24 marzo 2009

DIRIGIDO POR... FA. Mademoiselle: "episodio de Tres amores" (1953. Vincente Minnelli)


Tommy es un niño rico norteamericano que se aburre en Roma. Una institutriz francesa se encarga de su cuidado. Le enseña francés pero él no soporta el francés, sobre todo la conjugación de los verbos irregulares. La profesora es jóven, dentona (como Leslie Caron, ¡de hecho es Leslie Caron!) pero muy atractiva. Lástima que sea una pesada de mucho cuidado. Eso debe pensar el protagonista que no la soporta. No ve la hora de que acaben las clases para ponerse a jugar. En uno de sus paseos conoce a otro crío de su edad que le cuenta cosas insólitas del entorno. Por ejemplo, le dice que existe una señora que es bruja y que vive en un palacete con una hija a la que por un maleficio ha transformado en perro. Tommy se queda impresionado con la historia a la que no da crédito. Su sentimiento es el de miedo pero también de arrojo al ser azuzado constantemente por el cuentista que lo acusa de miedica, de ser demasiado obediente a una insoportable institutriz que lo trae a raya.
Tommy se dirige solo a un american bar pero en seguida es invitado a desalojar el local por un barman. Cuestiones de edad. Las lecciones de francés cada vez son más insoportables y el pequeño termina escapándose. Vuelve a encontrarse con el niño fabulador. Se decide finalmente a ir a ver a esa mujer embrujada. Y la ven. Los recibe sentada. Es una mujer gruesa, de mucha edad, muy bien vestida. No es una extravagante como esas piradas que hay por el mundo. Se la ve elegante en el porte y en las formas. Como una condesa romana sin herederos que la acechen, solitaria y fascinante (como aquella de Grandes esperanzas). Desde el primer momento Tommy se queda atrapado por su magnetismo. Ella no resulta una presencia amenazante como lo puede ser su institutriz. Aunque bien es verdad que le da un susto terrible cuando por su sola mirada rompe el vaso que tenía en la mesita, estallando cristales y contenido -que es un extraño líquido azul- ante los cerúleos ojos del infante. En cuanto al perro, tampoco es de temer, salvo al echar al amiguito a ladridos de alli por mediación de su dueña (que se dirige en todo momento al can como si fuese una mujer).
El niño y la anciana entablan una conversación. El comenta que se aburre mortalmente en esa ciudad. Que odia a su maestra. Que le gustaría ser, aunque fuese por unas horas, otra persona. La bruja sopesa sus deseos mientras le va preguntando detalles de su vida, de su personalidad. Tommy quiere ser mayor. Ser independiente. Porque esto le haría libre. Entonces ella le explica cómo puede conseguirlo. Es cuestión de concentración mental y de un trozo de cinta rosa. Se la entrega explicandole las reglas que debe seguir: acostarse a las ocho de la noche, colocarse la cinta enrrollada en el dedo en la sien y, entonces, repetir el nombre de la anciana con mucha intensidad (se llama Hazel Pennicott). Y se despiden.
Tommy está realmente nervioso. Quiere llegar a casa y meterse inmediatamente en la cama. Pero la institutriz, que estaba muy preocupada por su paradero, le riñe, le obliga a que cene antes de acostarse. A regañadientes medio cena. Al límite de la hora realiza los mandatos de la bruja. Y se convierte en un jóven. Apuesto, terriblemente apuesto. Se mira al espejo y sonríe ancho de felicidad. Cuando acude al ropero para vestirse comprueba que tiene a su disposición docenas de trajes a su nueva medida. Asi pues, engalanado como un ceniciento, se va al american bar a tomar una copa. Pide la bebida azul. Se siente el dueño de Roma. A su lado lo observa muy interesada una rubia imponente y algo plástico. Es un flirt. Pero Tommy la rechaza. El es romántico. Le gustaría encontrar a una muchacha dulce, sincera, inteligente y también apasionada como un verso de Verlaine.
La encuentra en el mirador de un jardín. De espaldas. Le recita en francés. Ella se da la vuelta y resulta ser la institutriz. Lejos de espantarse ante su presencia, Tommy se extasía. A sus veintipocos años la encuentra maravillosa. Y su cortejo es fascinador. Paseos en carroza a la luz de la luna, compartiendo poesías en francés. Se consolida el flechazo. Es como si ambos tuviesen la sensación de que habían nacido el uno para el otro. Mas la hora fatídica se aproxima y Tommy se despide a trompicones. Se citan para la mañana siguiente en la estación del tren. Echa a correr y por el camino se transforma otra vez en el pequeño de once años en pijama.
Al día siguiente es la despedida. La maestra está triste, no ya porque se le acabe el empleo sino porque tiene dudas de que pueda encontrar a su príncipe nocturno. A quien encuentra es a Tommy que le pide perdón por lo mal que se portó con ella. La invita a subir en el tren. Ella lógicamente dice que no. Cuando el tren parte, se queda sola en la estación, sin más compañía que un trozo de cinta rosa que le ha dejado Tommy de recuerdo. Se sienta en un banco y sin pensar en nada enrrolla la cinta en el dedo. Un golpe de aire hace volar la cinta que camina al ras del suelo, como si alguien la estuviera manipulando. La cinta la recoge un muchacho igual de apuesto que su amigo de la noche anterior y se la entrega. Las miradas cómplices de ambos indican con exactitud que el príncipe del cuento habría llegado ya a la cita, con otra fisonomía pero igual de agraciada.

