03 abril 2009

Aquellos juncos salvajes

Continuación de INFANCIAS VERDES, mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988


Capítulo undécimo


Lecturas modernistas de peluquería
Atento a Radio 3 en todo momento. Cuando escapaba del quiosco del colegio, después de alguna mirada asesina, me iba a casa a escuchar un trozo de Barraca de la Berrocal. El programa lo estructuraba por bloques de media hora cada uno. Asi que sólo me enteraba del primero y del último, pues iba de once a dos de la tarde. Las carreras del colegio a casa a media mañana acabarían con los nervios de cualquiera. Apenas treinta minutos, lo que nos dejaban de holganza, que yo desperdiciaba de mala manera. Entonces quise aprovecharlo mejor dejando el programa a grabar en cintas Basf. Luego, después de comer, oía a grosso modo (lo que duraba una cara) lo cocido en La barraca mientras yo perdía el tiempo en el "barracón" con las Matemáticas o la Lengua Extranjera.
Se hablaba de tantas cosas... hasta de sexo con sexólogos. En No todo el monte es orgasmo. Me acuerdo que se abría con una sintonía extraordinaria, acojonante. Con la Irene Papas simulando el climax, con todos sus jadeos, evoluciones previas, dándole unos toques inevitables de tragedia griega. Cuán lejos estaba de la Birkin y del Gainsbourg en su tonto hit del 69. Aquello era rotundo y apocalíptico. Sus crescendos harían temblar lo poco que quedaba de Partenón. Ni siquiera Ravel en su bolero osó apuntar tan lejos, ni más ni menos porque carecía de espíritu corifeo. Clamaba al Olimpo, transformaba en pucheritos de niña consentida el futuro escape fingido de la Meg Ryan (tan vulgar) en aquella película de memo recuerdo (¿o era ya telefilme?). Mucho tiempo después, el catálogo Subterfuge aireó el polvo grabado de Lina Romay con su marido (Jess Franco). Tampoco resistiría la comparación con el de la Papas: sonaba como a puticlub, mientras que el de la trágica era corrida en Mérida. O próxima a Dionisos. Ahí es ná. La cuestión es que se hablaba sin tapujos de todo, pero yo no debí aprender nada porque no me decidía a llevar a la práctica ninguno de los consejos de tan chelis asesores. A mi quien me gustaba era mamá Berrocal. Quería hacérmelo con ella. Que fuera ella la que me hiciese un hombrecito. Sin duda, la cabeza de chorlito de un adolescente estrambótico se brinda a muchas posibilidades, y ninguna juiciosa.
Qué obsesión la radio. Qué invento del demonio. ¿Por qué me fascinaban tanto aquellas voces?. Porque me daban a conocer maravillas. Escritores malditos, gentes a contracorriente, artistas de la nueva ola... Por ejemplo, hablaban de la cantante Kikí d'akí y les juro que la moza me embelesaba. Sus cancioncillas pop eran frescas, genuinas, con letras muy cuidadas... Me enamoraba Kikí, como también los Desechables y Monaguillosh. Pero quienes me hacían más gracia eran Aviador Dro. Porque tenían unas pintas increibles y porque se podían bailar muy bien. Eran adictos a las máquinas, lo que gozaba de mi total aprobación. Luego también me enteré de que lo eran de los manifiestos. Pero estos ya me parecieron más camelo. Su revolución nunca sería retransmitida.
En esos meses de torbellinos constantes, de revelaciones formidables fue cuando conocí la existencia de La luna de Madrid. Por Radio 3 tenía que ser. Era una revista muy moderna; por lo tanto, no llegaba a mi ciudad. Pero ¡qué curioso!, ¡qué providencial! que un día, estando de visita furtiva en el quiosco del colegio, de pronto reparé que, entre el collage de portadas sujetadas con pinzas de forma bruta, sobresalía el borde de una Luna. La primera que vi en mi vida. Entonces junté los dineros ese mismo día y por la tarde se la compré a la enana. El tamaño me chocaba. Era el de un Party, igual que su mediocre papel impreso. Me perdí entre sus páginas. Las devoraba sin entenderlas del todo. En ese número, Moncho Alpuente confesaba estar revolucionando las ondas madrileñas con un programa muy innovador: Madrid me mata. Contaba todo lo habido y por haber del mundillo del teatro underground desde los años sesenta (en el que participaría de forma activa con el grupo Las madres del cordero y su montaje Castañuela 70) hasta la actualidad.
También aparecía un reportaje con una reunión de progres que vivieron la época de los guateques. Hablaban de la generación de la yumbina. Ni idea qué era la yumbina, a priori pensé en una cantante protesta de América latina. Al meterme en el texto, ya aprendí que era una droga con la que los ye yés se colocaban en los sixties.Y Luis Antonio de Villena honraba a Bloomsbury como esteta decadente que fue siempre. Mas el encabezamiento del glosario no podía ser más desmitificador: la saga de los Porretas en inglés. Matías Antolín era el membrillo, de profesión "mala conducta", dejaba al final de sus pasquinate el número del DNI, por si acaso. A Miquel Barceló lo conocía por La Edad de Oro y me parecía un tío muy interesante. Como Bigas Luna, entrevistado en profundidad.
El cine estaba muy presente en este periódico moderno, con lo cual me enganché a sus puntos de vista tan á la page. Las críticas de películas iban firmadas por Eduardo Bronchalo y Gerardo Losada, apunté sus nombres por si algún día fichaban por Fotogramas. Y también me hizo mucha gracia que apareciese una fotonovela, que no me recordaba nada a mis tiempos de peluquería, esperando a que terminasen de peinar a mamá de Olivia de Havilland. Pero lo que de verdad me atrapó desde el primer instante fue ver a Fabio McNamara caracterizado de Patty Diphusa, creación suprema de Pedro Almodóvar. Cerraba el número en beauté. Tenían aquellos textos mucho de irreverente, de glamouroso, de kitsch.
Sin llegar a entusiasmarme del todo, volví a comprarme en lo sucesivo más números. Sobre todo en La Coruña, que era donde más fácilmente llegaban. Y lo hacía por convicción, más que por devoción. Si quería estar al tanto de todo lo nuevo, aquella gaceta -o lo que fuese- me lo iba a contar con todo lujo de detalles.
Por el artículo de Moncho Alpuente y por una revista de radio de muy corta vida llamada Onda 2001 de Matías Antolín me enteré de que en el dial había Radio El País. Ferreras hablaba muy bien de Juan Pablo Silvestre, uno de sus amenizadores matinales (él lo denominaba uno de los tipos más inquietos de la radio del presente; y yo asi definiría al propio Ferreras, porque desde que sustituyó al "loco de la colina" y perpetraba la mañana de los sábados en radio 1, no paraba el tío de enviciarme con sus apasionadas maneras).
Pero Radio El Pais no se sintonizaba en mi ciudad. Ni en La Coruña, ni en Melilla. Ni tan siquiera en la hermosa Pueblo de Hornachos. Sino en la capital del Reino. Para enterarme de la programación empezé a comprar el diario alusivo. Nunca entró prensa nacional en mi casa hasta que yo la fui colando casi de estranguis. Mi padre sabía que aquel periódico era de ideología socialista. Cuando me lo vio lo tildó de subversivo. Yo no veía que fuese para tanto, la verdad. Es más, era tan complaciente con el partido gobernante que casi lo encontraba irrisorio (y por descontado, inofensivo). Pero la prensa nunca ha sido inofensiva. Eso lo averigué después, en La Clave, cuando pasaron un filme muy antiguo llamado El cuarto poder. En la penúltima página de El País, a la esquina de la programación de las dos cadenas, aparecía la parrilla de la emisora que me interesaba. Flipaba con los títulos y contenidos de los programas. Madrid me mata, el de Santiago Alcanda, aquellas noches tan imaginativas... pero ya no estaba Silvestre. Pronto me lo encontraría en Radio 3. Mientras esto no sucedió, recortaba puntualmente todos estas columnitas con los plannings de la programación y las fui almacenando en una caja de camisas. Pronto amarillearon, pero en 1985 aún cumplieron la gran misión de servirme de inspiración (por no decir, de buitreo) dando pie a mi fantasía, apta para mis propios inventos radio domésticos.

