26 marzo 2009

SEMANA ESPECIAL: Camp brasileño (años 50)


1. AVISO AOS NAVEGANTES (1950. Watson Macedo)
Este es uno de los musicales más representativos de la productora especializada Atlántida. Reúne todos los requisitos inherentes al género: bellezas femeninas, cómicos populares, canciones de moda, coctelera musical, ambiente chic, personajes estrafalarios, algo de intriga, bastante romance... Y, en cambio, los elementos están tan mal encajados que no podemos ver estas dos horas (que acaban agotando) más que desde lo misericordioso. Esas interrupciones abruptas que sufre la mínima trama (que por supuesto, tiende a multiplicarse para que aquello parezca un vodevil) nos recuerdan a múltiples musicales primitivos de Hollywood, cuando los Revues y las Follies dictaban las modas del incipiente cine sonoro.
Sin embargo, Aviso aos navegantes no cuenta con el libreto de Sail away, Anything goes o Follow the fleet, sino que es un (riquísimo) cancionero, típico de la fecha en que se rodó, importante a nivel sociológico porque advierte de lo cosmopolita que podía llegar a ser aquel Brasil de antaño. Constantes referencias a la vieja Europa, guiños particulares a lo español, sentido de hermandad con los países vecinos (Cuba, Mexico y Argentina, sobre todo) y ese doblegamiento al estilo hollywoodiense que en su particular modestia consigue hacernos cómplices del mimetismo con gran facilidad.
Quiero dejar constancia de que esta chanchada (una de las primeras y lejos aún de su terrible vulgarización) tiene sus mejores momentos en los números musicales. Son números que a veces se introducen por pares para luego entrar en las partes cómicas o románticas. Asi pues, en casi ciento veinte minutos de metraje, supondrán que caben muchas canciones. Estilos como el swing, la rumba, el tango, la conga, el bolero, el samba, ¡la música clásica! y lo spanish dejan a las claras que Brasil estaba perfectamente conectado con el mundo, algo que no podríamos decir de nuestro país (por aquellos años la única música que poblaba nuestras pantallas era la copla andaluza). Aparecen rumberas cubanas (sabiendo que en Mexico eran un género en toda regla), muchachas rubias autóctonas imitando a Carmen Miranda (por un lado, prolongando el estilo que la chanchada vendría a sustituir: la carnavalada; y por otro lado, honrando el triunfo en el imperio del dólar de la Miranda). En cuanto a la música clásica, siempre utilizando algo masticable: Tchaikowsky es el tótem del fácil consumo, ilustrando un ballet de tutús sobre paisaje lunar para pronto cambiar a ritmo de chá con palmeras y cocoteros tropicales (aunque con idéntica partitura. El pop es maleable, sea del siglo que sea).

Hay dos detalles deliciosos en el filme. Uno sería el número de la bolerista nativa que le canta a la lluvia. Está integrada en un escenario donde los bailarines (y ella misma) llevan impermeables y paraguas. La lluvia es artificial pero resultona y el mensaje de la canción se resumiría en el dicho "a mal tiempo buena cara". Anticipa por lo tanto un par de años al número titular de Cantando bajo la lluvia de Stanley Donen y Gene Kelly (independientemente de que éste ya viniese de finales de los años veinte. A esas alturas, el vetusto original estaba bastante olvidado). Y otro tanto de lo mismo (anticipación de un éxito aún por hacer de Hollywood) serían las protagonistas femeninas: una es rubia (Eliana) y otra morena (Adelaide Chiozzo), las dos son estrellas del music hall, las dos viven aventuras en un trasatlántico de lujo. Esto es puro Anita Loos a la altura de Gentleman prefer blondes. Y, de acuerdo, también hubo una versión de finales de los años veinte de esta obrita (musical de Broadway), sin embargo, se tuvo que esperar al rescate marilynesco (1953) para que se volviesen a poner de moda las venerables gold diggers.
En cuanto a los cómicos, aqui tendríamos a dos de los más célebres de la cinematografía brasileira: Oscarito (malagueño saleroso, no hay más que ver su número de rumbera para comprobar que dejaba a la mismísima "tia de Carlos" a la altura de un sheriff de condado) y Grande Otelo (actor muy interesante que, como el anterior, debutó en la década de los treinta en la importante Noches cariocas). Uno es polizón (clandestino, le llaman) y el otro cocinero. A partir de sus desbarajustes, a los que se van uniendo un ocultista de lo más pinturero y un tema de robo de joyas, el contrapunto gansil garantiza de pleno el carácter de revista filmada del producto. Watson Macedo, el realizador, se convertiría con el tiempo en uno de los artesanos más fiables en esta materia que dio el cine popular nacional.

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