Este cuento de hadas, integrado en un largometraje en medio de otros dos episodios "amorosos" de sendos directores (nada relevantes, ni los episodios ni sus artesanos), es una pequeña joya que por una extraña (y romántica) razón equiparo a otra obra de menor repercusión popular titulada The clock (1945). No se parecen en nada, salvo en su sencillez y en que en ambas sale una estación de tren que marca los destinos de unos personajes. En cambio, esa estación no es el decorado fundamental de Mademoiselle. Tampoco es que en Mademoiselle el decorado sea relevante, aunque como es costumbre en Minnelli éste aprisiona (y también libera) al personaje principal de sus fobias inmediatas. Tommy niño ve Roma como una prisión, no entiende cómo puede gustarle a alguien esa ciudad llena de fantasmas. En cambio, Tommy jóven (ya liberado por el hechizo de la anciana bruja) al descubrir el amor transforma la realidad en algo bien diferente: en el marco idóneo para que se cumplan sus fantasías románticas (que paradojicamente, son muy francesas. Tan francesas como mademoiselle Caron).
Minnelli, es bien sabido, fue el más europeo de los directores norteamericanos. Pero, sobre todo, el más francés (no francés por moda, cual un Arthur Penn coyuntural, sino un francés aspirante a heredar la paleta exaltada de los grandes impresionistas). En este cuento, Tommy parece indicar que odia lo francés, pero de alguna manera nos percatamos de que no se trata más que de un sentimiento infantil que afectaría de igual manera a su aversión por la ciudad eterna en la cual padece esas impuestas vacaciones. Cuando el pequeño se convierte en hombre, el idioma de Verlaine será el más adecuado para comunicarse con la amada (y el marco el mejor, a falta de unos jardines versallescos. Esa Roma tan distinta de la de Dos semanas en otra ciudad, más esquizofrénica, nerviosa, en contínuo movimiento. Hallaríamos entre una y otra la misma diferencia que habría entre un encantador cuento de hadas y un best seller tremebundo).
Bien es sabido que la estética de lo francés en Minnelli ha envejecido mucho con el paso del tiempo. Que el ballet final de Un americano en Paris (1951) se sustentaría más en la perfección de unas coreografías y en una música sublime antes que en los aspectos, digamos, intelectuales de la misma. Sirvieron, y asi deberíamos entenderlo en la actualidad, como una manera de atraer a cierta elite al mundo frivolón de los musicales de Hollywood, dentro de lo que la productora leonada vio como una maniobra cultural de primera índole. Quedaría por descontado aqui, hoy y siempre el brío de un experto creador de carruseles en color. Su solo intento de apartarse de una mentalidad yanqui le honraba, pero con las limitaciones que dictaría su condición de snob. No olvidemos que Minnelli se había criado en las follies de Ziegfeld o los espectáculos de vaudeville del señor David Belasco.
Mademoiselle no cae en el barroquismo desmesurado. La tendencia a la fantasía no se desmadra en paraísos orientalistas a lo Kismet (extraño en el paraíso es el niño Rickie Nelson, pero sin babuchas ni ganas de entonar a Borodin). Prima la sencillez narrativa y la sencillez de estilo. Es por ello que la considero más cercana a The clock (costumbrismo capitalino, precursor de alguna manera de la fallida Estación Termini) que de cualquiera de sus, por otro lado, geniales feeriès.

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