08 abril 2009

Apuntes macisteños

* Desastres y manares. Todos de golpe. Para que no se puedan padecer los unos ni saborear los otros con su debida intensidad.
¿Desastres?. En el baño de casa. Un escape de agua. Llamo al fontanero de siempre (el jamoncito Oscar) y me empieza a dar largas. Esto fue ayer. Quedamos para hoy y aún no ha aparecido. Ayer por la tarde me deja de funcionar la impresora multifunción (menuda es ella. Se le consumen los cartuchos de tinta y ya no escanea).
¿Manares?. Ya me ha ingresado la Xunta los miles de euros como cuidador familar no profesional. He abierto una cuenta a mi nombre. Ahora veré cómo distribuyo una mínima parte. Pensé en comprarme un scanner, pero son difíciles de encontrar habiendo el milagroso invento de los multifunciones. He pedido a Amazon la Historia del Cine de Angel Zúñiga y a Ramalama un par de CD's de pizarras. En cuanto a la impresora, se la he llevado al siempre dispuesto vecino de las galerías -que tiene un cuchitril de informática- para que le cambie los cartuchos. Si no, a la tarde miraré de agenciarme una impresora nueva. De no ser así, deberé temporalmente de suspender un buen número de secciones del blog (como la Zona residencial, los madrugones, las Carmelitas o las estampas de santos. Pero, sobre todo, el clásico Bisutería Pop).
La semana que viene me meteré en la compra del colchón para mi madre. Ya he hablado con los dueños de la casa, que tienen una mueblería. Me lo dejarían hasta a plazos. Qué majos. Espero que se porten igual de bien cuando mamá fallezca y no se les ocurra ponerme de patitas en la calle. También el plasma. Aunque antes preguntaré a los dueños si la antena del edificio está preparada para el TDT ese. Hace unos días apareció una publicidad en el buzón, de un electricista de por aqui que se encarga de realizar las instalaciones pertinentes, asi que, desde mi ignorancia, supongo que las cosas no son tan sencillas. Creo que el apagón va a causar estragos en los pueblos. Si no, al tiempo.
Lo que resta de mes, lo dedicaré a ponerme al día en una serie de necesidades, de lo más perentorias. Nuevas lentes, algo de ropa... Y que mayo me coja descansado. ¿Y sano?.
Veremos. Yo me encuentro bien. Pero la semana que viene toca recoger los análisis. Dirán si tengo que volver a los antibióticos, al pinchazo fatal o a lo que sea. Pero, por dios, yo no puedo seguir en esta incertidumbre que tiende a alejar a mis más preciados hombrecitos de mi lado.

* ¿He follado?. Bueeeno, más o menos. Ayer por la mañana me lo pasé de puta madre con un fulano algo más mayor que yo. Cuarenta y cinco años le eché. Pero señores, qué culazo... Como para hacerle una lavativa y que me refrescara la cara con sus aguas fecales. Nos metimos en el cagadero (el ligue fue directo, instantáneo, y eso que el recinto del amor sucio estaba lleno) y el se encargó de cerrar la puerta. Fue cuando me fijé bien que ese culo que lucía me podía llevar horas de trabajo. Enorme y respingón, ligeramente cuadrado. Es una lástima que en sitios asi sólo funcione el polvo exprés.
Cuando me dio la cara, también me dio la polla. Era pequeña, más pequeña que la mía (y más delgada. Si Jose el chapero sentía orgasmos conmigo en las enculadas era por mis grosores, más que por mis longitudes). Y estaba un poco sudada, cosa que me daba grima (en un hombre mayor que yo me da grima, en un jovencito hago de tripas corazón). Aún asi se la chupé un poco para calentarlo bien, pues mis intenciones las tenía bien claras: darle la vuelta. Y vaya con el maromo, qué tesoro escondía. Ya al palparlo durante la felación aquello era inabarcable. Como una goma endurecida y lisa. Apretado de más. El también me palpaba las posaderas pero no se las dí. Ni hablar. Aparte de que me sentía algo avergonzado porque llevaba los gayumbos cortados por detrás (malamente) al ser día de feria (suelo irme al báter de la cafeteria cercana al mercadillo a mirarme en el espejo. Si, donde me follaba el moro). Cuando le acabé de felar un poco le pedí el culo. Y claro que me lo dió. Pero ¿cómo apartar tanta nalga y meter la nariz en el agujero?. Al no agacharse bien me era muy dificil llevar a cabo la operación. Pero sólo aquello me ponía muy cachondo. Es curioso que ya no me excite chupar una polla. Soy activo de corazón. Mi lengua le llegaba, revoltosa, imparable. Pero no encontraba una plena comodidad. Necesitaba ver lo que lamía. Separaba cunato podía sus mofletones como neumáticos, pero ellos mismos presionaban para volver a cerrarse. Los segundos que duraba la visión de su ojete fueron impactantes. Era un ojete precioso, sonrosado, liso, abierto para mi. Un círculo perfecto. Su sabor ya no me pareció tan estimulante. Como a fresas perfumadas... No lo soporto. El aseo de ciertos maricas es antimorbo (una vez hubo uno que se había echado Channel nº 5 justo ahí). El del barroco de ayer no me molestó gran cosa. Incluso sirvió para que ese sabor a colonia formase el recuerdo que me quedó durante mucho tiempo. Pero es que la tarde anterior, por ejemplo, en los mismos urinarios me encontré con una reinona colombiana a la que tuve que besar (hacía tres años que no lo veía, está en Canarias) y llevaba tantas cremas en la cara que era como haber besado a una señora mayor, a una Myrurgia. Les juro que entre la pluma disfrazada de chulería boba y ese perfume que me acompañó ¡HORAS! me quedé asqueado del todo.
El caso es que la comida del culazo del fulano se fue alternando con rechupeteos a su rabín. Lo volví loco. Sobre todo por atrás. Intenté follármelo pero ya era demasiado tarde. Se corrió como una puerca. Empezó a limpiar mi saliva con sus kleenex de fresa y al querer pasarse por allí y por allá agua del grifo, frunció el ceño un poco al ver que la habían cortado (como en mi casa). Me sonreí. Yo creo que con el kleenex iba ya limpito. Y si no, ¿qué le cuesta hacerse las pruebas del ETS?. A mi me da, que le he dejado la sífilis en lo más íntimo de su ser. Aún asi quiero volver a verlo.

