23 marzo 2009

¡POST 1900! ¡1900 POSTS!: DELIRIOS SERIADOS

THE LOST CITY (1935. Harry Revier)

Me decidí a comprar esta serial hace poco menos de dos semanas porque leí maravillas de él a la tremenda Paul Roen desde su High Camp tan fin de siécle (del pasado, claro). Sé que la tendencia al delirio queer de este escritor (con un sólo libro: estos dos tomos- guías del gay camp) no resultarán de mucha utilidad para el cinéfilo serio y amante del rigor. Aún asi, la reseña de Roen abriría unas cuantas posibilidades para mí de empatía que finalmente se han cumplido tras zampármelo este largo puente. Existía de antemano la referencia total, fuera de dudas e interpretaciones extracinematográficas, de que estaba protagonizado por uno de los puntales del género: el apuesto Kane Richmond (toda una institución en los cliff hangers serials). Eso ya de por si valía los euros que pagué por el Dvd (edición del 2005, no demasiado digitalizada, con una imágen deficiente pero gloria pura comparada al sonido. Acaba de salir una nueva edición supongo que mucho más cuidada y a un precio algo superior). Sea como fuere, el serial está ahí. Inconmensurable en su deficiencia. Uno de los más enloquecidos y espantosamente mal realizados de toda la historia del serial norteamericano.
Lo que más me llama la atención no serían tanto esos aspectos homófilos en los que Roen se regodea tanto (más que nada por darle un sentido a su obra camp) como esa acertada intención de amalgamar estilos (a cual más fascinante) que serían la ciencia ficción, el terror y las aventuras junglescas. De alguna manera, el artíficie del serial buscaba una vía de novedad a partir de un filme que sí reunía estos tres elementos de manera maravillosa: La isla de las almas perdidas (1932. Erle C. Kenton), que partía del doctor Moreau de H.G. Wells, tomando también influencias del mismo medio que irían desde el doctor Frankenstein de Whale (Universal) al malvado Zaroff de Shoedsack y Irving Pichel (RKO). Sólo por estos dos últimos ejemplos, The lost City ya tendría asegurada su parcela de delirio, salvo que la escasez de medios del nuevo artefacto transformaron cualquier forma de fascinación en constantes delitos al buen gusto, cayendo vertiginosamente en la ridiculez, aquella que sólo un alma camp puede redimir con el sentido del humor. Es entonces cuando las aventuras de Kane Richmond y sus expedicionarios al Africa profunda adquiere poderes de auténtico desternille surrealista.

Los primeros tres o cuatro capítulos, que se desarrollan casi por entero en esa ciudad perdida donde gobierna el científico loco de turno (el doctor Zolok, interpretado por William Boyd; no confundir con el famoso caballista: Boyd era un actor muy secundario que aqui está afortunado dentro de la homofilia general del serial pues es fisicamente un cruce entre el amanerado Bela Lugosi de tantos terrores de opereta vienesa y el divino Edward Everett Horton), acaparan nuestra atención por lo que tienen de claustrofóbico, de asombroso y hasta de macabro. De claustrofóbico, porque esa ciudad son unos interiores de estudio, llenos de pasillos que comunican con habitaciones, celdas, laboratorios y salas de tortura. Sólo el exterior se nos presenta como un mundo reconocible en su identidad tópica (la selva de plexiglás). Asombroso porque Zolok quiere destruir el mundo con un rayo desintegrador, lanzando tormentas eléctricas a discrección, fabricando en serie un ejército de zombies gigantes (a partir de los negros nativos) y de la dominación mental que ejerce sobre el profesor Manyus (el venerable anciano de turno, padre de la chica). Y macabro porque los climax de esos primeros episodios son de verdadero terror. Primerísimos planos de los no muertos, los gritos de las víctimas antes de pasar al tunel infernal... Son imágenes que siguen impactando setenta y cinco años después de su realización y que se acrecientan por el estado cochambroso del DVD. Pero, sobre todo, por la pésima realización, incorporando un sentido de lo real (completamente fortuito) -casi documental en vivo- que una elaboración de estilo no hubiera podido reflejar al llevarlo al artificio, siempre menos creible.
Que el terror sean los rostros de unos indígenas delataría el fuerte componente racista del serial. Debemos sobrellevarlo con humor y siendo conscientes de la época en la que se filmó.