De repente, el último Almodóvar
Para Ortiz y para mi el notición del otoño de 1984 estaba en las carteleras de cine. Estrenaban la última de Pedro Almodóvar. Nos produjo un impacto sincrónico. Un deseo compartido de que transcurriese pronto la semana, que llegase el viernes por la tarde para ir a sacar las entradas. El caso es que durase cinco días en cartel, que una española... La proyectaban en el estupendo cine de mi calle. Con lo cual teníamos asegurado el sonido Dolby y las butacas más cómodas. Hacía tiempo que no iba con Ortiz al cine. Esto me procuraba tanta (o más) excitación que el hecho de la película en si. Porque yo de Almodóvar nunca había visto ninguna. Aunque creo recordar que Ortiz me hablaba maravillas de una lluvia dorada y de unas monjas cantarinas con motes muy en la línea de nuestro humor irreverente, que había visto su hermano mayor en los Madriles. Por Fotogramas supe que ¿Qué he hecho yo para merecer esto? era la gran película del director y músico manchego. Su obra maestra, después de esos escarceos con la marginalidad madrileña más new wave. Que ahora había hecho una comedia dramática en plan neorrealista (que a mi era un estilo cinematográfico que me apasionaba), apuntando por fin maneras de buen director (o de director clásico, por ponernos fotogramistas) con una Carmen Maura que se salía de actrizaza.
Y la película aguantó por nosotros hasta ese viernes. La vimos con emoción, como nos solía pasar (al menos, a mi) siempre que entrábamos en una sala oscura. Y me gustó mucho. Me reí y me conmoví a partes iguales. Adoré definitivamente a la Maura, Verónica Forqué me cayó formidable, como a ella le caía tambien muy bien Jaime Chávarri. Aunque Chus Lampreave se hizo con facilidad con la parte cómica (y taaan tierna). Qué pedazo de secundaria había rescatado Almodóvar de sabe dios que baúl antíguo. Por lógica luego me enteré de que Chus había hecho cosas (minúsculas) en el cine de principios de los sesenta. Y que ya entonces parecía un personaje anómalo y pintoresco, como salido de un tebeo del genial Vázquez (o como una Doña Urraca que de pronto se hubiese vuelto buena, aunque aún le quedaran cosas... En cualquier caso, siempre me imaginé a mi abuela paterna, a la que no conocí, como ella). Claro que luego Almodóvar, Trueba y muchos más la explotaron bien. Y lo que en aquella sala extinta me pareció aire fresco (con aroma a alcanfor y sabor a Pacharán) acabó siendo un clisé "siempre el mismo", de señora graciosa que se está autoparodiando y que da un poco de pena.
Hay detalles en esa cinta que son perfectamente entroncables con el humor negro español, con los guiones de Azcona para Berlanga. Si tirásemos del hilo, acabaríamos hablando del Esperpento y Valle Inclán. Y, a la vez, es puro Pedro. No reparé en que este autor no era Griffith ni por asomo. Que su narrativa era torpona, por no decir desastrosa. Que la cantidad de personajes que sobran o están mal utilizados hacen más caótico lo que podría ser sencillo. La desbordante imaginación de este autor siempre tiende a emborrachar al espectador más desprevenido. Pero, al menos, esa marginalidad de extrarradio, de algunos personajes desubicados en la gran ciudad (aunque en su parte trasera) aspiran a una poesía descorazonadora, que en nada parecen deber a la Italia neorrealista, consiguiendo en este sentido, al final, un producto muy sincero y enraizado en nuestra propia cultura. Y eso no es moco de pavo. Al contrario, moquito a moco se hacen las grandes obras de arte. No sé por qué me vinieron a la cabeza, a la salida del cine, recientes lecturas escolares de El Jarama y La Muralla. Las primeras empanadas (mentales) serían... Ortiz, en cambio, aunque se había reido por lo bajinis durante muchas escenas, se le notaba desilusionado en general por la falta de punk. Sólo el cabaret berlinés que propagaba un tocadiscos de Gonzalo Suárez pareció reafirmarle en sus convicciones joydivisionistas. Bien poco pedía. Y con bien poco se contentó.
En sucesivas visiones, fui reparando en otros detalles, tal vez muy suplementarios, pero que en tanto que compartidos, me hicieron querer más a este director. Independientemente del desgarro de una primera actriz o de la anécdota de un pedazo de secundaria.


continuará

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