17 abril 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)

Capítulo duodécimo


Gustavo, camino de la perfección
Gustavo era alto, rubio y bien proporcionado. Gustavo era un cúmulo de perfecciones hechas pimpollo. Porque a lo físico se unía su sapiencia que le convirtió en el más listo de la clase durante toda la EGB. Con esto quiero decir que llevábamos muchos años compartiendo aula. Sin embargo, conforme pasaban los cursos del bachillerato, Gustavo debió relegar su cetro chaponcín a otros críos, llegados con el cambio de ciclo, de otros colegios. Transcurridos tantos años, me parecen criaturas fascinantes los números uno. Ya he hablado en más ocasiones de los bellos, los de buena posición social (casi siempre coincidían todos los factores: belleza, inteligencia, situación familiar acomodada) que les volvían criaturas endogámicas. Es de suponer que se atraían sin alharacas. Y que si se juntaban en los fines de semana no era para follar entre ellos frente a grandes espejos de diseño. Cuando un bello adolescente se junta de manera inseparable a otro es para que su doble belleza sea más rotunda en fines de semana cuando hay que lanzarse a ligar mocitas (ellas se fijarán más cuando van en lote).
En cambio, nunca reparé en los valores de los niños sabios (asi, sin más). Tal vez porque me parecían seres odiosos, inalcanzables, dignos del mismo rechazo que ellos manifestaban hacia mi. Ni siquiera los envidiaba. Su vanidad era su rémora. Entonces tendía a verlos muy poquita cosa. Porque aunque leían muchos libros en privado o veían las películas en blanco y negro o sabían quienes eran Jim Jarmusch y Alan Rudolph (directores puestos al azar, no estoy equiparándolos: simplemente ambos a principios de los años ochenta fueron muy ensalzados -junto a David Lynch- por los posmodernos) u oían pop sofisticado en sus ratos de ocio, me daban una imágen de entregarse a todo del mismo modo que lo harían a una lección de historia o latín. Es decir, no les creía a los muchachos capacidad de evasión y de contagio creativo que todo arte popular da por naturaleza a algunos mortales, sino tan sólo de reproducir en ellos de manera mecánica lo que hacían con los libros de estudio, lo que los llevaría a diseccionarlos, abriendo subdivisiones, transformándolos en esquemas como si fueran cualquier asignatura que hay que aprobar con matrícula de honor. Por un lado me sentía irremediablemente minúsculo compartiendo pizarra con los del altísimo coeficiente. Por otro, como autodefensa, me amparaba en mi sensibilidad para las artes (externas al colegio, claro) con la confianza que aunque ellos oían campanas no sabían exactamente donde se hallaba el campanario de la inspiración.
Gustavo era accesible. Humano no cuadrículado. El y yo durante la niñez pasamos -juntos, y en familia- algunos domingos en un club recreativo para socios pijales sito en las afueras de la ciudad. Nuestros padres se conocían y mantenían una estupenda amistad. Nuestra amistad era menor porque a él le gustaba patinar y otros deportes que se practicaban en aquel sitio tan horrible. Es posible que hasta supiese equitación. Era educado, cortés y jamás despreciativo o prepotente. No quiero decir con esto que tuviese todos los boletos para un enganche sentimental, porque esto no sucedió jamás. Dejémoslo en que fue el único chapón de primero de BUP con el que me "llevaba", sin más.
Mario también entraba en el círculo de sus amistades. Asi pues, Gustavo era un estupendo ejemplo de persona que se movía entre dos aguas, que campaba entre dos frentes. No era lo suficientemente pijo como para integrarse en el grupo de los críos dorados (Villajos, Jorge, Sanjurjo) y no era tan terriblemente kinky como para no despegarse de nosotros (Mario, Ortiz, Rafael...).
Tener un amigo rico daba muchas ventajas. Podías ir a su casa y disfrutar de sus últimas adquisiciones (básicamente discos). Su hermano mayor poseía un equipo de música de alta fidelidad que era para morirse. Nunca vi una habitación tan pequeña para un equipo tan grande (desventajas de las casas modernas. La mía sería vieja, pero mi habitación de hijo único hacia dos de la suya). El sólo hecho de escuchar el Tubular Bells en unos auriculares del tamaño de los rulos de la dama de Elche me dejó anonadado (aquello estuvo a punto de hacer cambiar mi opinión en torno al gachó de las melenas que solo tragaba por el Moonlight Shadow pues, que una canción pop durase más de cuatro minutos era ya, según mi rasero de medir, una canción sospechosa de petardez).
También Gustavo era un fan de Police, tal vez demasiado fan. Comprendo que eran a principios de los ochenta un buen grupo. Que la del "aliento" y el doo doo dooo daa daa daa eran habituales peticiones del oyente en los programas de radio del señor Huete, pero de eso a poseer todos sus discos (incluso los primeros, muy poco comerciales) ya exponía a las claras que en Gustavo se hallaba un gran melómano (de las Series Medias). Mario y él se intercambiaban los materiales. Mi presupuesto semanal me impedía llegar a tratos con ellos, apenas compraba discos (lo del Maxi del Blue Monday de New Order fue un exceso). Asi pues, el rendimiento que le sacaba yo a Gustavo pasaba por el tremendo intermediario que era Mario en esos casos.

