30 marzo 2009

SEMANA ESPECIAL: Camp brasileño (años 50)

3. ALEGRIA DE VIVER (1958. Watson Macedo)

Durante la segunda mitad de los años cincuenta el rock and roll también llega a Brasil. Es un boom inesperado y con características de perdurabilidad. Los años sesenta serán los de la Jovem Guardia, el fenómeno beat y la maravillosa aparición de Os mutantes (capaces de conjugar tradición con psicodelia desde terrenos de pura genialidad). Es lícito pues encontrar en los miméticos pioneros al auténtico gérmen de un sonido tan revolucionario como fascinante, a menudo ignoto en nuestras latitudes por el predominio de la samba y la bossa (al parecer los únicos estilos que dan rendimiento en el mercado discográfico español). Los propios brasileiros también son muy dados a no dejarse contaminar por sonidos foráneos. Sin embargo, al principio no era asi. El swing, el jazz de evidente comercialización norteamericana fue rápidamente fagocitado por ellos, pero sin olvidarse de conservar en sus repertorios los extraordinarios lamentos de saudade de un Doryval o un Jobim. Con el rock and roll -y también la canción melódica- se comprobó que Brasil seguía perfectamente enterada de todo lo que se cocía en otros países sudamericanos, en Estados Unidos y en Europa. No es raro ver en los discos de artistas de los años cincuenta versiones de éxitos españoles, franceses, italianos y mexicanos, adaptados incluso en las letras. No acontecía esto en España, que seguíamos restringiendo esa batidora musical a sambas y bossas. Hasta la actualidad.
En el cine pasó lo mismo. Es curioso que en Alegria de viver, que es una película testimonio de la irrupción de la fiebre rocker en Río de Janeiro, el personaje masculino principal (el bello John Herbert), de maneras clásicas, se queje en un diálogo de la americanización que sufre la sociedad juvenil. Esa identidad new generation supuestamente en crisis que, repito, jamás renunció del legado patrio, ya llevaba en los cines muchos años. Por lo menos desde la aparición de productoras como Vera-Cruz o la Atlantida.
Alegría de viver recoge hasta la última gota de esencia de películas similares de la AIP, sólo que acercándose más a una potente Warner Bros. cuando jugaba con los mismos elementos que los artefactos manufacturados por la anterior (rebeldía juvenil, nuevas estridencias, bailes vertiginosos, problemática paterno- filial) pero desde una óptica for all the family y no de drive-in. El director Watson Macedo era un experto en comedias musicales y cuando se arriesgó con la nueva moda acertó de pleno. Logró un Rock, pretty baby nacional que rezuma como su patrón contagiosa vitalidad, la alegría del título plenamente resuelta en imágenes y sonidos. Que esa alegría pueda parecernos un poco forzada a años vista, en donde algunos extras se muestran desubicados tal vez por una cuestión cultural ante tanta cabriola y tupe alborotado, no mengua nuestra capacidad de emocionarnos a los aficionados a esta música. Es lo explosivo del alma brasileña lo que salva la papeleta del "quiero y no puedo". Es un filme conmovedor.
Watson erige un monumento a su sobrina y ahijada, Eliana. La convierte en princesa de una generación de rebelditos (los míticos brotinhos), aqui denominados peyorativamente kinkys, cuando al principio de su carrera había sido la princesa del fox trot. Eliana es una de las máximas figuras del star system de la edad dorada. Rubia encantadora, respuesta fluminense de la gentil Debbie Reynolds, con un agradable parecido físico a la maravillosa Anne Francis. Sus bailes son sencillamente arrebatadores.
La americanización ya está en marcha. Hay personajes que responden a los pintorescos seudónimos de Johnny Guitar y Tony Curtis. Son cancilleres de antros de moda (el Rock boy Club), donde imponen sus leyes del ritmo todas las noches, no bien aparcan las furiosas lambrettas (también de importación) en la puerta. Su jerga no es la de unos caipiras cualquieras. Utilizan palabras yanquis para comunicarse. Se visten con cazadoras de loneta encarnada o de negro cuero, llevan pantalones vaqueros azules y sus pelos son clamorosos tupés lacados hasta el vicio. Ellas llevan falditas can cán, de vuelo para el dancing party y colas de caballo detrás del flequillito: podrían pasar por estudiantas de una high school en Pennsilvania. Sus habitaciones están adornadas de ositos de peluche, de banderitas de algún equipo deportivo y de fotografías de ídolos muy rubios.
Entre los secundarios hallamos más detalles deliciosos de colonización rockera. El cantante de turno se desgañita, sufre ataques epilépticos que en realidad forman parte de su coreografía. De repente, vemos que Celentano es un buenísimo modelo a imitar. También reparamos en los pijines, con trajecito de noche y pajarita. En especial, cuando las luce Sergio Murilo, todo un ídolo de quinceañeros poco después (uno de los que más cantó a San Remo). Emociona Sergio en su caracterización (algo tosca e idiotizada) por lo que tiene de Sal Mineo carioca. Como aquél, es comparsa de los protagonistas, consigue ganar unos cuantos planos desde la retaguardia y baila muy bien el rock and roll. Es una pena que no cante en la película. Y otra pena que la ternura inolvidable de Mineo aqui la sustituya por cierta arrogancia bobalicona.
Antes de que la Jovem Guardia irrumpiera en Brasil, ya vemos a muchos de sus representantes (¡Roberto Carlos diecisieteañero y con todo un futuro por delante!) ocupando posiciones, pero también vemos a la vieja guardia como Ivon Cury, cantando en brasileiro y español un slow en lo que era un número de producción muy estilizada.
Pese a estos detalles, triunfa lo rabiosamente juvenil, desde esa candidez de los años cincuenta que nos desarma a los sensibleros camp: esas vistas de la capital carioca, los planos incandescentes tanto de una Eliana de faldita indomable como los del trasero abierto, engalado de alpaca y tomado desde un primer plano de John Herbert cuando, mal sentado en un taburete de night club, llora sus penas a su acompañante: su chica se había ido con los rebeldes.
Finalmente todo acabará bien, como en las películas de Marisol o de Rocío Durcal. Prevalecen los buenos sentimientos, el "todos juntos y revueltos". Los pequeños malentendidos resueltos por ser el diablillo del rock muy poco nocivo (sólo sirve para contagiar la alegria de una nueva generación triunfo). Ayer fue la samba, hoy esto. Mañana, ya veremos...

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