06 abril 2009

DELIRIOS SERIADOS

TERRY AND THE PIRATES (1940. James W. Horne)

Suicida empresa la de la productora Columbia: adaptar para el cine la maravilla de Milton Caniff. A los especialistas en el comic deberíamos recomendarles que, si se agencian el DVD, se olviden lo más que puedan del original e intenten disfrutarlo como algo autónomo, de la misma forma que se puede disfrutar cualquier Nyoka o cualquier Paulina. Con sus debidos matices, las constantes son las mismas. Terry y los piratas es un serial clásico como lo fueron los anteriores. Y, como tal, no se aparta un sólo (dinámico) minuto de una fórmula periclitada. Bien porque las fórmulas están para acatarlas en cuanto producto de consumo que hay que vender, bien por necesidades de presupuesto.
Partiendo de esa base, el pretexto miltoniano del jóven aventurero que se alía con su amigo maduro en la búsqueda del padre del primero, perdido en alguna parte de la selva asiática, permanece incólume. Esto da pie a las peripecias de dos héroes inseparables. A su alrededor surgirán los villanos, las damas fascinantes o las prometidas en perpetuo peligro. Como verán, nada podría diferenciar a este Terry del serial de anteriores mozitos ya vistos en los Delirios de los lunes. Súmenle a lo anterior asiáticos espantosos, "piratas" en albornoz de ducha, tesoros por descubrir, deidades de quincalla que imitan a Buda, padres científicos sobornados por señores de la guerra, reinos ocultos... Y las colinas de Hollywood como marco ya no incomparable, sino idéntico e insustituible.
Cuando nuestro sentido de la tolerancia nos ha hecho menos críticos, sólo nos resta que nos atraigan los personajillos, que los rasgos físicos de los actores mantengan un mínimo de dignidad con respecto a los de las viñetas. ¿Sucede esto aqui?. Muy poco. El Pat Ryan de Granville Owen (también hizo películas como Jeff York. El Li'l Abner de los años cuarenta) es un arquetipo de los muchos que jalonan el cast. Un personaje positivo, un bueno sin doblez. No asi fue plasmado por Caniff, pues el verdadero era un pendenciero, un alborotador, un tipo de vuelta de todo. Mujeriego (sobre todo de las mujeres de la noche, de las Burmas llenas de bruma portuaria) y también amante de los adolescentes rubios e ingenuos (del propio Terry). Por otro lado, el Terry del comic es de una edad inferior a los veintitantos años que tiene el actor que lo encarna aqui, William Tracy, y es mucho más guapo. Es decir: que del efebo dorado hemos pasado a un jóven de rostro absurdo, de comicidad algo irritante, que parece que ha vivido toda su adolescencia en el barrio del golfillo Mickey Rooney (y encima, con el bajito cansado de darle de hostias).

