16 marzo 2009

DELIRIOS SERIADOS


FLASH GORDON CONQUERS THE UNIVERSE (1940. Ford Beebe y Ray Taylor)

Con este nuevo serial se completaba la trilogía de Flash Gordon, tal vez la primera space opera de la historia del cine, proviniente a su vez de la primera space opera del mundo del comic. Y, en cambio, ya muy poco había del espíritu original de la creación de Alex Raymond a esas alturas. No fue asi en 1936, cuando el propio Raymond visitaba como supervisor los platós de la Universal, donde se rodaba el primero de los seriales. Entonces, al menos en los capítulos iniciales, el guión eran las sundays del comic, asegurándose una fidelidad con el material de partida (un cantar, una gesta) amparándose a su vez de una holgura de medios como nunca se había visto antes en este cine de los domingos.
El alto presupuesto no dejaría de notarse en la segunda y en la tercera parte del ciclo pero por entonces los personajes ya volaban libres, sin la sujección que implicaba el respeto a unas viñetas. En cuanto a la reconstrucción de decorados y maquetas, es posible que luciesen mucho más olvidándose de la inmejorable imaginería de Raymond, pues a todos los efectos, si empezamos a comparar -y por mucho dinero con el que contase la Universal- esto no soluciona para los conaisseurs nuestra sensación de ridículo. Es imposible, de aquella y ahora, visto en lo que ha degenerado el mundo de la fantasía espacial, que nadie pueda igualar el genio desbordante de Raymond. Sólo estuvo cerca George Lucas en su trilogía de Star Wars, pues las restantes de la saga dejan mucho que desear. El propio Lucas afirma ser un gran admirador del Flash Gordon del serial cinematográfico (en su infancia fue un espectador más). Y que incluso llego a plantearse comprar los derechos de la obra para realizar su propia adaptación. Al final lo pensó bien y abandonó la idea, argumentando que había para llevarla a cabo que sentirse apasionado por ciertos elementos del original que en realidad no le interesaban demasiado.

Sea como fuere, la imágen que aún conservamos los nostálgicos del rubio titán de los espacios siderales sigue siendo la de Larry Buster Crabbe, cuyo entorno clásico, emparentado a un Medievo que se abraza a las civilizaciones futuras, quedaría empañado por un protagonista inequivocamente ejemplificador del tópico del atleta universitario norteamericano. Asi era el físico de este actor y asi pasó a la gran pantalla, con tinte platinado, cual el de los tebeos y con una serie de modelitos extravagantes (al menos, en esta tercera parte del serial) que irían entre lo napoleónico (para celebraciones y momentos de poca acción) y el atuendo ceñido de Robin Hood (muy en boga gracias a la versión sonora de Errol Flynn).
En 1940, los espectadores habituales a los programas dobles ya estaban muy familiarizados con los personajes. Hubiera sido un terrible error haber sustituido a Crabbe por otro machito all american. Sin embargo debieron acostumbrarse a la ausencia de Jean Rogers como la amada Dale Arden y conformarse con Carol Hughes (tan americana como la anterior, como la del propio comic -muy poco carolingia- pero totalmente ignota), o la nueva fisonomía del profesor Zarkov, ahora bajo los rasgos de Roland Drew. Afortunadamente la princesa Aura, malvada hija de Ming, fue una potente Shirley Deane y se incorporaba además el personaje interesantísimo de Lady Sonja con la experta Anne Gwynne, todoterreno en esto de los seriales.

Con los irremplazados Flash (igual de fornido, de narciso, de sensual) y el dictador Ming (igual de torvo, con esas expresiones alucinantes de asiático terrible y cruel, perfecto Charles Middleton), con el dinero suficiente para que los efectos especiales cumpliesen su obligación de asombrar (y algunos de ellos siguen asombrando para bien, pasen los años que pasen) la tercera de la tanda mantuvo el tipo hasta el último y definitivo episodio. Quedamos entonces con la agradable sensación de que el héroe se despedía de nosotros sin haberse agotado, sin un ápice de cansancio. Antes bien victorioso en su gesta de haber derrotado a Ming y su muerte púrpura. Y jamás vanidoso y prepotente. Que haya conquistado el universo no era frase que hubiese salido de sus carnosos labios sino de los de un amigo en los minutos finales. El se sonrió, conformándose con aclarar que al menos dicha conquista no le pertenecía al terrible Ming.
Como en las dos anteriores, en un afán de abaratamiento de costes, se utilizó material del serial Buck Rogers (también protagonizado por Buster Crabbe) y de Just imagine (1930. David Butler), filme que hemos comentado en este mismo blog hace unos días. Asimismo, dentro de lo que fue una inspiración bastante reveladora, teniendo en cuenta la imágen aria del héroe y de lo que a partir de ahí uno pueda sospechar, se rebuscó en el cine alemán "de montaña" para las vistas del planeta helado. En concreto de Die weisse hölle von Piz Palu del especialista Arnold Fanck y G. W. Pabst, rodada en los Alpes en 1930. A estos añadiría el tremendo saurio que amenaza a Zarkov, una simpática maqueta que ya habría asustado a Victor Mature esa misma temporada en One million B.C. (1940. Hal Roach, padre e hijo) y, por descontado, los noticiarios de rigor para informarnos ficticiamente de que Ming volvía a amenazar desde su irresistible mundo camp.

Sigue siendo uno de los momentos más regocijantes del serial. El palacio del emperador, con sets extraídos de La novia de Frankenstein, con sus concubinas tan de falsa Orientalia, con sus adelantos tecnológicos en forma de pantallas de pre video. Eso y las evoluciones de las naves espaciales. Su mismo diseño es todo un derroche de ingenio ingenuo.
Por lo tanto, si nos olvidamos de las fuentes de partida, convendría afirmar que las nuevas aventuras del paladín rubio siguen siendo entretenidas y vistosas. Por desgracia, tras Crabbe vinieron unos cuantos más Flashes, a cual más inoportuno (incluso su derivación seudo pornográfica de los años setenta). A esas alturas la búsqueda de una estilización del universo raymondiano (algo de lo que repito ya carecían las versiones serializadas de la edad de oro) hubo de orientarse al campo de la historieta (Paul Norris, Dan Barry) y no de la pantalla grande, si bien el genio creador del original murió definitivamente en aquel fatídico accidente de coche que se lo llevó un lejano 1956.


Véan el próximo lunes
THE LOST CITY (1935. Harry Revier)

1 comentario:

Carlos Nieto dijo...

Querido, Maciste: para ser historicamente justos habría que señalar que la primera space opera del mundo del cómic sería "Buck Rogers" de Dick Calkins, cuya aparición inaugural en la prensa se data en 1929, es decir, cinco años antes de la publicación de la primera plancha dominical de la creación de Raymond. Hay que señalar que "Buck Rogers" era una serie mucho más divertida y turulata que "Flash Gordon" aunque estaba pésimamente dibujada.