10 marzo 2009

DIRIGIDO POR... FA. "Just Imagine" (1930. David Butler)

David Butler fue un director poco distinguido que realizó sus principales trabajos durante los años treinta y cuarenta, sobre todo. Un artesano de la serie B que tiene el dudoso honor de haber convertido en marimacho a la espantosa Doris Day en aquella Calamity Jane de todos los Oestes. Y vive Dios, que Butler rodó un buen puñado de filmes en estos ambientes, con o sin canciones. Curiosamente, al retrotraernos a los inicios de su carrera a través de este insolite, ya nos estaríamos topando con un musical muy sui generis. Hablamos de una fantasía musical o bien de una ciencia ficción arrevistada. En cualquier caso, una rara avis. Cine evasivo de 1930, fecha de tanta urgencia para la evasión... de este mundo (un año antes los arruinados de Wall street emprendieron una huida fatídica del mismo, cayendo en picado de un montón de rascacielos monísimos). Hollywood, en su frivolidad, quiso ser solidario con un mundo derrotado, empobrecido de la noche a la mañana. A fin de cuentas, la Meca disponía de un montón de medios para que sus entretenimientos contasen con un presupuesto tan holgado como para que las desesperanzas se tornaran idiotizante alegría. Just imagine bien pudiera ser en ese sentido el sueño que SI se compra con dinero. Y como moraleja, que no sólo el mundo no se acaba después del desplome sino que traerá con el paso de los años unos adelantos de vértigo.

Los autores del guión y las canciones fueron una triada bien exitosa del Tin Pan Alley: De Sylva, Brown y Henderson, verdaderamente inspirados aqui gracias a su claridad de intenciones. Estas eran crear una adaptación musical del Metropolis de Fritz Lang. Stephen Grosson se ocupó de la dirección artística y Ralph Hammeras de los efectos especiales. Estos últimos atendieron muy de cerca a las propuestas del arquitecto neoyorkino Harvey Wiley Corbett, asi como a los visionarios dibujos del futurista italiano Antonio Sant'Elia. Los resultados visuales son fascinantes, aunque siempre por momentos. Si en exteriores de estudio son irreprochables, hay escenas de interiores tan claustrofóbicas como vacías de elementos, lo que infundirían una injusta sensación de pobreza. En cambio, otras veces esos interiores más amplios denotan una recreación de las estructuras decó junto con delirantes pastiches seudo vanguardistas. A la larga, podríamos definir el conjunto de metal decó apurado hasta sus últimas consecuencias. Y sin la timidez del sentido del ridículo.
Que la acción se sitúe en 1980 no deja de tener gracia. Nueva York ni siquiera hoy en pleno siglo XXI es como se la imaginaron los responsables de Just Imagine (en España se tradujo como Una fantasía del porvenir). Quiza porque en plena era de la música disco y de la new wave las chicas ya no eran flappers con la cara de la futura Jane de Tarzán (Maureen O'Sullivan) que circulan por las calles de la urbe montadas en avionetas por encima de los rascacielos de miles de plantas (y pensar que su hija Mia Farrow en 1980 andaba perdida por los ambientes snobs junto a Woody Allen). La (mínima) trama es menos importante que la sucesión de maravillas ultra tecnológicas que nos muestra David Butler. Todas estarían al servicio de un sistema de valores inducido por un sobreprotector Estado, realmente preocupado por mantener separados a los ciudadanos por sexos, con un curioso sentido de la procreación y con ese confort lleno de sofisticados atrezzos que hay que pagar a un precio muy alto. Los nombres de los ciudadanos son números (LN-18, D-6, J-21...). Sus vestidos son en verdad monos de trabajo cuya reversibilidad no oculta una uniformidad deprimente. Existe la entelequia del amor, pero hoy como ayer como mañana este es difícil de conseguir. En Just Imagine se intenta mediante canciones y bailes.

Desde luego que la parte más loca del filme es la que se desarrolla en ese estrambótico Marte al que viajan los tres protagonistas masculinos (los galancitos John Garrick y Frank Albertson y el contrapunto cómico que constituye El Brendel, dueño de un acento swedish que condiciona mucho su línea de comicidad). Tan pronto aterrizan con su spaceship los recibe una muchacha en bikini metálico, dueña de una pelambrera rubia digna de la reina de una jungla de plexiglás. Y sin embargo, la reina (o reinas) aun están por llegar. Pronto las van a conocer. La actriz Joycelle (su nombre artístico ya es un conjuro) es una soberana completamente desquiciante, su atuendo está todo confeccionado de mica y cuando camina o mueve los brazos (que es constantemente) el tejido provoca un chirriante sonido del que no habría que culpar a los precarios medios técnicos del momento. Sólo dice Boo-boo, lo que nos haría sospechar que esta reina intergaláctica tuviera antepasados en alguna tribu perdida del Africa profunda. Mas cuando vemos a su hermano gemelo, que comparte mismo rango de poder, comprobamos que -definitivamente- la razón estriba en que ellos no son de este mundo. Su hermano gemelo es una locaza gorda que se encapricha desde el primer instante del cómico Brendel, el cual tiene una línea de diálogo desternillante, típica de las tolerancias del precode: She's not the Queen. HE IS!". Esa gracieta a cuenta de la pluma del reinón también podría aplicarse a las ambivalencias sexuales que surgen en una secuencia anterior. Justo cuando la inspectora del gobierno está cubriendo los datos del ciudadano RT-42 (el afeminado Frank Albertson). La individua (muy marimacha, por cierto) le pregunta a bocajarro si el es macho o hembra. Al final pone una cruz en el casillero que indica condición de macho. Pero volviendo a la curiosísima estancia en Marte, es tremendo el espectáculo de bienvenida que le reservan a los terrícolas. Un puro y duro musical de Broadway con unos decorados y una coreografía a medio camino entre lo junglesco, el rito hinduista y las Follies de Ziegfeld. El climax lo hallamos cuando los brazos del ídolo (una suerte de diosa de la misericordia china) se agitan, balanceando a su vez a muchos de los bailarines que se han colgado de ellos.
Siendo las canciones y los bailes pegadizos, todavía pervive más el encanto de los efectos especiales y del diseño de producción. Logros que serían aprovechados para unos cuantos seriales (Flash Gordon incluido) asi como para el look de La vida futura de Cameron Menzies. El laboratorio que sirve para reencarnar a Brendel, con ese estilo art decó tan llamativo fue plagiado por los trabajadores de James Whale en su inminente Frankenstein (1931).

Y si bien el soporte humorístico hoy en dia lo vemos más extraterrestre de lo que debiera (si no fuera un juego de palabras algo burdo diríamos que ese soporte es insoportable: Brendel parece a ratos un Harpo Marx al que le hubiera vuelto el habla, imagínense qué espanto) el irresistible charme de Maureen O'Sullivan permanece invicto.
Acérquense, si pueden, a esta curiosidad de la Fox en tiempos de tristeza. Por momentos, una gozada de insuperable nonsense marica. Y casi a la altura de la coetánea Madame Satán (1930) de Cecil B. DeMille. Tanto la parte del zepelin repletito de millonarias y paracaídas de esta última como el Marte de Just Imagine deberían figurar en las antologías del disparate hollywoodiense con todos los honores. No cabe duda que filmes mucho más recientes en el tiempo y de carácter independiente como Forbbiden Zone (1982. Richard Elfman) o Desperate living (1977. John Waters) le deben una barbaridad.

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