14 abril 2009

DIRIGIDO POR... FA. Dia de los muertos (1960. Joaquín Jordá y Julián Marcos)

"Y de todos los lados de España, desde el cercano Aranjuez hasta el litoral mediterráneo llegan camiones y camiones de flores. Crisantemos, mocos de pavo, violetas, claveles y nomeolvides son las más preciadas para ser vendidas en Madrid"
EULALIA SOLDEVILA

La censura calificó a este primer cortometraje de Jordá como "una película nauseabunda". El mero hecho de que un cineasta entrase a filmar en un cementerio ya suponía para el putrefacto régimen una falta de respeto para los muertos por parte del individuo en cuestión. No así veían a la invasión anual de cientos de miles de españoles abarrotando la tranquilidad de los camposantos, en claro signo de folclorismo latino: una especie de picnic para compungidos si se quiere, pero folclorismo al fin y al cabo.
La visión de Jordá en colaboración con Marco para la productora UNINCI SA es completamente respetuosa. Al menos, su manera objetivista no significa un acto de necrofilia (como si lo es el ritual del 1 de noviembre que nos enseña), más bien una autopsia que nos acerca desde el rigor periodístico una realidad de cifras de muertos y de números de visitantes vivos.
El cortometraje dura diez minutos. En blanco y negro. Las voces en off pertenecen a dos soberanos de la escena: Fernando Rey y Laly Soldevila (etapa Sabor a miel, pre cine). La estructura temporal del corto es original en un país sin ninguna tradición documentalista estable: las veinticuatro horas del día de difuntos, desde que despunta la primera luz hasta que el reloj de la Unión Relojera Suiza marca las doce de la noche. Pongamos que hablo de Madrid. En la capital de España, Jordá centra el duelo.
Tras una primera parte de datos y estadísticas de fallecidos, desde que se abrieron las puertas del cementerio de la Almudena (más conocido como la Necrópolis) en 1860 hasta un siglo después (y que son apabullantemente pormenorizadas), se pasa a una segunda parte que comienza con un plano de unos hombres descargando flores de un camión. Es la consagración de lo floral. Miles de personas se mueven por las calles cargadas de ellas. Se montan en los tranvías, se acercan al camposanto, las compran en el recinto (vemos a golfillos que ofrecen claveles a las ancianas a cambio de unas pesetas). Es entonces cuando surge la música, compuesta ex profeso por Luis de Pablo e interpretada al piano por P. Espinosa.
Sobre el minuto nueve la luz empieza a disminuir y nos damos cuenta de que el día se va acercando a su fín. Las gentes se retiran, dejando el cementerio solo, en paz. Pero la jornada no acaba. Todavía queda un último minuto de metraje para la vida nocturna del Madrid festivo. El de las salas de fiestas, los teatros y cines de la Gran Via. Es la noche del Tenorio, del estreno de la última de Sarita Montiel o de Un trono para Christy (con mi Angel Aranda). Es tiempo para pasarse por el J'hay a ver a alguna flamencona que zapatee bien. Eso también es el día de todos los Santos.
Y cuando dan las doce el documental concluye con un FIN que nos sabe a poco. De hecho iba a saber a mucho más. La intención de Jordá y Marco era de proseguir con secuencias en el cementerio civil. Buscar lápidas, fragmentos de tierra donde estuvieran reposando los heterodoxos gloriosos que dio este país (artistas comprometidos o no con el antifranquismo: en realidad, personalidades únicas del siglo XIX y XX). Se rodó un paseo pero a la salida la policia les confiscó el material (a Jordá y su operador J.J.Baena). Pese a lo perdido o a lo velado pero aún no visto, lo que quedó debió también pasar por las tijeras, quedando como un documento lírico pero extraño (música de vanguardia, la frialdad siempre acogedora de unos Rey y Soldevila en off transformados en meros contables) no pasando en el año de la realización el permiso de exhibición. Pasado el tiempo, la propia censura la autorizó con categoria de tercera, lo cual significaba que debería seguir en el anonimato.
Recientemente la Filmoteca de la Generalitat catalana ha recuperado toda la obra de Jordá, editándola en un DVD, con lo cual podemos descubrir si eran tan "repugnantes" sus imágenes. Y vemos que no lo eran tanto. Pensamos en un Val del Omar con su tríptico y esto quedaría como un No Do de lo más ilustrativo. Sin embargo, hilando fino, nos maravilla sospechar que Jordá era un hombre comprometido y exigente, un artista en completo contacto con la realidad cinematográfica europea. No en vano, esa gran parte del metraje que parece un homenaje a las flores de otoño, me recordaba al corto de Lindsay Anderson Every day except Christmas (la estructura narrativa es la misma, además: las veinticuatro horas de la vida de un florista de Covent Garden) o, sin ir más lejos, los documentales pedagógico/culturales de Alain Resnais. Es decir, que en Jordá habría algo de free y algo de nouvelle, sin perder jamás -como sus patrones- una identidad tan netamente nacional como personal.

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