En cuanto al tono homoerótico, parece evidente que es grande en el personaje del siervo de Zolok. Hablo de Appolyn (Jerry Frank), un hunk boy semi desnudo, cuya prenda de lamé (una especie de traje de baño parecido al que usan los wrestlers en las competiciones) acentúa descaradamente, en sus ceñimientos, los atributos varoniles del muchacho. La curiosa relación amo y esclavo pretende no dejar dudas de que se sustenta desde unas características sadomasoquistas, y más teniendo en cuenta de que Zolok es un obseso de las torturas.
Es, además, un serial con numerosos ejemplos de bondage masculino. Tan pronto aparece Kane Richmond en sus dominios, la única intención del mad doctor es destruirlo lentamente a través del sufrimiento corporal. Cuando Appolyn lo capta su único deseo es de corromperlo en un cuerpo a cuerpo (que llegará a producirse, en un combate de lucha libre en medio de la selva que es apoteósico desde una sensibilidad homófila). No sólo Richmond es asediado por amo y esclavo. También será disfrutado por Butterfield (su sólo nombre da ya que pensar), ambíguo explorador que finalmente se pasará al bando de los "buenos", pero que antes lo atará a un poste, arrancándole los botones de su camisa blanca y en forma de diana escribiendo con rotulador la palabra DESIRE sobre el pecho de Richmond para certificar la puntería (capítulos antes Richmond y su amigo Jerry, también retenidos con cuerdas, contaron con un bondage excepcional donde los nativos más terribles iban lanzándoles flechas en un proceso de asaetamiento del que carecían de tradición los más tortuosos momentos del cine de la jungla hasta ese fecha). Poco después será el propio Butterfield el que sea abandonado en postura de parturienta, encajonado en una peculiar base de árbol con forma de potro de tortura, muy parecido a los muebles utilizados para penetrar esclavos y que conocimos décadas después en los filmes SM gays de Tom Ropes McGurk.
El último capítulo es decisivo en tanto que levanta un poco los ánimos (por llamarlo de alguna manera) del espectador, algo perdido entre repetitivas escapadas por la jungla. Pues el héroe retorna a los interiores del terror al caer de forma más categórica en las manos de Zolok, que lo somete al rayo desintegrador (la forma en que lo ata a la silla, las palabras que le regala, la mirada de lascivia de su contrincante Appolyn reafirman el carácter sadomaso, muy premeditado de esta aventura serializada).

Si la parte de la jungla (alejados del laboratorio) resulta algo plúmbea también es verdad que, al menos, nos reserva la oportunidad de solazarnos con un personaje muy divertido, un clásico que siempre llega a apasionar por su campismo. Me estoy refiriendo a la reina exótica de turno, Queen Rama (la imposible Margot D'Use), una déspota que quiere convertir al negro en hombre blanco, pero, sobre todo, quiere Africa para ella sóla (y de paso al guapo Richmond, que no está para pensar ni en matrimonio tribal ni mucho menos en sexo: habida cuenta de las sensaciones turbulentas que le han presentado como posibilidades para el placer Appolyn y master). Queen Rama es el colmo de la ridiculez camp (cambiándose sin parar sus dos únicos modelitos para entrar y salir de su cabaña, se supone que corte real), sus caracolillos en la frente, su vulgaridad de rastrera, su pesada tendencia a lo dominatrix (dando patadas al mensajero, codazos a la sirvienta) son alucinantes. En cuanto a la escena de seducción a Kane Richmond es inolvidable. Rama es directa. Y al rechazarle el machito lo intoxica con un bebedizo que le dejará ciego (de manera temporal, porque tan pronto lo ve el anciano profesor lo salvará con agüita del Carmen, ¿o eran tal vez unos colirios?).
En resumidas cuentas, The lost city es todavía un festín para amantes del absurdo, para los que sabemos que del Hollywood clásico también salieron bodrios inconcebibles pero sanamente divertidos.


Véan dentro de dos lunes...
TERRY AND THE PIRATES (1940. James W. Horne)

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