufillo celestial les anime a seguir)... sólo les invito a ver a un montón de señoritos fascistas andaluces consagrándose al rito de la cofradía masculina con un sentido casi belicoso, como de exaltación de las virtudes castrenses. Transportar un paso puede ser equiparable, para un frívolo, con una cuadrilla pasada de coca llevando a lomos a la enfermería a un egregio torero muerto o, tal vez, a una mudanza jaleada por un público enfervorecido (al fin se va ese vecino del demonio), grosero y lacrimógeno. Pero para sus protagonistas es algo más. A la fuerza tiene que serlo. Una promesa, el cumplimiento de un deber. El roce mezclado con el dolor. La Pasión al fondo. Eros y Tánatos. Como el final de A mi la legión, novios (de la muerte)... hasta la ídem. Al homoerotismo por el Movimiento (acompasado y marcial).



















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