* Anteayer por la tarde. Una anédota bien caliente. De refilón por el paseo capto, por los alaridos de uno, a tres agrestes. Cambio de dirección y voy tras ellos. Dos son menores. El que berrea en gallego cerrado (a cal y canto) le calculo unos veintimuchos años. Andan de compras por las Zaras. El bestia (que no dudo sea un pedazo de pan blando cuando se olvida de dar la nota por la capi) tiene las piernas muy arquedas. Una espalda ancha. Unos muslos prominentes, un culo deforme pero carnoso, realzado por unos vaqueros azul claro muy ceñidos. Los pequeños (¿quince años cada uno?) apuran el paso mientras el otro se va parando por cualquier memez (un pobre pidiendo, una estatua absurda, un escaparate de rifles). Le miran algo colorados. Sus caritas son ingenuas pero muy poco refinadas. El mayor es feo de más. Está calvo. Se meten en una tienda de ropa actual. Se pierden cada uno por las diferentes secciones. Me gusta uno de quince. El más atlético. Es un sagger. En seguida aparece el terremoto del gañán. Pegando voces y buscando pantalones blancos, primaverales, que transparenten. Las empleadas, todas jóvenes y guapas, no se inmutan. Podían sonreir de superioridad ante lo pedestre del individuo. Pero seguro que todas tienen un vínculo selvático que las hace identificar aquello como algo normal, mismamente por sus experiencias del saturday night en las discos de la comarca. El que me gusta (y reconozco que el cabrón loco también me pone lo suyo) se ha ido al probador con un pullover. Yo le sigo. Intento descorrer la cortina pero llega enseguida el cowboy con los vaqueros medio desabrochados, portando unos pantalones blancos. Se mete en el probador minúsculo con su amiguito. Mi imaginación vuela. Fijo que no lleva gayumbos esa cosa. Su pene será enorme. Le rozará todo el rato al crío de una manera indolente.
Lo dicho. Historias de pajares (sin estesos). El mayor se pajea a diario delante de los otros. Los otros se la chupan siempre que hay ocasión (cuando no hay rallys) allá en el campo, rodeados de animales de granja. Sus culos son de sobra usados por ese vicioso aldeano al que ya no le molan las cabras desde que sus primines crecieron tanto. En la ciudad no encuentra la talla adecuada. Está claro que quiere dar la nota. Pasearse con los cojones al aire por el pasillo ese. Que lo vean las tipitas. Pero las tipitas se desentienden. El pide una talla más pequeña. Le hace gracia que le queden justos. Quiere que le aprieten bien. Que le marquen el huevo derecho a un lado y el izquierdo al otro. Lo importante es que el rabazo se le pegue a cualquiera de sus ebúrneos muslos cóncavos. ¿Y su culo?. Este lo tendrá irritado por el tejido que le devora el cagadero de mala manera. Hasta que se le noten las almorranas pretende, cuando se agache al sobar el regetón. Incluso dejará hoy manchada de nicotina fecal la entrepierna de los blancos inmaculados. Son bromas.
El crío que se ha quedado afuera le trae todos los cuarentas. El quiere los treintas. Tienen que ser menores. Tallas más pequeñas que aún no le satisfacen. Sigue exigiendo la mínima. La baby.
Goza mirándose al espejo, mientras el quinceañero del saggin' evalúa a la fuerza (porque si no el otro se pone nervioso) si le quedan bien o no. Al otro esto le empalma. Necesita probar a fondo esa ropa. Si resiste una erección. Y como la resiste pide una talla menos. Hasta que le revienten por superdotado.
Finalmente no compraron nada. Ninguno de los tres. Yo agarré el último pantalón calado que se probó (calculaba que fue el que más se le pegó a la piel) y me fui al probador de marras (lo habían dejado oloroso). Esnifé. Me corrí con aquello y marché pitando. Las tipitas se desentendían tanto de todo...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Estimado Maciste:

Los artículos de su blog me fascinan, me excitan y me repugnan a partes iguales.

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