Los mejores siguen siendo los personajes negativos. El Fang de Dick Curtis está a la altura. Pero, sobre todo, esa Dragon Lady a la que pone cara y cuerpo Sheila D' Arcy, absolutamente creible en ese sentido, si bien la intrépida bucanera del original aqui está demasiado estática, demasiado aferrada a -mejor dicho, sentada en- su trono de cartón piedra (aunque sabemos que cumple con la función de toda reina: que es defender el imperio. Y una reina siempre es una reina y tiene todas nuestras simpatías al pegar el culo a su triclinio, desde nuestra apreciación del gay camp). Dragon lady es un personaje que en el serial empieza como elemento hostil, nocivo para Pat y Terry. Luego, irá percatándose de que los verdaderos enemigos de ella son Fang y sus sicarios. Vemos pues que la dama de maravilloso tocado (un casco tipo ejército alemán durante la Gran Guerra, aunque muy dorado y de rutilantes destellos, tal vez para que no pensemos que se trata de una respuesta femenina del viejo káiser y si de una soberana llena de glamour) no desea hacer el mal por que sí, sino en todo momento defender de manos extrañas su Atlántida descolonizada. Sheila D'Arcy, ya lo he dicho, mantiene de la creación de Caniff (sin duda, uno de los personajes más fascinantes del comic clásico) su parecido gráfico, que al plasmarse en cine sigue detentando la entidad /usurpación de partida: que fue la Joan Crawford de los años treinta. En cuanto a Normandie Drake (otro personaje arquetípico: la chica buena, algo insulsa, de rostro vulgar en tanto que típica muchachita norteamericana de su época), podría valer pues aunque la verdadera Normandie fue el gran amor de Pat Ryan (un cojín, un sentar la cabeza de tantos amoríos de puerta oscura, como errolflynnescos) estuvieron muchísimas viñetas gráficamente separados el uno de la otra. La relación de Normandie y Pat aqui es casi inexistente. Apenas se cruzan las miradas. Cuando Pat y Terry salen de algún recinto seguro y tranquilo en busca de aventuras, ella queda dentro. Es posible que si Normandie le hubiera propuesto un momento de intimidad a lo largo de los quince episodios, Pat le hubiera respondido con un: Ahora no es tiempo de pensar en esas cosas. Sólo al final Pat y ella se marchan amartelados dejando al pobre amor oculto del machito (que es Terry) compuesto y sin héroe. Sin embargo, Terry no es quién de quejarse (como lo hace) pues suyo fue Pat durante todo el metraje.
En cualquier situación de peligro, Pat estaba allí. Salvándole de las garras de un gorila de peluche (de intenciones homófilas muy diáfanas, por cierto. Es regocijante ver cómo el gorila se echa primero a Terry, carne fresca, y luego ataca con una virulencia diríamos que sexual al más experimentado Pat, que al ser cubierto -pecho contra pecho- por el simio, entorna sus ojos al cielo con una expresión típica del violado analmente. Era, además, la única ocasión en la que Pat acababa con la camisa echa jirones, dejándonos contemplar su bello torso al que le habían pintado estratégicamente dos heridas abiertas a la altura del pectoral derecho, en clara metáfora de que había habido rotura), ayudándole a escalar por una cuerda (en esas tesituras, la mano de Pat se vuelve lapa pegándose al culo de Terry). Es todo lo que presentimos en el comic de partida y, de nuevo, la querencia habitual de las parejas masculinas en los seriales de Hollywood (esto siempre agudizado cuando se juntaban en camaradería viril un hombre de una pieza y un adolescente de varias que aún no encajan).

Las situaciones de peligro son abundantes y todas imaginativas (dentro de lo que cabe, en un producto como tantos otros). Quince episodios dan tiempo para ir incorporándolos en gradación adecuada. Y asi aparecerán cocodrilos con todos los dientes en su sitio, pasarelas estrechas a alturas de vértigo hechas de maderas frágiles, paredes de cámara de tortura que se van estrechando a golpe de manivela.... Y el bondage. Son recomendables los que padece Normandie, atada a una mesa para el sacrificio de rigor. Sus gritos son curiosamente idénticos a los de Terry Lee (el cual emite unos sonidos tan estridentes como la mejor scream queen). Lo que nos daría que pensar sobre cómo hubiera madurado el muchacho si este serial hubiera tenido una continuación cronológica. ¿Hubiera terminado de artista castrati?. Es posible. En el local de Burma. Terry no es un personaje frívolo, un comicastro, aunque a veces nos haga sonreir (para eso está el chino Connie). No es un jovenzuelo con alma de chiquita acosada, como los guionistas quieren mostrárnoslo más de lo aconsejable. Al principio es frágil, muy dependiente de Pat, pero luego lo vemos afrontando con agallas muchos entuertos. Incluso solucionándolos a espaldas de su amigo del alma.
Mas su frivolidad reaparece a lo bestia al final, cuando celoso de Pat (que lo deja por Normandie), se aferra a su inseparable cámara fotográfica (que nunca se le estropeó ni perdió, a pesar de mojarse tantas veces o pasar por las llamas y el fango) lamentándose de no haber podido haber hecho desde que llegaron ninguna instantánea de la flora y fauna asiática. Añadía que esos habían sido sus propósitos iniciales de tan largo viaje. Lo cual es una insensatez, pues Terry para la mayor parte de sus fieles, había venido a buscar a su padre. Ahora nos damos cuenta de la realidad: Terry y Pat habían planeado una luna de miel y todo se les torció (hasta el matrimonio antinatura).


Véan el próximo lunes...

JUNGLE GIRL (1941. John English y William Witney)

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