03 marzo 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA

AUDACES LEGIONARIOS de Leopoldo Ortiz y Juan Antonio Delaiglesia (1958. Ed. Maga)




Que los moros eran una raza muy mala era algo archisabido. A los niños españoles de la posguerra se lo enseñaron desde múltiples bandos. En la historieta, quedaría bien claro desde los tiempos de El guerrero del Antifaz, si bien aquello era una exaltación de la Reconquista desde un marco temporal incomparable: la gloriosa España de la Edad Media. A la barbarie de los semitas se contraponía la generosidad y gran corazón de los nuestros, en una suerte de Cruzada moral que no podía hacer más que alimentar las ansias proselitistas de estamentos como Acción Católica y similares.
Que más de diez años más tarde los tebeos para niños siguiesen apostando por la fórmula de demonizar al pueblo árabe sólo se entendería desde la curiosa pervivencia de unos mitos lo suficientemente asentados, asi como por un intento de revitalizar el patriotismo ante unos acontecimientos históricos que afectaban a las colonias españolas en el norte de Africa (Sidi Ifni era nombrada capital española de ultramar en 1959, frente al ataque marroqui). Paralelamente en el cine español, parece resurgir un espíritu castrense, entre lo boy scout y las historias de la puta mili en títulos como Quince bajo la lona, Los guardamarinas o la enésima revisitación a Botón de ancla.
Audaces legionarios
en tanto que tebeo de acción rehuye el componente amable, como de comedia rosácea de aquellos filmes en colorines para ajustarse a parámetros más concretos. Si bien ahora el moro ha dejado de ser un sanguinario terrible, se sigue jugando con la idea maniquea de las razas inferiores y superiores. Con, de nuevo, el recurso de la religión como valor supremo y que daría una justificación casi mística a la matanzas.

La bandera y la cruz por lo tanto se repiten pero desde un tono menos empecinado. Banderas y consignas se airean en los primeros episodios del tebeo, pero según va avanzando la serie un montón de elementos dispares harán derivar los tópicos iniciales en algo mucho más sugestivo: el delirio que sólo puede traer la mezcolanza de sub géneros. Cuando en los últimos episodios cohetes teledirigidos pasean a velocidad supersónica por los oasis, ya nos damos cuenta de que cualquiera de estos tebeos eran mucho más excitantes para los rapazuelos de Paracuellos que un simple ponerse cara al sol con la camisa nueva.
Se tiende a la igualdad de los bandos, muy timidamente, en pos de una batalla más ecuánime, hemos dicho. Por medio del guión de Delaiglesia, el semita es un ser con unos ideales a defender, tal como el españolazo. Y si en los insultos abundan los entrañables "perro judío" y "cerdo cebado" sabemos que estos sólo pueden surgir desde el fragor de la batalla. Bárbaros son ambos bandos, mirado desde la distancia ideológica y yo diría que racional. Cuando los combates cuerpo a cuerpo se dirimen a puñetazos y no desde la prudencia y frialdad típicas de una operación militar excelsa no cabe la idea de civilización de un, pongámosle, Alec Guiness a la altura de El puente sobre el río Kwai o de su príncipe Faisal en Lawrence de Arabia.
Resultan muy agradables los momentos en las dunas. Los legionarios tienen un aire a lo Benoit que, al no llegar al romanticismo del francés, se contentan con hacernos soñar con fantasías atlantes que desembocan como mucho en guiños al cine de barrio, con una Orientalia típica de Maria Montez (y recordemos que en las pelis de Maria Montez los árabes nunca eran malvados, salvo el sultán de turno. Todo lo más elementos tan simpáticos como inofensivos; o sea, ridículos). Veremos a moras tentadoras y a cristianas abnegadas (la morena Elvira).

Pero lo principal de todo, es el canto a la masculinidad, la oda a la camaradería del héroe español. Liderando, el capitán Carlos Rey, de un rubio ario que tira para atrás. Y como no podía faltar, está también a su lado el querubín, el maravilloso Blasillo, corneta de cabellos morenos y siempre metiéndose donde no le llaman. Pasaría por la mascota del regimiento sino fuera porque era lo menos parecido a la cabra de rigor (aunque un poco cabra lo hallo, todo sea dicho). Su aparición en la nocturnidad de los barracones de los machos es tan insistente que no dudaría en que se trate de un pimpollo demasiado coqueto, con demasiadas ganas de perder "eso"a base de azotainas primero, de pasar por la piedra pomez de cada uno de los matamoros que se apiñan alrededor de una timba. El hermoso Blasillo jamás será su mascota pues lo vemos integrado en las luchas arriesgando su vida, aún en sus pocos años. Fue, por descontado, el soporte imitativo que correspondería a una generación de escolares de su edad en materia de iniciación al patriotismo elemental, en una época en la que ya no se necesitaban tantos legionarios como funcionarios de clase media.











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