27 marzo 2009

SEMANA ESPECIAL: Camp brasileño (años 50)

2. A CARROCINHA (1955. Agostinho Martins Pereira)

Amácio Mazzaropi es un mito del cine brasileño. Este actor, como tantas figuras del espectáculo, ha sido ninguneado por la crítica intelectual. Pero eso no importa. Su mundo no está en los antipáticos circuitos del arte y ensayo o de los festivales de prestigio. Su magisterio lo ejerció desde una pantalla de cine de barrio, personificando al ciudadano del interior, sabiendo acercarse a sus usos y costumbres. Y todo desde el respeto, nunca desde la exageración ni la patochada. También podría decir charlotada, pero no de Charlot porque hay planos de A Carrocinha que parecen extraídos de algún fotógrama de Candilejas o asi. La explicación es porque Mazzaropi siempre fue un tierno, un romántico, un hombre humilde. Ganó mucho dinero a lo largo de su vida, una vida entregado a su profesión. Y siempre desde el rigor y el profundo amor al personaje. Siempre el mismo, porque el público asi lo quiso.
Era o caipira, o Jeca digno de una historieta por la que parecen no pasar los años. Invariablemente chófer y hombre de campo. Apocado y sumiso. Con un punto de tristeza en la mirada. Y su peculiar forma de vestir, que no en vano es la de tantos caipiras que hemos conocido tal vez en los lienzos de Alméida Junior o en los tebeos de Mauricio de Sousa. Camisa y chaquetas blancas, pantalones con dobladillo, sombrero de ala ancha... Y, alrededor, toda una auténtica cultura popular que incluiría música y variedad dialectal.

Es posible que Mazzaropi nos recuerde en más de un punto al pelao de Cantinflas. No en vano, el cine brasileiro de los años cincuenta mantiene conexiones con el de México, en esa búsqueda del éxito rápido, del taquillazo. Ambos son personajes humildes y simples, enamoradizos y dóciles. Pero lo que en el mexicano había de verborrea (a menudo genial) en el brasileiro lo es de todo lo contrario. Su fuerte no es la dialéctica. Esto unido a su estampa algo gris, tristona, afligida lo trasladarían al terreno de lo casi zen. Inclusive para un espectador extranjero, al ver un filme de este actor le cuesta trabajo catalogarlo de personaje cómico. Porque cuando cantaba o bailaba, era correcto en las formas. No pretendía la parodia, mucho menos la ofensa. En ese sentido, habría en el algo tragicómico a la altura de nuestro hombre corriente Antonio Casal, o hasta del genial Jose Luis Ozores. Es posible que lo mismo puedan sentir los espectadores no caipiras, es decir, los no habitantes de las ciudades del interior (sudeste, principalmente de ese país). No lo sé. El caso es que he visto cuatro o cinco películas de Mazzaropi y no lo veo en el equipo de humoristas del cine de su generación: los más veteranos Oscarito o Grande Otelo.
Con los años, el actor se convirtió en productor y director de sus propias películas (tras la ruina de Vera-Cruz). Expandió su poderío al mundo de la televisión. Nada que pudiese ser una dificultad extra, pues desde bien crío estuvo en contacto con el público en directo: había empezado en el circo. Y en la radio, claro. Me figuro que esa actitud suya, de tristeza y escepticismo le pudieron venir por herencia directa: su padre era italiano (país de enorme tradición circense) y su madre portuguesa (esa saudade). Tal vez, dentro de él se hallaba un profundo secreto, jamás revelado que le hacía ser así (recientemente, en foros gays de Internet se pretendía desentrañar facetas ocultas que afectaban a su vida privada).

Sea como fuere, Jeca Mazza es una personalidad todavía por estudiar en Europa. Capaz de hacer un cine realmente digno en un campo donde predomina lo vulgar. Comedias de neorrealismo rosado, que surgen a partir de la anécdota y que van creciendo desde el interior de un ser insignificante pero grande en humanidad.
Como aqui lo era con los perrillos. Lacero imposible, salvo si se prendaba de alguna caipirinha asilvestrada. Entonces no. Cumplir con el oficio era perentorio. Atrapar canes a discreción y encerrarlos en la carrocinha. Había que pensar en el porvenir si quería casar con la muchacha.
Mazzaropi murió a principios de los años ochenta, víctima de un cáncer de médula ósea. Ahora que las nuevas generaciones, las que se educaron con el mal gusto de las porno chanchadas desconocen su legado (algo que en Mexico los jóvenes no han hecho con Cantinflas, por cierto), desde Fantasía Mongo, desde otras culturas, no apostando por una beatificación, sí lo haríamos por un rescate urgente de su memoria. Títulos como A carrocinha nos reconcilian nuevamente con el cine popular, venga de las latitudes que venga.

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