El primer disco paf (que hizo pof)
Gustavo tenía ropas muy buenas. Mario seguía el modelo pijo. Eran los dos de marcas. Yo para nada. Nunca supe de marcas ni de taras en las ropas. Yo iba un poco a la moda del comercio de mis padres. Que era algo garrula, todo sea dicho. Ponía esmero en variar, dentro de lo previsible. Es decir, cada día aparecía con un modelito distinto pero, como era tan poco llamativo, parecía siempre el mismo. Me apasionaba el color negro como a Ortiz. Asi que iba con jerseys y pantalones de pana negros. Si. De pana. El único que los llevaba de todo el colegio era servidor. Adoraba tanto por las noches los jeans del prójimo que era incapaz de ponérmelos yo. Primero, porque pensaría que estaba utilizando material de sex shop de Amsterdam para vestir de rutina. Y segundo, porque mi delgadez extrema deslucirían tamañas obras de arte del confort juvenil. Por encima de las ropas, portaba siempre un chubasquero horrible (ahi estaba yo dentro de esa concha o escondrijo, aunque no lloviese). Un nuevo detalle (quiza el más superficial) de mi "personalidad" para que cualquier niño perfecto (si, Gustavo) me marginase de su vida para siempre jamás. Pero ya he dicho que los lazos que me unían a aquel nene venían de tiempo (para él serían una losa).
No teníamos aún edad para entrar en determinados sitios (una discoteca de noche, por ejemplo) pero sí para hacerlo en pubs después de la jornada lectiva (un viernes a las siete de la tarde, mismamente). Gustavo ya había estado en uno de esos tugurios y nos quiso invitar. Supongo que sería su cumpleaños o así. Ya no recuerdo. Sé que nos reunímos a la puerta del local cinco o seis chavales. El anfitrión, en esos momentos de relaciones sociales, tenía un alto sentido de la ceremonia y el protocolo. Y sabía perfectamente que dentro del grupo que había congregado había dos ovejas negras que éramos Mario y yo (muy dados a la payasada). Entonces nos aleccionó muy seriamente. Quería que nos comportáramos. Que no hiciésemos el ganso. Pues bajando aquellas escaleras se encontraba un paraíso del relax new generation, con sus ténues luces que incitan al ligoteo heterosexual (lo más sublime que puede haber, otro era impensable por tantas razones...), con sus exquisitos clientes y esos camareros que te iban a servir la Fanta naranja más deliciosa que pudo salir de la Valencia de los naranjos. Por si estos avisos fueran pocos, añadió que le conocían los dueños. Yo eché una mirada y no veía mucho. Tan sólo los rótulos luminosos y su logo de dos cerezas. Luego miré a Mario que asentía a todo con la cabeza. Pero la expresión de Mario siempre era la misma. Tenía cara de coñón.
Asi pues nos mentalizamos para el descending. Esperamos a ser los últimos. Primero los señores, claro. Mario y yo intercambiamos sendos comentarios sangrantes. ¡Qué mal nos había caído Gustavo de repente!. ¿Nosotros?, ¿porqué íbamos a dar la nota pudiendo dar el pentagrama entero?. Empezamos el descenso de los 39 escalones. Yo sentía mareos, porque de siempre bajar escaleras me aterró, y aún más si hay poca luz. Observé que Mario lo hacía torciendo las piernas a posta. Como queriendo meter la zancadilla a alguien. Fue cuando imité su mongosidad. Le agarré por el cuello tirándolo hacia mi. Ambos dimos un traspiés y caímos a rolos escalinatas "modelnas" abajo, arrastrando al caos de mala manera al séquito de Gustavo que, a su vez, se dio de lleno con los piños en las cerezas del rótulo. Irremediablemente estas pararon de centellear pues, aunque apolíneo, era un poco cabezón. La expresión de odio que nos lanzó, esa misma... es algo que se fue repitiendo durante meses en mis peores pesadillas.Tanto que nos queríamos... Si sabía que aquello podía pasar, ¿porqué nos invitó?. Tenía que haber previsto lo de mi astigmatismo.
Un grito, seguido de un hostión en ese momento no sería procedente. Pero murmuraba pestes. No entendía que nos podíamos haber roto el tacón, o torcido el tobillo con lo cual ¿quién iba a saltar el potro en la próxima clase de Educación Física con tan poco garbo?. Gustavo era por dentro muy cruel.
Renqueantes y mazados nos internamos en el local. Chic de provincias. Poca luz. Buen ambiente. Muy bien vestidos los jóvenes. Camareros macizos. Música a la última. Y mesitas primorosas. En dos nos sentamos. En la nuestra no estaba nuestro señorito, como es de suponer. Ya no nos quería ver ni en pintura acrílica. Casi le hacemos sangrar por las narices. Pedimos Coca Colas on the rocks. Y los pinchitos que viniesen serían bien recibidos.
Después de los dolorcillos, Mario y yo disfrutábamos muchísimo por lo bajinis. Sonaba Culture Club y me enamoré del guaperas de la barra. Cambiaron a Spandau Ballet y me entraron ganas de ir al lavabo, que seguro tendría cagaderos musicales. Acto seguido Tears for fears, unidos al humo del Winston del vecino de mesa, me "colocaron" como el mejor porro. Y unos oportunísimos OMD ayudaron para que cayese sobre mi copa un espléndido lagrimón. Aquello era la continuación del firmamento boite que tanto chiflaba a nuestros padres en los setenta.
Pasaban los minutos y permanecíamos rígidos (más que nada porque Gustavo no nos iba a dejar ni chasquear los dedos con tanto 45 R.P.M.). Y, de pronto, el acabose. Un numerito ideal para la última viñeta de un tebeo de Ibáñez. En el momento en que el jóven repeinado estaba flirteando con una public relations de lo más semidesnuda y con tocado a lo Cindy Lauper, Mario sacó de su mochila escolar sendos bocadillos de chorizo, de esos que donaban para la merienda los salesianos para los medio pensionistas. Al vernos con aquella garrulez tan inoportuna no le quedó más remedio que taparse la cara de la verguenza que sintió. Y la sintió en lo más íntimo de su idiotez pequeñoburguesa. Un anticlimax. Era lo último que esperaba de nosotros. Con lo bien que habíamos tolerado los auriculares en su casa.
El amigo perfecto perdió muchos puntos de popularidad para nosotros desde aquel cumpleaños. Sobra decir que Mario y yo ya no conservábamos ningún punto para el resto de nuestro pequeño mundo desde hacía lustros.

continuará

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