28 abril 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

RED DIXON de Martinez (1957. Ed. MARCO)


Podríamos definir este tebeo como una copia del pionero Al Dany de Hidalgo, siendo éste a su vez una respuesta made in Spain del irrepetible Flash Gordon de Alex Raymond. Se entenderá que tanto el uno como el otro paladin del espacio exterior eran de un rubio despampanante. Cuando ese color asomó en la cabeza de Dixon ya era de un tinte de lo más artificial. Y aun asi, pese a su escaso savoir faire, no desentonó en una serie que aportó muchos momentos ciertamente imaginativos. Los lectores compraron más Red Dixons que Al Danys. Algo que no deja de ser injusto aunque comprensible si entendemos un poco al pueblo llano (de la edad que sea). Se prefiere la acción a la estilización.
Es el triunfo de la aventura mestiza, híbrida, donde las hazañas bélicas se encuentran cara a cara con el mito de la jungla, e incluso orientándose la brújula loca hacia las civilizaciones prehistóricas. Donde el vestuario de las múltiples princesas enamoradizas y reinas pérfidas confunde épocas y modas en bien de un erotismo suave pero barroco, donde los villanos pertenecen a razas inverosímiles (pueden ser mongoles, bárbaros o vikingos dentro de una misma presencia).

Red Dixon
es un tebeo ingenuo, pedreste, pero que conserva una vitalidad digna de elogio. Ediciones Marco gracias a él -y a El Puma- crecieron en ventas y esto favoreció a que los productos de la editorial mejorasen a niveles técnicos (papel impreso, maquetación, correcciones ortográficas). Un look avanzado (o habría que decir mejor un look al fin, no sólo iba a ser privativo tan alto honor de la totémica Bruguera) le venía pues como anillo del nibelungo al dedo de un Dixon acostumbrado a viajar a tiempos futuros. Eso sí, con el ojo avizor pues los extenuantes espías de Sotar, en Aram, capitaneados por el temible coronel Cibor acechaban en cualquier esquina, en cualquier rincón.
Terrestre, estate atento. La guerra de los planetas está siendo incruenta, más larga de lo previsto. Hay que aguantar al menos cincuenta números.

Los infinitos personajes (muchos aluden al mundo mitológico) lo amparan, dentro de lo que cabe. Tritonia, reina del mar, morena incandescente; el rey de Mang, la soñadora Otara o la muy poco pasiva Dorima. Ellas son sus confidentes, su perdición momentánea, sus amadas en el reposo, sus valedoras. Las que le guíen en un traspiés involuntario cuando lucha contra cien o, lo que es lo mismo -por desigualdad de fuerza-, contra monstruos antidiluvianos en selvas imposibles de delirante vegetación. Justo ahí caerá herido de gravedad. Será cuando el héroe de hermoso uniforme, se despoje del mismo para lucir su dolor como corresponde a todo masoquista hecho tebeo. Tantas veces los vimos en estas agonías, y tantas veces los gozamos, sin defallecer. También nosotros, a la altura de los héroes.












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