16 abril 2009

ESCALA EN HI FI. Por Cordelia Flyte


The atlantic ocean de Richard Swift (2009)

Como Prince sentado en las sesiones de la Plastic Ono Band
Qué precioso disco nos deja este año el cantautor lo fi Richard Swift. Ese piano tan preponderante en cada uno de los temas que lo conforman. Esa orquesta celeste salida de laptop travieso. Esa sección de viento que en su mansedumbre nos cuenta que ha llegado el final de una edad y el comienzo de otra... Esos sintetizadores de juguete capaces de adornar con golosinas una sinfonietta multicolor que acaba en caja de música.
Swift creó el disco después de una agotadora gira con Stereolab. Y se le quedó de aquellos el eclecticismo sonoro, la experimentación casi infantil. Pero Swift impone sus toques personales de trovador del siglo XXI. Dice que le salió un trabajo que podría definirse como "Prince sentado en las sesiones de John Lennon para la Plastic Ono Band". Pienso que si de beatlemanias hablamos, estaría más cerca de la excentricidad maccartneyana que del gafudo de la japonesa. Sobre todo en lo negroide de Atlantic Ocean. Al fin y al cabo, un rockero de corazón como Paul se acercó en su momento al soul (funk o disco) en un ejemplar y embriagador ejemplo de eclecticismo con afanes de comercialidad. Lo que debería ser siempre el pop inglés.





Asi pues, aunque Richard es norteamericano, bebe de las fuentes de lo british, empezando por sacar elegancia de las piedras. Esas melodías las habremos oído antes..., pero ya hace tanto que no importa en absoluto que Swift las rescate de su subconsciente. Crea y recrea.
A song for Milton Feher con ese aire ragtime (tal vez algo alargada) como si Swift y sus amigos Wilko estuvieran jugando al poker en un antro de Nueva Orleans, la sublime The first time, el intimismo "de cámara" de r.i.p., The end of the age (su piano se introduce en los templos del gospell; muy caros al niño Richard, por cierto), la intensidad emocional de Already gone o The original fight y sus falsetes princeianos dentro de una canción que se baila sin las alharacas ni los exhibicionismos sudorosos de aquél. Y, claro, su single Lady luck, pero ésta ya no sorprende quizá por haberse colocado al final.
Todos los discos de Swift me gustan. Pienso que cada vez le salen mejores. Me apunto a sus propuestas lúdicas con la fidelidad del que sabe que apuesta sobreseguro. Y no importa que colabore el petardo de Ryan Adams aqui, o Sean Lennon (especie de garante de lo familiar), porque Richard los engalana con sus mejores ropajes. Y los ropajes ni se deslucen ni parecen del Zara. El sonido vacila entre la baja fidelidad habitual del Swift en el hogar y la que le imponen los diferentes productores con los que ha contado, entre los que figura Casey Foubert (Sufjan Stevens).
Disfruten pues de esta gran parada. Rock minimal y pop suntuoso. Caché y mucha belleza. Entre Rufus y Sufjan con el sabio McCartney vigilando.



*Su sitio oficial

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