25 marzo 2009

SEMANA ESPECIAL: Camp brasileño (años 50)

0. Introducción

Como le pasa a Mexico, la actividad cinematográfica del Brasil quedó en los años 50 condicionada por la búsqueda de un afán de modernización. Se procuró dentro de su cine popular alejarse de cualquier corriente realista (y si esta se daba era en tonos amables y humorísticos: tal que el cine del ídolo local Mazzaropi, el fenómeno de la caipira y las chanchadas). Los logros de Humberto Mauro a finales del cine mudo y durante los años treinta se perdieron definitivamente en una industria que quería recoger de forma tan mimética como urgente los aspectos más lúdicos del cine made in Hollywood.
La gran crisis de la década de los cuarenta, donde apenas se alcanzaron los cien títulos era, de alguna manera, superada con el advenimiento de la productora Vera-Cruz (alcanzándose los 250 títulos), fundada en 1949 con la inestimable ayuda en calidad de Productor General de un vuelto del exilio Alberto Cavalcanti.
La Vera-Cruz es un capítulo importante de la cinematografía brasileña pues provocó mayores daños culturales que obras de calidad. Era una empresa ambiciosa, desproporcionada, ideada para competir directamente con el cine norteamericano. Su fundador era el italiano Zampri y en el elenco de directores que trabajaban allí apenas figuraban personalidades nacionales. Casi todos eran extranjeros, venidos de Europa tras la segunda guerra mundial, con una ignorancia total de lo que era la idiosincrasia del pueblo que los acogió. Incluso Cavalcanti, siendo brasileño de origen, ya se sentía desarraigado, amén de vivir horas creativas bajísimas. Por otro lado, también estaba la productora Atlántida que nutría las carteleras de comedias musicales, arrevistadas: un cine que pretendiendo ser popular acabó siendo, todo lo más, muy populachero. Cómicos como Grande Otelo, Oscarito (nacido en España), Dercy Gonçalves o el ya mentado Mazzaropi (creador de un prototipo muy amado por las clases humildes en tanto que reflejaba el carácter del brasileiro del interior del sudeste. Un caso similar al del mexicano Cantinflas y su entrañable peladito). En cualquier caso, glorias muy locales que paradojicamente miraban al exterior con tanto deslumbramiento como escepticismo, como veremos más adelante.
Ese falso localismo tuvo un ejemplo clave en el filme de Lima Barreto O Cangaceiro (1953), probablemente el título emblemático de la productora Vera-Cruz y el más reconocible del cine de ese país antes de Orfeo negro. Fue un éxito en todo el mundo, contaba con una música maravillosa (la canción Mulher rendeira fue todo un hit) y definió en adelante un género que guardaría equivalencias con el western gringo y que se dio en llamar o cangaço. El filme una vez más se rendía a las trampas de la comercialización falseando el fenómeno del bandidaje autóctono.
El espejismo de una industria potente acabó reafirmándose en su condición de utopía cuando la Vera-Cruz quebró. Con ella se hundieron el resto de pequeñas productoras. La ilusión de un Hollywood brasileño se esfumó en una maraña de celuloide irreal pero sabrosísimo desde una sensibilidad camp. Predominio de cine miserable disfrazado de alta comedia, de amor y lujo, de grandes salones y night clubs donde las big bands, el champán y las soirees de las damas y los fracs de los caballeros encandilan con sus rutilantes tonos de frivolidad importada. Grandes transatlánticos que huyen de la miseria del sertao.
Antes de la bossa nova, el cinema novo y todas las novedades que los años sesenta trajeron a esas tierras, hubo un cine pop capaz de arriesgarse en una sublimación del kitsch muy en la onda de la Fox, justo donde triunfó en la década de los cuarenta la sinigual Carmen Miranda (artista portuguesa que ya en los años treinta puso de moda el cine carnavalesco que tanto influiría en las patochadas posteriores de una Dercy Gonçalves, por ejemplo), pero con lejanos tufillos de un fascio que los amamantó. A falta de fantasías tecnicoloreadas, se obsequió al espectador con simpatía y grandes números coreográficos, con la edificación de un star system que terminaría superando cualquier bastardía de conceptos (incluyendo el maggioratismo, en el caso de la primera Odette Lara, luego cúlmen del compromiso al protagonizar la emblemática Antonio das Mortes).
En los próximos días nos acercaremos a cuatro títulos representativos. Conoceremos a esos nombres tan amados que trascendieron aquel error, que siguieron haciendo un tipo de historias tan alejadas del "compromiso" hasta bien entrados los abominables años setenta. Cine de puertas adentro pero tal vez más amado por las clases populares que el que se exportó con visos de calidad, de denuncia de las injusticias del poder hacia el proletariado, aquel de las prestigiosas firmas (Pereira dos Santos o Glauber Rocha) y los galardones en Cannes.

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