31 marzo 2009

SEMANA ESPECIAL: Camp brasileño (años 50)

4. CALA A BOCA, ETELVINA (1959. Eurípides Ramos)

Miren que era ordinaria Dercy Gonçalves. Pero no como una Magnani, como una Loren cuando se las daba de frescachona... Ni siquiera como Mae West, que sería más de su quinta. No. Dercy era vulgar hasta el hartazgo. Sus astracanadas fílmicas, al menos para un foráneo, son inaguantables. Hasta Niní Marshall resulta más digerible. Hasta hace más gracia. ¿Que es un icono gay nacional?. Me importa un carajo. Habrá mejores. Luego critican a Carmen Miranda sólo porque era portuguesa... Manda narices...
Con Dercy, la Dercy de los años cincuenta (porque hay tantas Dercys como décadas que vivió, que fueron muchas, muchísimas. Murió centenaria, el año pasado) el género de la chanchada termina por definirse en sus aspectos más grotescos y deleznables. Del camp del principio se deriva al kitsch amenazador. Del populismo a lo populachero. De lo ingenuo a lo agresivo. Del campechanismo a la verdulería. Del carnaval a lo que aqui conocemos por carnavalada. Y Dercy, aún siendo un invento autóctono, tampoco le hace ascos a los cómicos extranjeros. Lástima que no supiera estar a la altura. Quiso dar el pego como una payasita Massina, pero estaba claro que lo suyo era el trazo grueso y no la humanidad con un poco de (desfasada) tragicomedia de la original. Esa italianización del costumbrismo brasileiro llegó a clamorosos actos de devastación cuando la chanchada misma evolucionó hacia lo picante (la pornochanchada), pues en los años setenta florecieron en este mundillo las Edwige Fenech de consumo interior.
Dercy nunca osó desnudarse, al menos en sus años de máximo poderío. Su histrionismo atrajo al público, ávido de risa fácil, a los cines. Sus películas siempre se vendían con el máximo reclamo de su personaje en el mismo título (o bien Etelvina, o bien Valentina, o bien Lucrecia, o bien Minervina, o bien Dona Almirante Miranda). Siempre hizo de ella misma. Perdiendo los nervios a la mínima de cambio. Aunque, por ejemplo, en su Etelvina también es justo reconocer que lo suyo era altamente contagioso. Y es que ella hacía de criada (o empleada doméstica, si lo prefieren), se supone que un gremio de modales poco refinados (en su caso, carente de refinamiento. Ni tan siquiera de dignidad, aquella que le sabría dar maravillosamente bien una Gracita Morales en España). En cambio, aqui veíamos que tan maleducada era ella como su señora. Sólo cambiaba el vestuario. Pero no demasiado. Gracias al intercambio de roles, digno de un sainete comme il faut, terminaba Etelvina vistiendo como Lucille Ball cuando quería ser Sandra Dee (era confundida con la esposa de un hombre rico y ella p'alante). El contraste era tan disparatado que toda posible carcajada del alucinado espectador acaba en un exabrupto parecido al erupto.



Es realmente aburrido ver Etelvina por lo poco cinematográfica que es. Se basa en una obra de teatro (por definirlo de manera piadosa) pero su director es tan negado para la profesión que es incapaz de hacernos olvidar que aquello salió de un escenario. Durante cuarenta minutos la cámara permanece estática en el interior de una casa. Sus personajes están sobreactuados. El intringulis típico de una revista musical de cuarta categoría nos hace pensar que de inmediato saldrá una vedette disfrazada de Carmen Miranda (la propia Dercy valdría) para relajarnos de tanto griterío con sus contoneos en ritmo. Y no. No existen intermedios musicales en esa primera mitad del metraje.
Cuando de pronto vemos la luz del día, cuando Etelvina sale vestida con una negligée que ni se pondría Doris Day borracha, nos llevamos un buen susto. Hay vida más allá de esas cuatro paredes. Y vaya que la hay. Nada menos que Los Golden Boys la amenizan en duduá en una esquina de barrio. Los hermanos Correia y Waldir de Anunciaçâo hacen feliz a cualquiera con sus armonías vocales. Parecen Frankie Lymon y los teenagers da rúa. Sale Etelvina pero es tan transviada que ni les presta atención. Aún quedan dentro de la mansión los señores. Afortunadamente se hace de noche y deciden salir todos a un night club. Todos menos el director (don Eurípides Ramos) que los espera enclaustrado. La labor camerística, a continuación, lleva la firma del más dinámico Hélio Barroso Neto.
Será cuando se sucedan las actuaciones musicales de diferentes artistas de la categoría de Nelson Gonçalves, Silvio Mazucca y muchos más. Cantan el Cachito de Consuelo Velázquez (más nana que baiao), cantan un sentimental bolero. Y hay una fantasía musical a cuenta del éxito de varias temporadas, Mulher rendeira, que cerraba la década de los cincuenta igual de impoluto y triunfal. Dercy bailaba a su manera, y poco más. Que era mucho. Era lo mejor de la chanchada (el night club, no ella).

No hay comentarios: