14 abril 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

DAN BARRY, EL TERREMOTO de José Ortiz Moya (1954. Ed. Maga)




Dan Barry es un héroe del western y la historia de una venganza. El todoterreno Ortiz (natural de Murcia) la concibió asi un lejano 1954, viendo la luz en la Editorial Maga. Tal vez el vengador más insigne de la historieta española en estos terrenos del west fue El Coyote, de Mallorqui, seguido de ese sucedáneo que no habría que minusvalorar del todo y que se llamó El Puma (para la editorial Marco). Ambos desde la posguerra, con sus diferencias y sus parecidos vinieron a dictar unos arquetipos de los que no se desprenderían en lo sucesivo los Oestes dibujados en nuestro país. A su modo, este Terremoto es hermano menor de aquellos. Aunque a él no le hace falta enmascararse para cumplir con su misión. La afronta a cara descubierta y, muchas veces, sin armas de fuego. Con la fuerza de sus invulnerables puños.
Las características gráficas de este producto corresponden a otros mil similares. Por encima de criterios, el tebeo del oeste nativo gozó de enorme aceptación, hasta el punto que a partir de la década siguiente se hizo novela gráfica. Pero en el medio de expresión que nos toca (y su relación con su patrón imitativo más directo, que fue el cine americano), habría que anotar que nuestra historieta renuncia a una épica -que en Hollywood dio ejemplos gloriosos ya desde los tiempos del mudo (las primeras epopeyas de John Ford, la Caravana de Oregón de James Cruze)- para centrarse en la figura del solitario. Si en 1954 el cinemascope dio una mayor espectacularidad en cuanto al tratamiento del paisaje (incluso más adelante con el Cinerama y lo panorámico las praderas parecían salirse de los propios cines), en el tebeo todo aparece concentrado en una viñeta. Ahi aparecerán los mil y un matices de unos rostros. Y el paisaje queda relegado a un simple manchón que pronto llenarán los primeros planos. Hay algo en este Dan Barry, como en Jim Alegrias y tantos pimpollos más de los años cincuenta que parece presagiar el spaghetti western: caras excrutadas al milímetro, situaciones únicas llevadas al paroxismo en tanto que se alargan docenas de números (los filmes de Leone tienden a durar mucho), los deslices fantásticos que suelen desembocar en el surrealismo...

A título personal, he de mencionar que mi aventura favorita de este macizo es la primera. Comienza cuando el es un adolescente de quince años (salvándose del ataque de unos forajidos que acabarán con la vida de sus padres) y lo recoge el anciano Buscavidas, que lo adiestrará en el empleo de las armas, en la vida rural y le hará un hombrecito en todos los sentidos. Por el mismo dinero, pasan en un par de viñetas cinco años y ya vemos a Dan en sazón y enfrentándose al primero de los cinco asesinos de su padre (la insistencia en vengar sólo a su padre cuando también su madre pereció en la diligencia, es algo sorprendente en tanto que funesto canto al patriarcado). Es decir, que se busca un aliento épico desde una estructura de saga (aunque con resultados muy humildes), pero saga al fin. Lo cual ya constituye una novedad.

La relación en ese primer capítulo entre Dan y su mentor es terriblemente ambígua. La familiaridad del efebo (uno de los más bellos de toda la historieta patria, como un Lil Abner niño) con el anciano (bastante deteriorado) llega a extremos tan ridículos como los de llamarle Bus (y Buscavidas ya es un nombre que tiene memoles; recordemos que en inglés se dice hustler, que admitiría la traducción del término coloquial -más moderno- de chapero). Si fue ese matusalén un puto de jóven no lo sabemos. pero si que algo de chaperil le quedó en su encoñamiento (la relación afectivo-interesada entre un hombre maduro y un jovencito). Un Dan veinteañero, de alturas titánicas, pistolón a la cintura y botas de piel de borrego desea volar solo pero su Bus se niega a dejarlo marchar de su lado. En las cantinas se enorgullece de su muchacho ante los rudos vaqueros. Incluso llega a suplicar con lágrimas en los ojos a Dan que no lo abandone (el propio autor suponemos que se siente azorado ante las desviaciones de ese personaje, llegando a ponerle al propio homófilo en un bocadillo la siempre eficaz frase de dejémonos de sentimentalismos).
Sea como fuere, a partir del segundo episodio Dan volará lo suficientemente solo como para terminar con los cinco asesinos de su padre. Tal vez cuando tenga la edad del carcamal recobre algo del "sentimentalismo" que su querido protector sintió en la nueva figura de un pupilo. No olvidemos que la historia (y más en el tebeo del oeste) siempre tiende a repetirse (aunque los héroes parezcan nunca envejecer).












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